Imagino la escena. Un empresario catalán, el jueves por la mañana, leyendo el móvil con el café en la mano. De golpe, la noticia: una empresa ha recibido una factura de 500 millones de dólares en un solo mes por usar la inteligencia artificial de Anthropic.
Quinientos millones. En 30 días.
El café se enfría. El empresario llama a su director de sistemas digitales:
—Apaguémoslo todo. AHORA.
El director de sistemas, que hasta ayer era el gran promotor interno de la IA, ahora de repente tiene cara de circunstancias.
—Sí, sí. Mejor vayamos con cuidado.
El caso es que la factura no existe. O al menos, nadie la ha visto. La fuente original es Axios, que cita a un consultor que habla de una empresa anónima. La empresa anónima no ha dicho nada. Anthropic tampoco. Y, sin embargo, la noticia ha dado la vuelta al mundo como si fuera un hecho contable verificado por tres auditorías independientes y una inspección de Hacienda.
La estrategia no es nueva. Ya la vimos con el CEO de Cloudflare, que alertó de que los bots de IA "destruían el contenido original" —justo cuando Cloudflare vendía servicios para bloquear bots de IA.
Va de crear alarma para ofrecer una solución. El miedo como modelo de negocio, porque quien se asusta, compra —que se lo digan a Verisure, antes Securitas Direct.
No sabemos quién vende la solución. Pero podemos imaginarlo perfectamente. Consultores de "gobernanza de IA". Plataformas de monitorización de tokens. Cursos de gestión responsable del presupuesto digital. Auditorías de uso. Todo un ecosistema a punto para recoger el miedo que ha sembrado una noticia sin nombre, sin empresa y sin factura.
"El mismo papa que ha elegido el nombre de un pontífice del siglo XIX para evocar la Rerum Novarum —la encíclica que sacudió el mundo obrero de la revolución industrial— ahora sacude el mundo digital"
Si con Axios no bastaba, la semana pasada el papa León XIV ha publicado su primera encíclica, Magnifica Humanitas, en la cual pide "desarmar la inteligencia artificial". El mismo papa que ha elegido el nombre de un pontífice del siglo XIX para evocar la Rerum Novarum —la encíclica que sacudió el mundo obrero de la revolución industrial— ahora sacude el mundo digital. El paralelismo es elegante. El miedo, universal. Y la legitimidad, máxima: nadie discutirá al Papa.
Como nadie ha pedido la factura de Anthropic. El caso es que hay negocio, que es la negación del ocio.
Hace años, el biólogo Edward O. Wilson diagnosticó el problema real de la humanidad con una frase que no ha envejecido nada: "Tenemos emociones paleolíticas, instituciones medievales y tecnología divina."
"León XIV y Sam Altman disputan el mismo territorio: el de quien tiene autoridad moral sobre aquello que no entendemos"
Wilson lo decía como una advertencia sobre el desajuste entre lo que somos y lo que hemos creado. Pero hoy la frase tiene una nueva lectura. Porque la tecnología ya no es solo divina en sentido metafórico: los tecnólogos hablan de dios con toda la seriedad del mundo, y la Iglesia ha tenido que sacar una encíclica para no quedarse sin parroquia. León XIV y Sam Altman disputan el mismo territorio: el de quien tiene autoridad moral sobre aquello que no entendemos.
La diferencia es que Altman cobra por token y la Iglesia por lo que puede, IRPF incluido. El catalán no les parece suficientemente económico, parece.
Lo que probablemente es cierto: hay empresas que han gastado más de lo previsto en IA. Uber agotó su presupuesto anual en abril. Microsoft tuvo que poner límites a sus ingenieros. Esto es real, y es una lección de gestión que vale la pena aprender. Pero convertir una gestión deficiente en una cifra apocalíptica —¡medio billón!— es periodismo de impacto, no de información.
Mientras tanto, los empresarios catalanes vuelven a encender las máquinas. Los consultores, el PowerPoint, y Verisure continúa haciendo lo de siempre.