Las historias han acompañado las vidas humanas desde los principios de los tiempos. Antes de la invención de la imprenta, los conocimientos se transmitían, principalmente, en historias. Después, estas historias se escribieron y llegaron a muchas más personas y generaciones gracias a su capacidad de ser capturadas en libros, en revistas, en notas, en manuscritos. Contar historias es un hecho extremadamente humano, y nos permite intercambiar, pensar, reflexionar y progresar como comunidad. Tanto para finalidades buenas como para malas, ya que contar historias puede servir a todos los propósitos.
En los últimos siglos, las historias se han relegado a sistemas de segunda, no aceptados como método científico e interpretados como vehículos lingüísticos con poco rigor. Tienen razón: las historias populares, las historias infantiles, las historias de personas que viven en los márgenes nunca han formado parte de la Historia en mayúsculas. Contar historias se ha convertido en una actividad estética, casi romantizada, que ya nadie se toma seriamente, no al menos como fuente de conocimiento.
Recuerdo al comienzo de mi carrera como investigadora preguntarme a mí misma si era mejor escribir un artículo académico con muchas citaciones o escribir un artículo en un medio de comunicación que tuviera mucho eco. Tenía claro que la segunda opción era la única que llegaría a más personas, pero no sabía si sería la más relevante, la más rigurosa, la que tendría más valor, la que sería una contribución más importante o la que sería mejor percibida.
Pero las historias hablan de nosotros, crean posibilidades imaginarias, nos inspiran para seguir avanzando hacia un lugar u otro. Las historias nos cuentan cosas que no sabíamos o que ya sabíamos sobre nosotros mismos. En tiempos de crisis, nos dan esperanza. En palabras de Raymond Williams, escritor y académico galés, “una era de crisis es indicativa tanto de crisis del capital como de crisis de la comunicación; por ejemplo, de la narración de historias”. En tiempos de bonanza, nos dan lecciones y direcciones para crecer y desarrollarnos. El rigor, en esta acción, es irrelevante. Da igual si la historia es verdad o no, o a la mitad. Durante mucho tiempo hemos pensado que lo peor que podías hacer era mentir, y nos hemos dado cuenta, recientemente y a trompicones, de que lo peor que puedes hacer es hacer el mal o ser cómplice. Y las historias, justamente, nos enseñan qué hacer en estas circunstancias.
"En tiempos de bonanza, las historias nos dan lecciones y direcciones para crecer y desarrollarnos. El rigor, en esta acción, es irrelevante"
Tsitsi Dangarembga, autora zimbabuense, se define, principalmente, como una contadora de historias. Como una mujer que, a partir de su dominio de la lengua y de la cultura, digiere lo que es complejo, haciéndolo menos abstracto, y contribuye, así, a transmitir y compartir su cultura. A veces, las historias también nos permiten llenar los vacíos en nuestras explicaciones, comprender los espacios que, hasta ahora, como sociedad, no hemos sabido responder.
Las historias nos permiten conectar emocionalmente con lo que se dice, con un lugar, un espacio, una persona. Y da igual si lo que cuentan es real o no. Da igual si se ajusta o no a la realidad del momento histórico en el que se basan. Da igual si son leyendas o son hechos históricos. Lo que importa es que explican algo que recordaremos para siempre. Y eso, el rigor, no siempre lo tiene