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Hay jóvenes que han pasado los veranos en campus internacionales y otros que los han pasado trabajando para poder pagarse los estudios o comprarse la primera motocicleta. Los primeros quizás han tenido la oportunidad de aprender idiomas y descubrir otras culturas. Los segundos, en cambio, han descubierto que a trabajar también se aprende. Que cumplir horarios, asumir responsabilidades o ganarse la confianza de un superior son experiencias que difícilmente se pueden acreditar con un título en el currículum. No se trata de comparar méritos ni de menospreciar oportunidades, sino de recordar que hay aprendizajes que solo se adquieren cuando aquello que está en juego te importa de verdad.
Hablamos del hambre profesional. De aquella energía que aparece cuando tienes la convicción de que el esfuerzo vale la pena porque hay mucho que ganar. La misma que empuja a algunos emprendedores a poner en marcha un negocio porque la alternativa que les ofrece la vida es bastante menos estimulante. Es una forma de ambición que no necesita grandes discursos, porque acostumbra a manifestarse en la dedicación cotidiana. Y que no entiende de jerarquías. Puede marcar la diferencia tanto en una dirección general como en la persona que cada día levanta la persiana de un comercio o atiende a los clientes de una empresa.
"Que cumplir horarios, asumir responsabilidades o ganarse la confianza de un superior son experiencias que difícilmente se pueden acreditar con un título en el currículum"
Su ausencia, en cambio, puede llegar a ser devastadora. Cuando alguien percibe que el trabajo que hace o los resultados que consigue tienen poca incidencia en su bienestar y en sus perspectivas de futuro, es fácil que la implicación se vaya debilitando. Naturalmente, hay personas que encuentran la motivación en la vocación o en la satisfacción de hacer las cosas bien hechas. Pero cuesta imaginar un rendimiento profesional extraordinario cuando la iniciativa y las ganas de mejorar han quedado reducidas a la mínima expresión. Porque los conocimientos y la experiencia pueden ayudar a superar muchas limitaciones, pero difícilmente compensan la falta de voluntad genuina.
Y muchas organizaciones son conscientes de ello. Saben que incorporar y promocionar personas con auténtica hambre profesional es una de las decisiones más importantes para construir equipos competitivos. Porque el talento determina buena parte de nuestras posibilidades, pero la ambición marca la cilindrada del motor que las ha de hacer realidad. Ahora bien, no basta con encontrar profesionales que quieran progresar.
También hay que ofrecerles oportunidades reales de desarrollo y garantizar que los buenos resultados tengan una recompensa generosa. Incluida la económica, naturalmente. A menudo hablamos de motivación y propósito, pero las políticas retributivas envían mensajes muy poderosos sobre aquello que una empresa valora. De hecho, pocas cosas desactivan más rápidamente la iniciativa que descubrir que esforzarse mucho o poco acaba teniendo prácticamente las mismas consecuencias.
La reflexión también tiene una dimensión social. Según un estudio del CIS publicado este octubre, siete de cada diez españoles creen que los niños y adolescentes actuales vivirán peor que sus padres. Hace años que debatimos sobre las expectativas de bienestar de las nuevas generaciones, pero quizás deberíamos formularnos una pregunta diferente. ¿Seguimos aspirando a vivir mejor que nuestros padres? Durante generaciones, esta ambición ha sido un motor extraordinario de progreso.
"¿Seguimos aspirando a vivir mejor que nuestros padres? Durante generaciones, esta ambición ha sido un motor extraordinario de progreso"
Millones de personas han trabajado y asumido sacrificios con la esperanza de ofrecer a sus hijos una vida mejor. Y es magnífico que muchos lo hayan conseguido. Ahora bien, cuando el bienestar se da por descontado y parece desvinculado del esfuerzo propio, corremos el riesgo de debilitar uno de los incentivos que históricamente nos han empujado a avanzar. La ambición no tiene por qué nacer forzosamente de las dificultades, pero sí que reclama algún horizonte que valga la pena conquistar.
Por eso, más que lamentar que las nuevas generaciones no tengan las mismas condiciones que las anteriores, deberíamos procurar que sigan teniendo motivos para esforzarse. Necesitamos una sociedad que ofrezca oportunidades reales de mejora y organizaciones capaces de demostrar que el talento y la dedicación tienen recompensa. Porque el progreso no depende solo de las capacidades que tenemos, sino también de las ganas de ponerlas en juego. Y difícilmente avanzaremos mucho si perdemos el hambre de progresar.
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