Entras en una habitación y todo es beige. El sofá es beige, la cama es beige, el techo es beige, la mesa es beige. Nos han intentado vender la idea de que el hecho de que esta habitación sea beige es una cuestión tranquila, agradable, sensata, de ausencia de ruido visual.
Desde hace un tiempo, toda nuestra vida se está convirtiendo en color beige. Cuando entramos en un restaurante de moda, toda la decoración es de color beige; cuando entramos en una cafetería de especialidad, todo es de color beige; las chicas y los chicos de moda visten de color beige, y todas las cuestiones más superficiales de nuestra vida se acaban convirtiendo en color beige. En el supermercado, los productos que aspiran a parecer más sofisticados son beige, y también lo son muchos de los productos de higiene y belleza femenina. ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué todo lo que hace unos años era verde ahora es beige?
Claramente, este hecho no es accidental. No es que, de repente, se haya puesto de moda el color beige, sino que hay una necesidad política de que el color beige sea el color que relacionamos con la calma, la tranquilidad y la seguridad. Hay una necesidad de hacer emerger el color beige por encima del resto de opciones como un color deseable. Cuando pensamos en seguridad, pensamos en un color que nos transmita una cierta conciencia de que aquello durará durante mucho tiempo. El amarillo, por ejemplo, no es un color que transmita seguridad, porque todo el mundo sabe que es un color estridente, vivo, que no alberga una sensación de tranquilidad.
Pero el beige, de alguna manera, con su ausencia de cualquier tipo de mensaje, sí que nos transmite esto. Sin embargo, ¿por qué nos vemos inclinados hacia la seguridad cuando pensamos en nuestros hogares, en nuestros lookets, en nuestros productos? ¿Desde cuándo la seguridad, entendida principalmente como la ausencia de riesgo, se ha convertido en algo deseable?
"Cuando pensamos en seguridad, pensamos en un color que nos transmita una cierta conciencia de que aquello durará durante mucho tiempo"
No hace tantos años, los colores que brillaban eran el lila, el verde, el arcoíris. Los colores que gustaban eran los que te hacían sentir algo, los que te transmitían un mensaje. Pero, después de varias recesiones económicas, del auge de alternativas neoconservadoras, de tendencias centradas en la limpieza y la ausencia de estridencias, el beige es el color que se ha impuesto por encima del resto. Un color que no dice nada y que, presuntamente, queda bien con todo. Si lo que quieres decir con «quedar bien» es que no te diga absolutamente nada.
Ante estos tiempos de turbulencias e incertidumbres, muchas personas han entendido que el color beige es un intento de hacernos estar tranquilos, de hacernos estar calmados, de no reaccionar, de no rebelarnos, de no sentir nada. Es una tostada: algo que te alimenta, pero que no te sacia, no te genera nada. Es un color que, al final, lo que hace es mantenernos en vidas tranquilas y aisladas de cualquier tipo de llamada, de protesta.
Muchas de nosotras hemos caído en esta trampa beige. Yo misma, cuando voy al gimnasio y veo a esas chicas guapas vestidas todas de beige, pienso que debería hacer más esfuerzos para ser como ellas: elegantes y discretas, misteriosas e interesantes. Mujeres perfectamente combinadas y perfectamente lustradas, que hacen movimientos perfectamente ordenados y ríen sin hacer ruido. Mujeres que entran con el pelo perfecto y salen sin sudar. Mujeres beige, que tienen vidas beige, ropa beige y casas beige. Pero estoy segura de que su corazón, sus colores...
"Hay una gracia en el hecho de intentar que nuestra vida no siga siempre estos patrones de tranquilidad, de calma, de ausencia de nada"
Pero luego recuerdo que me debería dar igual si mi chándal combina o no, porque siempre lo acabo vislumbrando a horas intempestivas de la noche o de la mañana. Hay una gracia en elegir unos pantalones verdes. Hay una gracia en tener una pared de un color. Hay una gracia, en definitiva, en el hecho de intentar que nuestra vida no siga siempre estos patrones de tranquilidad, de calma, de ausencia de nada.
En este artículo, y siguiendo el trabajo que ha hecho mucha gente alrededor de la reflexión sobre el color beige, quiero defender justamente lo contrario: que no debemos optar por colores que no nos dicen nada, sino por colores que nos digan cosas. Colores que podamos cambiar, combinar, probar y, sobre todo, sentir. ¿Y por qué no volvemos a amar el azul cielo, que también genera tranquilidad? ¿O el verde oscuro, que también provoca calma? ¿O el naranja mandarina, que es acogedor y suave? Son colores que también te pueden generar los mismos sentimientos, pero que, a la vez, te dicen algo. ¿Por qué deberíamos aceptar, pues, una vida beige, si podemos vivirla llena de colores?
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