Politóloga y filósofa

Extraescolares

26 de Agosto de 2026
Arianda Romans | VIA Empresa

Caminar con un amigo en una de las pausas del trabajo te permite reflexionar sobre cosas importantes, sobre cosas personales o sobre cosas más bien banales. Y cuando ya es la tercera pausa del día, normalmente la banalidad es la protagonista. Uno de los amigos con quien más camino es Raimon. Con Raimon somos amigos desde hace tiempo, pero lo que sobre todo nos ha unido ha sido trabajar en un mismo lugar siendo compañeros de lengua y de origen. Cuando estás fuera de casa, necesitas un paisano que te recuerde qué es casa para ti. En este mismo lugar es donde nos hemos conocido mejor, donde hemos trabajado nuestras crisis existenciales y personales, y también el lugar donde hemos decidido grandes apuestas de la vida caminando, yendo a comprar un café más caro y mejor que el que nos provee la universidad. Cuando me vaya, echaré de menos a Raimon.

 

La cosa es que en una de estas caminatas hablábamos de por qué nos exigimos tanto a nosotros mismos y por qué intentamos siempre hacer más cosas de las que nos hemos propuesto hacer. Por ejemplo, Raimon se había marcado una meta para este año y ya la había alcanzado en el mes de agosto. En lugar de estar satisfecho por haberla alcanzado cuatro meses antes de tiempo, estaba pensando de qué manera podía mejorar el resultado en los cuatro meses restantes. Cuando nos dimos cuenta de la tontería, nos pusimos a reír pensando de dónde sacamos esta manía por la autosuperación constante.

Entonces empezamos a hablar de nuestros compañeros holandeses, que no solo no las tienen, sino que no entienden estas manías nuestras. A menudo nos quejamos de que los holandeses magnifican los pocos problemas que tienen. No es que sean débiles, es que no están acostumbrados a tener problemas. Los catalanes, en cambio, estamos acostumbrados al fracaso estructural. Hablamos y reímos y acabamos llegando a la conclusión de que no nos agobiamos tanto porque hemos crecido agobiados, y hemos desarrollado una especie de resiliencia ante las responsabilidades desbordantes. Y el claro ejemplo de ello son las extraescolares que hemos hecho desde que somos bien pequeños.

 

Raimon y yo, hijos de una minoría de personas catalanas que vivieron en una cierta estabilidad económica, hijos también de unos padres que nos quisieron dar todo lo que ellos no pudieron tener durante el franquismo para estimularnos como pequeños adultos, somos claros ejemplares de la “generación extraescolar”. Nuestros padres, con la mejor intención del mundo (y, cosa que les agradecemos extremadamente), nos habían apuntado a todas las extraescolares que les había parecido que nos podían estimular el alma y el espíritu, gastando una gran parte del sueldo para que nosotros hiciéramos circo, plástica, danza, fuéramos al cau, hiciéramos un deporte, aprendiéramos una lengua extranjera, tuviéramos clases de repaso para las asignaturas en que vamos más apurados y todas aquellas infinitas actividades que ofrecían nuestros centros cívicos y nuestros espacios escolares.

"Nosotros aprendimos que hacer muchas cosas era normal, que se tenían que hacer muchas cosas, que tenías que ser bueno en muchas cosas"

Evidentemente, ambos estamos muy agradecidos por ello, y nos consideramos afortunados por el hecho de que ahora, con la perspectiva de la edad y del coste de vivir, vemos que nosotros quizás solo podremos dar una o dos extraescolares a nuestros hijos, y aún gracias. Pero en aquel momento nosotros aprendimos que hacer muchas cosas era normal, que se tenían que hacer muchas cosas, que tenías que ser bueno en muchas cosas: que tenías que tener la mente abierta, que tenías que ser una persona deportiva, que tenías que amar la naturaleza, que tenías que preocuparte por el medio ambiente. Y eso seguramente ha hecho que hayamos crecido como ciudadanos comprometidos y con muchas ambiciones. Raimon y yo creemos que gracias a las extraescolares podemos distinguir una buena obra de arte, podemos hablar una lengua extranjera, tenemos sentido musical y nos defendemos correctamente (algunos más que otros) en diversos deportes.

Y estas vidas cotidianas llenas de contenido nos han generado una conciencia de que sí, que hacer muchas cosas y ser buenos en todo era posible. ¿Por qué? ¿Por qué si en un solo día podíamos ir a la escuela y después a clases de inglés, danza, música y los deberes, por qué no voy a ser capaz de acabar un informe de treinta páginas hoy? ¿Por qué no puedo ampliar la base de datos con treinta casos más? ¿Por qué no debería estar escribiendo tres o cuatro papeles al año?

"Las criaturas holandesas se han criado bajo diferentes parámetros: una o dos extraescolares a la semana, y el resto es para vivir"

En una perspectiva diferente, nuestros queridos colegas holandeses han estado extremadamente expuestos a la calma, la tranquilidad, la ausencia de estímulos o a muy pocos estímulos para que el aburrimiento les empujara a descubrir su alrededor y sus prioridades personales. Aparte de tener muchas menos horas de escuela que nosotros, las criaturas holandesas se han criado bajo diferentes parámetros: una o dos extraescolares a la semana, y el resto es para vivir. De normal (sé normal), se les repite siempre. Eres como el resto de niños y no tienes que ser ni mejor ni peor que el resto. A nosotros, en cambio, nos enseñan que tenemos que ser los mejores en algo. No nuestros padres, nuestros padres eran bastante relajados en cuanto a la presión y la competitividad, pero sabíamos que teníamos que ser diferentes para destacar y sentirnos válidos.

Nos reímos recordando cómo nuestros pobres padres acabaron condenados a ser nuestros taxis durante años y años. Pensamos también que, si hemos acabado siendo compañeros de trabajo, es que debe haber cosas buenas en ambos métodos. “¿Tú también hiciste clases de expresión artística?”, le digo riendo. “No, Ari, aquí no llegué”, me responde, “¡entre música y piscina solo tenía veinte minutos!”.

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