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Desde su habitación, en una casa de Alicante donde vivía con su madre, un chico de dieciséis años administraba una red internacional de piratas informáticos. El grupo, conocido como KillSec, habría participado en más de un millar de ciberataques en todo el mundo, incluido un ataque contra Infraestructures.cat. El modus operandi era el habitual: los atacantes entraban en sistemas informáticos, robaban datos y luego exigían dinero a las víctimas a cambio de no hacerlas públicas.
Lo que podría ser una historia de una serie de los noventa, es la vida real. Un adolescente, una habitación, una red internacional, ransomware, criptomonedas, la dark web y una operación policial coordinada entre varios países, Europol y el FBI.
Pero el protagonista de la serie no es un greñudo que ronda la treintena, es un chico de dieciséis años. Me llama la atención, no solo que sea menor, sino la capacidad de tener herramientas a su alcance que le permitan hacer esto, y la motivación eléctrica de una persona joven cuando tiene tiempo y competencias digitales. Esto es, en buena parte, lo que son los hackers.
Personas que tienen curiosidad por saber cómo funcionan las cosas por detrás, que no se conforman con ver solo la superficie y que tienen los conocimientos (y horas libres) para abrirlas, estudiarlas, modificarlas y volverlas a construir.
Hay dos tipos de hackers: los que utilizan estos conocimientos para robar, extorsionar u obtener un beneficio propio. Y los que los utilizan para arreglar cosas, compartir conocimiento y construir herramientas que sirvan a todo el mundo. Los primeros son los que acostumbran a salir en las noticias. Pero los segundos, no solo existen sino que son absolutamente necesarios.
La palabra hacker se ha asociado demasiado a menudo al delito informático. Es comprensible: cuando un grupo entra en los sistemas de una empresa y roba cientos de terabytes de datos, hablamos de ello como de un ataque de un hacker. Pero la cultura hacker es mucho más antigua y mucho más amplia que esto.
Si una cosa funciona de una determinada manera, podemos intentar entender por qué. Y si no nos gusta cómo funciona, podemos intentar cambiarla. Una actitud infantil, pero que ha hecho posible gran parte de las infraestructuras tecnológicas que usamos en nuestro día a día. Y detrás de esta actitud también es la que hay detrás de buena parte del movimiento del software libre y los tecnovoluntarios de proyectos que conocemos bastante bien.
"En Catalunya hay, y también ha habido, una cultura tecnológica que merece ser explicada"
Personas que dedican horas a escribir código que luego otras personas podrán utilizar. Personas que traducen aplicaciones al catalán. Personas que corrigen artículos de la Wikipedia. Personas que graban su voz para que una máquina pueda aprender a reconocer el catalán. Personas que detectan vulnerabilidades y las comunican para que se puedan arreglar.
Mantienen infraestructuras increíbles, de manera anónima, gracias a sus conocimientos y a su tiempo libre. A veces ni siquiera saben quién acabará utilizando aquello que han construido, pero saben que será útil y lo podrá usar alguien que lo necesita. Lo hacen porque creen que el conocimiento compartido tiene valor.
En Catalunya hay, y también ha habido, una cultura tecnológica que merece ser explicada. No solo por los nombres más conocidos de la historia de la informática o del activismo digital, sino también por miles de personas que han ido construyendo de puntillas una infraestructura digital propia. Softcatalà, la Wikipedia... miles de personas aportando conocimiento para que las tecnologías nos vayan de cara. Gente que ha decidido que la tecnología también puede ser un bien común.
Si dejamos que toda la tecnología la construyan exclusivamente las grandes empresas, nuestra lengua y cultura dependerá de las decisiones comerciales de otros. La comunidad de tecnomotivados catalanes nos ha salvado de realidades alternativas muy oscuras.
"La comunidad de tecnomotivados catalanes nos ha salvado de realidades alternativas muy oscuras"
Y volviendo a la noticia que os traía, el chico de dieciséis años me genera pánico y admiración. Pánico porque es un delito y se debe castigar, pero admiración porque no sé vosotros, pero yo con dieciséis años hacía poco que había dejado de llevar un lirio en la mano. En mi caso hice de huronera formándome en foros de Internet, con grupos de amigos que sabían mucho.
Ahora la formación está en todas partes. Incluso en Claude y Google Gemini. Necesitamos una nueva generación de personas capaces de entender qué pasa detrás de una aplicación, de un servidor, de un algoritmo o de un modelo de inteligencia artificial. Necesitamos personas que sepan detectar vulnerabilidades antes de que las encuentre alguien con malas intenciones, que nos auditen el software que utilizamos, y que nos ofrezcan alternativas seguras y fantásticas. La gente que no da nada por supuesto y lo cuestiona todo, siempre en mi equipo.
El presente está lleno de cajas negras. No sabemos exactamente cómo funciona el sistema que decide qué vemos en internet, qué nos ofrece TikTok, los Términos y Condiciones son opacos y difíciles, o cómo se han entrenado los modelos de lenguaje. Y ante esta realidad, hay dos opciones: podemos aceptar que la tecnología es demasiado complicada para entenderla y dejar que otros decidan por nosotros, o podemos mantener viva aquella vieja actitud hacker de abrir la caja, mirar qué hay dentro y preguntar si lo podemos hacer mejor.
No todos los hacker son seres de luz. Evidentemente. El chico de dieciséis años de Alicante nos lo demuestra. Pero qué ganas de coger el 2% positivo de este hecho y enfocar la energía y el tiempo en ayudarnos entre nosotros.
Al lado de los hacker que roban datos están los que los protegen. Y en un futuro en que prácticamente todo depende de la tecnología, necesitamos actitudes hackers de todas las edades. Competencias digitales al máximo, orejas abiertas, y ganas de descubrir cómo funcionan las cosas por detrás.
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