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Las ideas son gratis

19 de Octubre de 2026
Gina Tost | VIA Empresa

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Siempre voy repitiendo lo mismo: tener una idea es gratis. Todo el mundo tiene ideas. Todo el tiempo. Algunas son buenas, otras buenísimas. Llegan mientras estamos en la ducha, conduciendo (y parados en la retención de la C-59 de cada mañana), antes de ir a dormir... Tener ideas es fácil, pero lo más complicado es llevarlas a cabo, y aún es más difícil cuando alguien dice "de acuerdo, hagámoslo".

 

Entre tener una idea y convertirla en una realidad hay un camino pesado. Un trayecto donde se decide si aquello que se denomina innovación acaba transformando algo o se queda en una presentación bonita en Power Point que nunca llegará a ninguna parte. Y un día, al cabo de los años, alguien la llevará a cabo y diréis: sí, yo también tuve esa idea cinco años antes.

Esta semana pasada en el VIA Empresa varias personas han hablado de innovación. Las empresas quieren ser innovadoras, las administraciones quieren impulsarla, y los directivos quieren incorporarla a sus estrategias, pero ponemos siempre el foco en el principio del proceso, y dedicamos mucha menos atención a todo lo que hace falta para que esa idea sobreviva al contacto con la realidad. Tenemos que hacer que no sea una burbuja de jabón que explota cuando toca la primera barrera física.

 

"Tenemos que hacer que la innovación no sea una burbuja de jabón que explota cuando toca la primera barrera física"

Tener una idea nos abre una posibilidad, pero innovar es hacer que esa posibilidad sea útil más allá de nuestra nariz. Una quimera.

Llevar a cabo la innovación cuesta dinero, tiempo, talento, capacidad de decisión y recursos que ya están comprometidos en otros proyectos mucho más prioritarios. Cuesta convencer a personas, coordinar equipos, revisar prioridades y asumir que, para hacer algo nuevo, quizás habrá que dejar de hacer otra cosa, o habrá sobrecostos que se tendrán que asumir. Cuesta equivocarse, corregir, y volver a intentarlo. Y cuesta, por encima de todo, mantener el compromiso con la visión cuando desaparece el entusiasmo inicial y empiezan las dificultades. Mucha diplomacia y astucia política.

La innovación no tiene un patrón, y cada tipología de empresa funciona de una manera. No hay un marco exclusivo de distancia entre idea y ejecución. Un emprendedor con una pequeña startup puede tener una idea brillante y no tener el foco o los recursos para llevarla a cabo. Una empresa mediana puede ver una oportunidad y quedar atrapada en el día a día por inercia. Una gran corporación necesita muchas alianzas para llevarla a cabo. Y la administración pública todavía está abriendo un concurso y buscando la manera administrativa para cambiar procedimientos e ingeniárselas.

La idea puede ser la misma. El contexto y las dificultades para ejecutarla son diferentes según donde nos encontremos.

La visión de una persona difícilmente se convierte en realidad sin la implicación de muchas otras, y a veces tampoco se cambia el rumbo con una reunión. Necesitas picar piedra. Una decisión aparentemente pequeña puede afectar diversas áreas, y una iniciativa que parece evidente para quien la impulsa puede representar una carga adicional o un cambio de prioridades para quien la tiene que ejecutar.

Innovar también quiere decir negociar, escuchar, construir alianzas y entender cómo funciona realmente el lugar donde estás, aunque seas el director general. La diplomacia deja de ser una soft-skill y se convierte en una herramienta de trabajo valiosísima. No basta con tener una visión clara: hay que saber explicarla en lenguajes diferentes, conseguir que otras personas se la hagan suya, y generar las condiciones para que la puedan llevar a cabo. No todo el mundo lo entiende igual con las mismas palabras, y a la primera.

En una empresa con una larga trayectoria, además, hay una dificultad añadida. El conocimiento acumulado, la confianza de los clientes, y los procesos que han contribuido al éxito son activos que hay que preservar. Pero que una cosa se haya hecho siempre de una cierta manera no tiene que ser una garantía de éxito de presente y futuro. Transformar una organización con historia consiste en abrazar el legado y saberlo evolucionar.

Me parece que deberíamos hablar menos de la innovación como un ejercicio de ideación y más como una capacidad de ejecución. Generar ideas es el principio, pero no es suficiente. Abrir un laboratorio, organizar un taller creativo o poner en marcha una prueba de concepto puede ser un buen comienzo, pero no demuestra, por sí solo, que se esté innovando.

"El cubismo no salió porque Picasso supiera adónde iba con su estilo, fue probando hasta encontrar algo que, para él, funcionaba"

Y esto me lleva a hablar de la última parte del proceso: revisar y medir el éxito de aquella idea inicial. Si solo premiamos las iniciativas que llegan a buen puerto inmediatamente, difícilmente dejaremos espacio para experimentar... ¡y es tan necesario! El cubismo no salió porque Picasso supiera adónde iba con su estilo, fue probando hasta encontrar algo que, para él, funcionaba. Abrazaba el legado, la técnica, la historia, pero no confundió la actividad con el progreso.

Innovar exige, pues, dos capacidades que parecen contradictorias: tener imaginación para plantear buenas ideas, y suficiente disciplina para convertirlas en resultados. También exige criterio para decidir qué merece recursos, paciencia para superar los obstáculos y humildad para rectificar cuando las evidencias indican que hay que cambiar de dirección.

Quizás el reto más grande es crear las condiciones para que las buenas ideas puedan prosperar. Esto implica asignarles responsables, recursos y tiempo; facilitar la colaboración entre equipos; permitir una experimentación controlada y, sobre todo, entender que cualquier transformación tiene un coste de oportunidad. Porque cuando decidimos impulsar algo nuevo, también decidimos qué dejamos de hacer, al menos temporalmente.

Las ideas son gratis, y una empresa no demuestra que es innovadora por lo que imagina, sino por lo que es capaz de llevar a cabo con las personas correctas, y que al final del trayecto algo haya cambiado de verdad.

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