Desde que estudio, siempre he oído a personas hablar sobre los mínimos de pobreza, los mínimos de vida, los mínimos deseables, aquello que cualquier persona, por el simple hecho de ser persona, necesita tener y poseer. Es decir, por ejemplo, un mínimo de agua al día, un mínimo de recursos disponibles, un mínimo de ingresos vitales... Pero hay un problema, en este planteamiento. Cuando hablamos de mínimos, en realidad, estamos reforzando un argumento de suficiencia, pensando que existe un umbral universal que hace que todos los individuos puedan vivir dignamente. Pero esto sabemos que, en un mundo tan complejo como el nuestro, se encuentra lejos de ser una realidad.
La vida no es una cuestión de mínimos. Nadie desea una vida mínima. Las sociedades postindustriales, postcapitalistas y postdesarrolladas no se conforman con mínimos. En palabras de Marina Garcés, deberíamos apuntar hacia una idea de abundancia y aspirar a ser ricos. Pero no ricos en el sentido de acumular capital o posesiones, sino ricos en otro sentido: disponer de bienes comunes, no tener que preocuparnos por llegar a final de mes, tener tiempo para disfrutar y descansar, poder estar tranquilos con nosotros mismos y compartir tiempo con la familia, y no tener que sufrir por enfermedades que se pueden curar.
Es decir, todas estas cuestiones que hasta ahora se han considerado cosas a las que la humanidad debería aspirar, en realidad no las hemos podido garantizar de una manera suficiente. Hay muchas teorías académicas que hablan de ellas -de las sociedades de la abundancia, de los límites, del decrecimiento-, pero el debate de fondo es más simple: no solo deberíamos hablar de mínimos, sino de máximos. Cuando pensamos en aquello que el ser humano necesita para ser feliz, quedarnos en los mínimos es quedarnos cortos.
"Cuando pensamos en aquello que el ser humano necesita para ser feliz, quedarnos en los mínimos es quedarnos cortos"
Es evidente que gobernar a menudo obliga a moverse en este terreno, porque los países acumulan problemas y complejidades, y a veces alcanzar un mínimo ya es una victoria. Pero no nos podemos quedar aquí. Si algo permite la planificación, la estrategia y la academia -aquellos que nos dedicamos a pensar- es precisamente repensar cómo hacer las cosas mejor, aunque después la práctica desdibuje los planteamientos y el papel lo aguante todo.
Por eso es importante aspirar a máximos, a situaciones que sean a la vez deseables y realistas. Evidentemente, hay límites materiales: si disponemos de una cantidad limitada de agua, no podemos pretender que sea ilimitada. Pero si partimos de una visión de mínimos, el resultado será siempre de pura suficiencia, a menudo muy ajustada. En cambio, cuando pensamos cómo gobernar una sociedad y cómo podemos vivir mejor, no deberíamos aspirar a sacar un cinco. Deberíamos aspirar al diez, sabiendo que la realidad probablemente nos situará en un seis, un siete o un ocho, en el mejor de los casos. Si no planificamos con este horizonte, nos quedaremos siempre en el mínimo: un resultado que permite pasar, pero demasiado cerca del suspenso, insuficiente para asumir riesgos y avanzar de verdad hacia sociedades más justas.