Tengo la costumbre de comprar el cartel de alguna exposición temporal en los museos que visito durante mis viajes. No siempre es el de la exposición más importante ni el del museo más conocido. Es, simplemente, el que quiero llevarme a casa. Con el tiempo, esos carteles se han convertido en una forma de conservar la memoria de los viajes. Basta volver a mirarlos para recordar una ciudad, una fecha o una anécdota.
En octubre de 2016 viajé a Dinamarca y visité el Louisiana Museum of Modern Art. En aquellos días había una exposición temporal de Poul Gernes y, como tantas otras veces, compré el cartel.
Hace unas semanas, aprovechando la tranquilidad del verano, saqué mi colección para recrearme en ella. Al llegar al cartel de Gernes pensé que me apetecía enmarcarlo. Compré un marco y, una vez colocado, lo observé desde el sofá, satisfecha con lo bien que quedaba.
Entonces me vino, de repente, un pensamiento: “A ver si vas a tener un póster de un artista con una historia que, cuando la conozcas, ya no te permita mirarlo igual…”
No era una preocupación menor. Hay cosas que, una vez conocidas, ya no puedo dejar fuera de la obra. No puedo volver a leer a Neruda ni contemplar un cuadro de Picasso con la misma mirada. No voy a entrar aquí en el debate sobre si es posible separar la obra de quien la creó. Hay personas que pueden hacerlo. Yo no. Pero ese es otro debate.
Lo que sé modifica mi relación con aquello que leo, admiro o decido tener delante. Por eso, si al investigar descubría una historia que ya no me permitía mirar aquel cartel del mismo modo, tendría que quitarlo.
Empecé a investigar. Quería conocer la historia vinculada a aquel nombre antes de concederle un lugar destacado en mi casa.
Fue entonces cuando apareció un nombre que hasta ese momento desconocía: Aase Seidler. Artista textil y pintora danesa, estuvo casada con Poul Gernes y compartió con él vida y trabajo durante décadas. Colaboraron en numerosos proyectos artísticos, especialmente en intervenciones para espacios públicos y en propuestas donde el color y el patrón eran elementos centrales. Su participación fue mucho más relevante de lo que sugiere el relato más extendido sobre el artista. Sin embargo, mientras el nombre de Poul Gernes se consolidaba en la historia del arte danés, el de Aase Seidler fue quedando relegado a un segundo plano.
"Cuanto más investigo, más claro veo que también hay ignorancias construidas: las que nacen de todo aquello que la historia decidió no mostrarnos"
Es probable que alguien piense que soy una ignorante por no conocerla. Yo misma lo sospecho. Pero cuanto más investigo, más claro veo que también hay ignorancias construidas: las que nacen de todo aquello que la historia decidió no mostrarnos. Resulta difícil conocer a quienes han sido apartadas del relato.
Una vez más, al mirar con algo más de atención la trayectoria de un hombre reconocido, aparecía una mujer cuya aportación había sido minimizada, absorbida o desplazada hacia los márgenes. No porque la historia la hubiera olvidado por accidente, sino porque la autoría y el prestigio se han construido desde unas relaciones de poder que han decidido quién merecía ocupar el centro y quién debía permanecer fuera del relato.
No es un mecanismo exclusivo del arte. También sucede en las empresas, aunque allí no haya carteles colgados en las paredes. Ocurre cuando una mujer desarrolla una idea y otro la presenta; cuando sostiene durante meses un proyecto, pero el reconocimiento recae en quien ocupa la posición más visible; cuando coordina, resuelve, conecta equipos y hace posible el resultado, pero su aportación se diluye bajo el nombre de un responsable, un departamento o una marca.
"Decidir quién firma, quién presenta y quién recibe el reconocimiento nunca es un gesto neutral"
No se trata únicamente de una injusticia simbólica. En las organizaciones, el nombre que queda asociado a un logro condiciona las promociones, el salario, la reputación profesional y el acceso a nuevos espacios de decisión. Quien aparece como autor acumula capital y poder. Quien desaparece del relato pierde también oportunidades. Por eso, decidir quién firma, quién presenta y quién recibe el reconocimiento nunca es un gesto neutral.
Como en la historia de Aase Seidler, muchas contribuciones no fueron invisibilizadas porque fueran menores, sino porque quienes las realizaron tenían menos poder para reclamar su autoría. El trabajo estaba ahí. Lo que faltaba era el nombre.
¿Cuántas mujeres faltan todavía en los carteles, los catálogos y las paredes de los museos; en los artículos de investigación, las patentes y los premios; en las empresas, las instituciones y los relatos con los que construimos la memoria colectiva?
Quizá, en estos días en los que muchas aprovechamos para conocer nuevos lugares, visitar museos y admirar obras de arte, valga la pena tener presente esa pregunta: cuántas mujeres aparecen, cuántas siguen ausentes y quiénes compartieron vida y trabajo con los artistas que ocupan las salas.
"A veces, la historia más importante no es la que aparece escrita bajo una obra, sino la que nunca llegó a escribirse"
Al mirar un poco más de cerca, aparece una historia que no estaba escrita en el cartel.
Son mujeres que han quedado fuera de la memoria, del reconocimiento, del relato y también de los museos. Recuperar sus nombres no corrige por sí solo todas las desigualdades, pero les devuelve presencia y permite que ocupen el espacio del que fueron excluidas.
Porque, a veces, la historia más importante no es la que aparece escrita bajo una obra, sino la que nunca llegó a escribirse.
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