Nos sentamos en una terraza: las dos personas a mi lado entienden el menú, pero yo no. “Ariadna, ¿quieres que te traduzca los platos principales?”, me dice mi amiga, local de la ciudad donde estamos. “No, no hace falta”, respondo. “Me gusta intentar descifrar una carta que no conozco”. No lo digo por quedar bien, lo digo de verdad: me gusta equivocarme con los platos y encontrar algo nuevo que, de otra manera, quizás no habría descubierto. Evidentemente, esto no se puede hacer en todas las cocinas.
Hay cocinas mucho más picantes que la tuya, o llenas de sabores a los que no estás acostumbrado. Pero la cocina austriaca, o la alemana, o la holandesa (si es que tal cosa existe), en este sentido, me resulta especialmente fascinante. Disfruto de ese momento de no acabar de entender bien qué hay en la carta, pero empezar a leerlo igualmente. Ya haré alguna pregunta si hay algo que me hace tambalear, alguna palabra que veo que no tiene mucho sentido. Pero, en general, creo que me las arreglo, y me parece que está bien intentar espabilarse un poco.
Mi amiga lo hace con todo el cariño del mundo, claro. Pero pienso que, a veces, hemos perdido esa voluntad de espabilarnos, sobre todo cuando se nos pone todo a disposición. Una de las críticas más recurrentes que hacemos al turismo en Barcelona es que se les deja todo bien hecho y que la ciudad se adapta a ellos en lugar de que ellos se tengan que adaptar a la ciudad. Una de las gracias de visitar un lugar nuevo es precisamente el desconocimiento: el no saber bien dónde vas, tener que encontrar la manera de llegar al lugar donde tenías que llegar. No con estrés (esto es más propio de las sociedades postcapitalistas), como con la curiosidad de quien no conoce y está dispuesto a saber, dispuesto a descubrir. Al final, la palabra “descubrir” significa quitar aquello que cubre. Siempre me imagino una especie de manta, un trapo, y el momento de descubrir, como aquel gesto de retirarlo y ver qué hay realmente bajo aquello que miramos.
La gracia de viajar, a veces, es justamente esta: descubrir las cosas que se nos presentan como ajenas, extrañas, foráneas. Pero, en realidad, lo que se descubre también es nuestra condición de persona que no pertenece al lugar que está visitando. Y no desde una voluntad racista, sino desde una visión del otro: tú aquí no has estado nunca, tú aquí no sabes cómo van las cosas, y por lo tanto te toca descubrirlas.
Este juego, en Barcelona, lo hemos dejado de cultivar. Hemos dejado de permitir que quien visita la ciudad haga este proceso de descubrimiento, que a veces viene con un poco de sufrimiento, pero que hay que pasar por este sufrimiento para llegar a aquel descubrimiento que te hace realmente feliz. ¿Cuántas veces hemos estado contentos de descubrir un plato nuevo, un lugar nuevo, un rincón de la ciudad que no conocíamos? En cambio, el turismo en Barcelona ya sabe todos los rincones “secretos” que debería visitar, siempre tiene acceso a la carta en inglés y siempre habrá alguien que hable el idioma que él habla. Por lo tanto, desaparece esta sensación de llegar a un lugar nuevo, esta emoción del descubrimiento, porque ya se te ha descubierto todo antes.
"Una de las críticas más recurrentes que hacemos al turismo en Barcelona es que se les deja todo bien hecho y que la ciudad se adapta a ellos"
De la misma manera que a la criatura que aprende a ir en bicicleta le ponemos ruedines, al turista en Barcelona, en realidad, le ponemos a alguien que le lleva la bicicleta. De tal manera que solo tiene que estar detrás, con una falsa sensación de ir en bicicleta, cuando en realidad tiene los pies quietos. Es una metáfora un poco extraña para referirme al turismo, pero creo que hay una cierta gracia en esto de descubrir (y disfrutar) aquello que no conocemos. Al final, sí, acabé pidiendo un schnitzel: una cosa que ya conocía, que había descubierto en otra ocasión y que me hacía gracia rememorar. El camarero me preguntó si quería mermelada de ciruela. De entrada pensé: “Ostras, mermelada de ciruela con un schnitzel no acaba de ser la sensación que querría tener.” Pero mira, pensé, al fin y al cabo, estamos aquí para descubrir.
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