Profesor de la UPF Barcelona School of Management

La IA también nos puede hacer peores

02 de Octubre de 2026
 EVA7486

Escucha el artículo ahora…

0:00
0:00

Permítanme que esta vez empiece el artículo con una experiencia personal. En los últimos cursos, en una asignatura de máster proponíamos una actividad muy sencilla. Después de explicar en clase las principales variables que determinan la calidad del servicio, cada estudiante tenía que hacer un poco de trabajo de campo y buscar ejemplos reales de empresas que lo hicieran especialmente bien y de otras que lo hicieran especialmente mal. El ejercicio terminaba con una sesión de exposiciones orales en la que cada uno compartía sus casos con el resto del grupo.

 

Acostumbraba a ser una actividad muy enriquecedora. Aparecían comercios, restaurantes, hoteles o empresas de todo tipo y de lugares diferentes, lo que permitía aterrizar los conceptos teóricos, descubrir realidades diversas y potenciar el aprendizaje colectivo. Además, nos lo pasábamos bien, que tampoco es un detalle menor. Pero el curso pasado, coincidiendo con la irrupción generalizada de la inteligencia artificial, fue, con diferencia, el peor de todos.

De un grupo de 25 alumnos, quince presentaron el mismo ejemplo positivo y once coincidieron también en el negativo. Lo que tenía que ser una colección de pequeñas investigaciones sobre el terreno se convirtió en una sucesión casi surrealista de casos repetidos que, a medida que avanzaban las exposiciones, hizo sonrojar a más de uno. Al terminar la sesión, la experiencia dio pie a una reflexión compartida. Probablemente, hoy nadie está todavía en disposición de dar lecciones categóricas sobre el impacto real de la inteligencia artificial.

 

Como toda transformación tecnológica de gran trascendencia, necesita un periodo de experimentación y análisis, y seguramente todavía nos encontramos en esta fase inicial. Pero aquella clase, que teóricamente tenía que servir para hablar de calidad de servicio, nos dejó un aprendizaje inesperado sobre una cuestión bien diferente. Y es que la inteligencia artificial nos puede hacer mejores, sin duda. Pero también nos puede hacer peores.

"Si la IA ha cambiado la manera de aprender, también nos obliga a repensar la manera de enseñar"

Vale la pena recuperar aquí unas palabras recientes de Genís Roca, uno de los grandes expertos de nuestro país en transformación digital, que en un programa de radio reivindicaba que, en plena expansión de la inteligencia artificial, hay que potenciar más que nunca actividades tan tradicionales como leer o escribir a mano. Porque ante la enorme fuerza homogeneizadora de la IA, las capacidades más genuinamente humanas pueden adquirir un valor diferencial cada vez mayor. De hecho, aquella sesión de máster ofreció una pequeña demostración. Entre tantos casos coincidentes, brillaron especialmente los cinco alumnos que habían escogido ejemplos propios, nacidos de vivencias y observaciones personales. Sus aportaciones se convirtieron en pequeños oasis en medio del desierto.

Aprovechar todo el potencial de la inteligencia artificial exigirá, por lo tanto, ir encontrándole el espacio adecuado. Hacer un uso racional y ético que nos permita ampliar nuestras competencias profesionales sin erosionar aquellas que precisamente nos hacen valiosos. Esto también implica saber cuándo utilizarla y cuándo es preferible pensar, observar, escribir o equivocarnos por nuestra cuenta, porque colaborar con la tecnología no debería significar externalizarle el criterio intelectual. Y en este proceso todos tenemos una responsabilidad, pero los que nos dedicamos a la formación probablemente somos los primeros que debemos asumirla. Porque si la IA ha cambiado la manera de aprender, también nos obliga a repensar la manera de enseñar.

Añadir VIA Empresa como fuente preferida de Google de forma gratuita  

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad  

 
Activar ahora