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Las crisis suelen ser un terreno especialmente fértil para la crispación. Lo estamos viendo estos días en Ceuta, donde una situación extraordinariamente compleja ha acentuado los discursos de confrontación y ha hecho aflorar sentimientos amargos, a menudo arraigados en el miedo, el recelo e, incluso, el odio. Pero esta propensión a dividirnos no debería sorprender mucho. Hace décadas que los psicólogos sociales Henri Tajfel y John Turner explicaron, a través de la teoría de la identidad social, nuestra tendencia a construir un “nosotros” y un “ellos”. Necesitamos sentirnos parte de un grupo y, con una facilidad inquietante, podemos acabar definiéndolo por oposición a los que quedan fuera.
La capacidad humana para encontrar motivos de disputa parece casi inagotable. Lo hacemos entre civilizaciones y países, pero también entre regiones de un mismo estado. Si reducimos la escala, aparecen ciudades vecinas que rivalizan entre ellas, barrios que no se pueden ver o comunidades de vecinos que han aprendido a desconfiar mutuamente. Lo más curioso es que estas fronteras se mueven constantemente. Dos ciudades rivales pueden sentirse repentinamente hermanas ante otra región, del mismo modo que dos departamentos enfrentados pueden descubrir que forman parte del mismo equipo cuando aparece un adversario exterior. El problema, por lo tanto, no es tener un nosotros, sino necesitar un ellos contra quien definirlo.
La concordia funciona de otra manera. No suele surgir espontáneamente, sino que necesita voluntad, esfuerzo y una cierta disposición a resistir algunos de nuestros impulsos más primarios. De hecho, no es casual que se hable de “cultura de paz”. Cultura comparte raíz etimológica con cultivar, una actividad que exige preparar el terreno, cuidarlo, dedicarle tiempo y esperar. Vicenç Fisas, fundador de la Escuela de Cultura de Paz de la UAB, ha dedicado buena parte de su trayectoria a defender esta concepción activa de la paz, entendida no como la ausencia de conflictos, sino como la voluntad de abordarlos positivamente y restar espacio a la violencia. Por lo tanto, la concordia tampoco exige pensar igual ni evitar las discrepancias. Pide algo probablemente más difícil: saber convivir con ellas.
Pero el esfuerzo vale la pena. En el ámbito colectivo, porque los entornos presididos por la confianza y el respeto reducen las disputas destructivas, facilitan la cooperación y permiten relacionarnos con personas que piensan o actúan de manera diferente. También desde una perspectiva individual, porque instalarse en el resentimiento y alimentar enemistades consume una cantidad extraordinaria de energía. En este sentido, procurar la concordia también es una manera de cuidarse. No resuelve todos los problemas ni elimina las diferencias, pero permite algo tan sencillo y tan valioso como sentir un poco más de paz de espíritu.
"Remar a favor de la concordia es una actitud vital que se puede practicar en cualquier colectivo, también dentro de las organizaciones"
Así pues, remar a favor de la concordia es una actitud vital que se puede practicar en cualquier colectivo, también dentro de las organizaciones. Porque como todas las actitudes solo se vuelve real cuando se traduce en comportamientos cotidianos. Rehuir los espacios donde la crítica sistemática acaba intoxicando cualquier conversación, evitar estigmatizar otros departamentos o direcciones, poner el acento en las causas y los objetivos compartidos, conceder a los demás el beneficio de la buena intención o, simplemente, responder un correo con amabilidad. Son gestos pequeños, pero cultivar significa precisamente eso: cuidar cada día de aquello que se quiere hacer crecer. Y es que la concordia cuesta. Pero probablemente cuesta mucho menos que vivir permanentemente en discordia.
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