Bitólogo tecno-optimista

La IA y la redención de los pecados técnicos

30 de Mayo de 2026
Benjamín Villoslada | VIA Empresa

Durante décadas hemos normalizado cosas extraordinariamente extrañas. Hemos aceptado ordenadores lentos, programas que se cuelgan, actualizaciones que rompen funcionalidades, ERP que convierten tareas simples en rituales burocráticos y CRM que pierden compras; aplicaciones que parecen diseñadas por enemigos personales del ser humano.

 

Y no solo lo hemos aceptado: lo hemos interiorizado. “El ordenador no me deja”, y tal día hará un año. La frase se ha convertido en una especie de fenómeno meteorológico moderno. Como la lluvia o la humedad. Nadie pregunta mucho más porque todos asumimos que el software es así: opaco, arbitrario y ligeramente hostil.

Pero hay un pequeño problema. Quizás no era inevitable. No.

 

Hace poco recordé una idea recurrente del gran informático Edsger W. Dijkstra —admiro mucho a este hombre.

No decía exactamente que los programadores tuvieran que avergonzarse del software que hacían, pero casi. Hablaba de humildad. De la necesidad de entender que programar era una tarea inmensamente difícil y que gran parte de la mala calidad del software provenía de no asumir esta dificultad con suficiente rigor.

Dijkstra escribía esto en los años setenta (¿he dicho que lo admiro?). Medio siglo después, la industria tecnológica ha construido un ecosistema donde a menudo se ha premiado más la velocidad comercial que la solidez técnica. El resultado es un mundo sostenido por capas de código acumuladas durante décadas, parches sobre parches, dependencias infinitas y una cantidad sorprendente de “ya lo arreglaremos más adelante”.

"Medio siglo después, la industria tecnológica ha construido un ecosistema donde a menudo se ha premiado más la velocidad comercial que la solidez técnica"

Y ahora llega la IA. ¡Ja!

No la IA de los titulares catastrofistas. Ni la de “las máquinas dominarán el mundo”. Hablo de algo mucho más terrenal y, probablemente, mucho más disruptivo: sistemas capaces de analizar millones de líneas de código, detectar inconsistencias, entender arquitecturas enteras y señalar errores sistémicos en minutos. Se llama Mythos.

De repente, muchas intuiciones históricas de los usuarios quedan expuestas. Ahora sabemos por qué aquel sistema iba lento. Ahora podemos ver qué capa absurda provocaba el problema. Ahora podemos entender por qué aquel proceso aparentemente simple necesitaba veinte pantallas, tres firmas digitales y cuatro avemarías.

"Muchas organizaciones modernas funcionaban precisamente gracias a la complejidad ‘a mar revuelto, ganancia de pescadores’"

La IA actuará como una auditoría moral de cuarenta años de ingeniería permisiva. Y eso es profundamente incómodo.

Pasaba porque muchas organizaciones modernas funcionaban precisamente gracias a la complejidad a mar revuelto, ganancia de pescadores. Nadie entendía completamente el sistema. Cada departamento controlaba una pequeña parte del laberinto. La dificultad técnica servía casi como defensa natural. 

Ahora esta niebla empieza a desaparecer. No porque la IA sea mágica, sino porque reduce radicalmente el coste de entender. Cuando entender se vuelve barato, muchas excusas históricas dejan de funcionar.

¡Crisis mundial!

Pero vayamos por partes, como diría un carpintero. Esto no significa que los programadores sean incompetentes. Al contrario: programar sigue siendo extraordinariamente difícil. Pero durante demasiados años el sector ha normalizado niveles de calidad que serían impensables en otras disciplinas. Todo lo que pueda ser software, será software y ya es software: los aviones, los hospitales, la custodia documental de un gobierno.

Hemos aprendido a convivir con los errores del software porque “ya llegará una actualización”. Vivimos una “versión beta” permanente. Hasta que una IA llamada Mythos encontró problemas a una velocidad impensable hasta hace poco.

"La misma industria que durante años nos acostumbró a tolerar el caos ahora está creando las herramientas capaces de revelarlo con una precisión descomunal"

La paradoja es fascinante: la misma industria que durante años nos acostumbró a tolerar el caos ahora está creando las herramientas capaces de revelarlo con una precisión descomunal. Y nos hemos asustado.

Quizás la gran revolución de la IA no será sustituir humanos. Tal vez será obligarnos, finalmente, a mirar nuestro propio código fuente de sapiens en beta eterna.