Me gustaría explicaros que, en mi faceta como formadora, cada vez se repite más una misma situación. Son las 9 de la mañana, hora de empezar, pero no estamos todos los que deberíamos estar. Y yo empezaría, pero, a menudo, quienes han convocado la sesión me piden unos minutos como deferencia para las personas que llegan tarde.
Y esto me indigna mucho. Y no por mí. Yo puedo esperar, pero me pregunto por qué debemos tener una deferencia con quienes llegan tarde y, en cambio, no la podemos tener con quienes cumplen rigurosamente con el horario. No entiendo por qué un grupo de personas tiene que perder su tiempo solo porque otros no gestionan bien el suyo.
Esto se repite más allá de las formaciones. Reuniones comerciales en las empresas —a las que asisto como invitada— donde todo el mundo ha normalizado los “cinco minutos de cortesía”, que, por otra parte, significa que, si están normalizados, ya no son cinco, sino que acaban siendo diez: los de cortesía que damos por supuesto más los del retraso propiamente dicho.
Y lo que aún me sorprende más de estas situaciones es que ya no son los comerciales quienes tienen que esperar a su mánager (que tampoco lo justificaría), sino que, en muchos casos, es el propio mánager quien espera con resignación a que llegue el último comercial —el que tenía que imprimir algo, responder un correo o tomarse un café— para empezar la reunión.
"Estamos transmitiendo que cumplir con un compromiso acordado es relativo y estamos entrando en una relación donde la profesionalidad queda en segundo plano"
Finalmente, esta relajación de la puntualidad que estamos viviendo llega también a las reuniones con clientes. Acompaño a un comercial a una visita y ya veo que no llegaremos a la hora pactada con el cliente. Empiezo a ponerme nerviosa y le digo que llame para avisar y disculparse, pero él me responde que por veinte minutos no hace falta, que no pasa nada.
Y aquí es donde yo creo que sí que pasa, porque no solo llegamos tarde. Estamos decidiendo que el tiempo del otro no es lo suficientemente importante. Estamos transmitiendo que cumplir con un compromiso acordado es relativo y estamos entrando en una relación donde la profesionalidad queda en segundo plano. No es solo una cuestión de formas. Es también una cuestión de fondo.
No obstante, recuerdo una empresa en la que colaboré hace un tiempo donde todas las reuniones empezaban siempre a la hora. Me sorprendió tanto que felicité al CEO por este motivo. Y él me explicó que, cuando llegó a esta empresa, la falta de puntualidad estaba tan normalizada que tomó una decisión muy simple: empezar siempre a la hora en punto, estuviera quien estuviera.
Los primeros días generó mucha incomodidad, pero en pocas semanas cambió la dinámica de toda la organización. No hizo ningún discurso, solo tomó una decisión, la cumplió de forma estricta y con ello cambió la cultura. Esta situación, sin embargo, no es ni nueva ni anecdótica. Hay quien explica que Andy Grove, exCEO de Intel, llevaba esta idea hasta el extremo. No sé si es cierto que cerraba la puerta con llave a la hora en punto y que no dejaba entrar a nadie más, pero lo que sí sabemos es cómo él entendía el tiempo: como un recurso que se gestiona, pero no se negocia.
Y esto nos lleva a una idea incómoda. Llegar tarde no es solo una falta de respeto, es una decisión: es decidir que tu tiempo está por encima del de los demás. Es decidir que el compromiso tiene margen y es decidir que aquí no pasa nada. Y cuando esto se repite suficientes veces, deja de ser una excepción para convertirse en normalidad y en cultura, que es lo que realmente me preocupa a mí.
"Cuando en una reunión esperamos a quienes llegan tarde, no estamos siendo educados, estamos eligiendo un modelo que dice que llegar tarde no tiene consecuencias, que el tiempo no es crítico y que la exigencia es baja"
Cuando en una reunión esperamos a quienes llegan tarde, no estamos siendo educados, estamos eligiendo un modelo que dice que llegar tarde no tiene consecuencias, que el tiempo no es crítico y que la exigencia es baja. Quizá después nos quejaremos cuando ya no quede nadie que llegue puntual, pero total, ¿para qué?
Por eso, si lideras un equipo —o simplemente si trabajas con otras personas— hay algunas decisiones que puedes tomar mañana mismo:
- Empieza siempre a la hora. Siempre. Aunque falte gente. El mensaje que envías es más importante que la persona que llega tarde.
- No normalices la impuntualidad. Llegar tarde no es lo normal. Y lo que se tolera, se consolida.
- Y, sobre todo, entiende que el tiempo no es solo tuyo. Es compartido. Y cuando haces perder el tiempo a los demás, no es que estés gestionando mal la agenda, es que estás gestionando mal la relación.
Y si un día llegas tarde a una reunión, pide siempre disculpas porque esto quizá es habitual, pero no es ni normal ni es de buena educación.