Hay una curva que siempre me ha inquietado: la del absentismo. Tiende a subir con la bonanza económica y a bajar en tiempos de restricciones. ¿Quiere decir esto que nos ponemos menos enfermos en épocas de crisis? Lejos de simplificar el debate, el absentismo continúa siendo una problemática central en la gestión de personas, tanto por los costes que genera como por el impacto en el funcionamiento normal de las empresas.
A principios de 2026, Pimec ha presentado su segundo estudio sobre absentismo. La tasa por incapacidad temporal ha pasado del 2,5% en 2013 al 5,3% en 2025, y más del 75% de las bajas no superan los quince días. Dentro de estos porcentajes hay un dato especialmente relevante: el crecimiento de las bajas por causas de salud mental, que ya representan cerca de una cuarta parte del total de días de ausencia (23,6%).
Las causas son múltiples. Algunas son exógenas a la empresa: un entorno social más tenso y polarizado, más conciencia colectiva sobre la importancia de la salud emocional o factores personales y familiares. También intervienen elementos culturales, y alguna picaresca
Ahora bien, las empresas tienen margen para actuar sobre factores internos clave: la carga de trabajo, la claridad organizativa, la calidad del liderazgo o la gestión del conflicto. Hay que afrontar las causas de fondo del desgaste y huir de fórmulas rápidas de motivación cuando actúan como cosmética.
"La clave reside en detectar a tiempo el olor a quemado, identificar dónde se está cociendo el fuego y activar medidas preventivas antes de que el absentismo, el conflicto o el malestar devengan estructurales"
Una herramienta imprescindible de diagnóstico es la evaluación de riesgos psicosociales, que muchas organizaciones todavía no tienen actualizada o guardan en un cajón. Hay miedo de abrir la caja de Pandora, de confirmar que quizás no estamos tan bien como querríamos pensar. Y, paradójicamente, es justamente aquí donde reside su valor: detectar a tiempo el olor a quemado, identificar dónde se está cociendo el fuego y activar medidas preventivas antes de que el absentismo, el conflicto o el malestar devengan estructurales.
Estos diagnósticos analizan variables como la exigencia emocional y cognitiva, la autonomía, el apoyo de los mandos, el reconocimiento, la conciliación, la claridad de rol o la previsibilidad del trabajo. Cuando fallan, aparecen la sobrecarga, la desafección y, en los casos más graves, el burnout.
Vale la pena levantar la tapa de la cazuela: cuando el olor a quemado es evidente, a menudo hace tiempo que algo ha empezado por dentro