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Bill Gates ha escrito un denso artículo de 6.000 palabras con el título The turbulent AI era is here. Ante el impacto de la IA en el mercado de trabajo, Gates propone reservar trabajos para las personas, lugares donde la IA no pueda entrar aunque sepa hacer el trabajo. "A medida que la IA y los robots mejoren, reservaremos ciertas cosas para que las hagan solo las personas", escribe. "He empezado a llamarlo Human Reserved porque me hace pensar en las reservas naturales: lugares donde podríamos poner edificios y carreteras, pero elegimos no hacerlo porque la pérdida sería demasiado grande".
Propone varios ámbitos que deberían estar en la "reserva": el cuidado de los niños, la educación y la sanidad. La pregunta importante, dice, no es qué puede hacer una máquina, sino qué deben seguir haciendo las personas. Compro la idea, aunque la palabra "reserva" no me acabe de convencer; a los indígenas norteamericanos, las reservas no les han ido muy bien.
Las palabras enlatadas
Llevamos la tesis de Gates al ámbito de la educación. No sabemos qué pasaría si dejáramos la educación de los niños a las máquinas, pero tenemos pistas, muchas con ciencia detrás. Un estudio clásico de la Universidad de Kansas (Hart y Risley, 1995) siguió a 42 familias durante dos años y medio, una hora de grabación al mes, para correlacionar el desarrollo cognitivo de los niños con las palabras que oían al cabo del día.
Al cabo de cuatro años, el hijo de una familia de profesionales liberales había oído alrededor de 45 millones de palabras; el de una familia en asistencia social, unos magros trece millones. Cuando se medía el desarrollo cognitivo de uno y de otro, el que había estado expuesto a un número más alto de palabras superaba al otro, para sorpresa de nadie. El desarrollo cognitivo va detrás de las palabras.
Décadas más tarde, los grabadores LENA, una especie de podómetro de palabras que los niños llevan puesto todo el día, refinaron la medida: cuentan las palabras de adulto que oye el niño y los turnos de conversación. Los aparatos descartan el audio de la tele y las pantallas porque no cuentan para el desarrollo cognitivo. Patricia Kuhl demostró que los bebés de nueve meses que oían mandarín de una persona en vivo aprendían los sonidos, y que los que recibían exactamente las mismas palabras por DVD o por audio no aprendían ninguno. El cerebro de los niños solo aprende palabras cuando hay alguien detrás, cuando se produce interacción social.
"Si quieres que tu hijo sea un Einstein o un Mozart, háblale. Literal"
La conclusión es que, si quieres que tu hijo sea un Einstein o un Mozart, háblale. Literal. Disney vendía los DVD de Baby Einstein y Baby Mozart con la promesa contraria, hasta que un estudio de la Universidad de Washington encontró que, entre los ocho y los dieciséis meses, por cada hora diaria de DVD, el niño entendía seis u ocho palabras menos que los que no miraban. En 2009, Disney devolvió el dinero a quien hubiera comprado uno de los DVD y el hijo no le hubiera salido Einstein. Las palabras enlatadas no funcionan.
Podemos ver los modelos de lenguaje como los botes de palabras enlatadas más grandes que se hayan fabricado jamás. Un LLM genera palabras que suenan a maestro, a médico o a amante, pero no hay nadie detrás. Y sin nadie detrás, la puerta social que Kuhl descubrió que nos hace aprender (el social gating) no se abre. Si las palabras enlatadas de los DVD no convertían a bebés en Einsteins, cuesta creer que las de un chatbot conviertan a un universitario en alguien con conocimiento.
"Alexa, ¿qué me pongo?"
La escritora Rachel Botsman escribió en el New York Times qué pasó cuando Alexa entró en su casa. Su hija Grace, de tres años, se volcó en ella con la curiosidad propia de los niños: le preguntaba qué tiempo hacía, le pedía canciones, le hacía preguntas. Hasta aquí, bien. El momento crítico llegó el día que pasó de preguntarle qué tiempo hace (para decidir cómo se vestía) a preguntarle directamente "¿qué me pongo?". En el primer caso, aquella IA, todavía rudimentaria, funcionaba como un asistente para tomar una decisión; en el segundo, como un oráculo a quien la decisión se delega. Botsman encerró a Alexa en el armario, junto con la yogurtera y la máquina de hacer pan.
El curso que empieza
Esto me lleva inevitablemente al curso escolar que empieza estos días; ponedlo al nivel que queráis: primaria, instituto, universidad, máster. Lo escribo en mi doble condición de profesor y de padre. Como profesor universitario de alumnos de primero, sé que si les pido trabajos escritos algunos me los harán con ChatGPT. Son fáciles de detectar: demasiado bien escritos, exceso de citas, poca opinión y mucha adulación. Se agradece porque siempre aprendo algo, pero mi trabajo no es el de policía y quienes tienen que aprender son los estudiantes.
"El dilema está servido: satanizar la IA porque si lo genera ChatGPT tú no aprendes nada y porque moriremos todos, o enseñar su uso ético, el de un asistente que ayuda a explorar"
También lo escribo como padre de un alumno de primero de universidad que asistirá a clases que los profesores habrán preparado con IA, que verá compañeros entregar trabajos hechos con IA y que probablemente él también lo hará (no siempre, ¿eh? El mío no). El dilema está servido: satanizar la IA porque si lo genera ChatGPT tú no aprendes nada y porque moriremos todos, o enseñar su uso ético, el de un asistente que ayuda a explorar, vigilando que la cosa no pase nunca al estadio del "qué me pongo".
Hablar, hablar mucho
Las máquinas generan palabras que nos suenan humanas, y eso hace que las palabras sean más importantes que nunca. Si la universidad tiene que formar Einsteins y Mozarts, tenemos que hablar con los estudiantes y tenemos que hacerles hablar mucho. No me refiero solo a los exámenes orales y a defender proyectos en clase, que también (en Italia los exámenes universitarios siempre han sido orales delante de un tribunal, y los alumnos son tratados de usted).
Me refiero a recuperar el trivium, las tres artes de la palabra que abrían las siete artes liberales: la gramática (el arte de hablar y escribir bien), la dialéctica (el arte de razonar y distinguir lo cierto de lo falso) y la retórica (el arte de persuadir y comunicar). Clases magistrales donde el profesor enseña lo que sabe y clase inversa (flipped classroom) donde lo hacen los alumnos: retórica y dialéctica.
"Contrastar ideas en voz alta es el ejercicio que enciende el pensamiento crítico de quien sabe que no lo sabe todo"
Contrastar ideas en voz alta es el ejercicio que enciende el pensamiento crítico de quien sabe que no lo sabe todo; precisamente lo que apaga una conversación con un chatbot que no sabe que no lo sabe todo. En Capri decía en su monólogo Los sabios que el mundo es del que grita más. Los estudios dicen que el mundo es del que habla y del que escucha más. La inteligencia de verdad, la humana, solo emerge en entornos sociales: los niños salvajes que hemos podido estudiar no han desarrollado nunca una lengua plena, ni después de años de socialización.
Los griegos tenían una palabra, logos (λόγος), una especie de navaja suiza de la lengua, con una de las entradas más largas del diccionario. Entre otros, Logos quiere decir palabra, discurso, relato, argumento, razón, lógica, proporción y medida. Los chatbots se quedan solo con la primera acepción; las otras están reservadas -en el sentido de Gates- a las personas, muy especialmente a profesores y alumnos. Hablemos, hablemos.
Si las palabras enlatadas de la tele no hacían Einsteins, las de un LLM tampoco los harán.
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