“Querida Montse, deseo que estés muy bien. En primer lugar, decirte que es un verdadero placer saludarte. He pensado en escribirte este correo porque considero que podría ser interesante que nos conozcamos y así poderte explicar cómo te podríamos ayudar con nuestros productos de optimización de procesos y mejora de resultados, y que muchas empresas como la tuya ya se están beneficiando (…)”.
Consigo llegar hasta aquí y ya me he aburrido. No sé si el producto es interesante, ni si la persona es una excelente profesional, pero el correo me suena a comercial desde el saludo inicial. Me suena a aquel comercial que quiere vender, pero que intenta disimularlo con una capa de excesiva cordialidad, demasiada formalidad y frases que, posiblemente, no me diría si nos encontráramos por la calle.
Reconozco sin vergüenza que, hace apenas tres años, recomendaba a los equipos que se ayudaran del ChatGPT a la hora de redactar correos para potenciales clientes. Pero ahora, después de haber leído cientos, todos prácticamente idénticos, pido todo lo contrario: si quieres conectar con una persona, no dejes que la IA escriba por ti.
"Ahora, después de haber leído cientos, todos prácticamente idénticos, pido todo lo contrario: si quieres conectar con una persona, no dejes que la IA escriba por ti"
Y ahora no me digáis que todo se resuelve mejorando el “prompt”. Lo que hace falta es recuperar la intención, el criterio y la voz. Que el mensaje suene humano. Que conecte con una persona.
Es que el problema no es usar la inteligencia artificial (¡sería impensable renunciar a ella ahora!), el problema es delegarle la voz propia. Y eso se nota en estos correos impecables, educados, bien estructurados y aparentemente personalizados que, sin embargo, suenan exactamente iguales. Cambia el nombre de la empresa, el producto y la firma, pero el mensaje parece salido del mismo sitio.
Me parece curioso, porque disponemos de más información que nunca para personalizar la comunicación y, en cambio, conseguimos que los mensajes sean más uniformes que nunca. Todos desean que estés bien, todos consideran que te pueden aportar valor, todos quieren encontrar un momento para explicarte sus servicios y todos quedan a tu disposición. Y, curiosamente, casi nadie consigue iniciar una conversación.
No defiendo escribir de cualquier manera ni perder la educación. Pero en el día a día hablamos diferente: somos más directos, más claros y más naturales. Si llamáramos a aquel mismo cliente, no le diríamos (¡o no le deberíamos decir!): “Deseo que estés bien, en primer lugar permíteme expresarte mi placer por saludarte”. Le diríamos: “Hola, Montse, te llamo porque he visto esto de vuestra empresa y creo que puede tener sentido que hablemos de ello”.
"No defiendo escribir de cualquier manera ni perder la educación. Pero en el día a día hablamos diferente: somos más directos, más claros y más naturales"
Y aquí hay una gran diferencia. La primera fórmula suena a plantilla. La segunda suena a persona. Y los clientes, aunque no siempre lo verbalicen, lo perciben. Cuando un correo parece escrito para cumplir un protocolo comercial, el cliente se protege. Cuando parece escrito por alguien que realmente ha pensado en él, como mínimo, hay más opciones de que se lo lea.
Los comerciales hace años que hablamos de poner al cliente en el centro, de escuchar, de entender necesidades y de construir relaciones de confianza. Pero después enviamos correos que no tienen nada de relación y muy poco de confianza. Son textos pensados para quedar bien, no para iniciar una conversación. Y vender, si lo hacemos bien, debería ser precisamente eso: una conversación.
Quizás hemos confundido profesionalidad con distancia. Nos parece que si escribimos demasiado natural pareceremos poco serios, cuando a menudo ocurre justo lo contrario. La naturalidad bien entendida genera credibilidad. No se trata de tratar al cliente como si fuera un amigo de toda la vida, sino como una persona adulta, ocupada e inteligente que agradece que no le hagan perder el tiempo.
Por eso, antes de enviar un correo comercial, yo recomendaría hacer una prueba muy sencilla: leerlo en voz alta. Si mientras lo leemos nos sentimos ridículos, si nos damos cuenta de que no hablaríamos nunca así, si nos parece que estamos interpretando un personaje, es mejor volver a escribirlo. No hace falta que sea perfecto. Hace falta que sea real.
"Ahora que casi todo el mundo puede escribir correctamente, la diferencia no será escribir más pulcro. Será escribir más humano"
La inteligencia artificial nos ayuda mucho, pero no debe sustituir aquello que nos hace diferentes. Puede proponer una estructura, corregir una frase o sugerir alternativas. Pero la mirada, el criterio, la intención y la voz deben ser nuestros. Porque ahora que casi todo el mundo puede escribir correctamente, la diferencia no será escribir más pulcro. Será escribir más humano.
Al final, los clientes no quieren sentirse parte de una secuencia automatizada ni destinatarios de un mensaje genérico ligeramente maquillado. Quieren saber por qué les escribimos a ellos, qué hemos entendido de su situación y por qué motivo puede tener sentido hablar. Y eso difícilmente lo conseguiremos con frases bonitas pero vacías.
El reto que tenemos hoy los comerciales no es aprender a parecer más profesionales. Es atrevernos a sonar más reales. Menos protocolo. Menos fórmula. Menos “deseo que estés bien” escrito por inercia. Y más conversación.