Un ritual estadístico nos acompaña siempre la llegada del verano, y las mesas de comentaristas se ponen a hacer un diagnóstico social y cultural cuando empiezan a tomar la temperatura de los jóvenes a través de las notas de la selectividad. Cuando baja la media, tenemos una emergencia educativa, y yo me pregunto qué estamos midiendo exactamente.
Este año los datos son especialmente tremendos, porque apuntan en todas direcciones a la vez.
La nota media de Matemáticas ha sido un 4,18. Es la más baja de los últimos diez años. En paralelo, otras materias muestran resultados claramente superiores, pero tampoco espectaculares: Física con un 6,84, Lengua Catalana y Literatura con un 6,46, Castellana con un 6,96, o Lengua y Cultura Griegas con un 6,99. Y, al mismo tiempo, el 95,68% de los estudiantes, unos 33.145 alumnos, han superado la fase de acceso. Enhorabuena a todos. A descansar.
No estamos ante un sistema que “suspende” masivamente. Estamos ante un sistema que aprueba a casi todo el mundo, con notas bajitas, y genera dispersiones muy fuertes en áreas concretas.
Por otro lado, los medios se llenan de historias de excelencia individual extraordinarias, como la de un estudiante, Pau Sellart, capaz de repetir la selectividad y volver a obtener calificaciones perfectas (¡dos veces!). Un chico que el año pasado sacó la mejor nota, y este año se ha vuelto a examinar de dos asignaturas para poder cambiar de carrera y ha sacado dos 10.
Por un lado, tenemos talento excepcional, y medias bajas en un sistema educativo cuestionado desde infantil. Algunos culpan al sistema Innovamat, otros “las pantallas”, la visita del Papa y sus problemas de movilidad, o los trabajos por proyectos y la falta de exámenes.
"Estamos ante un sistema que aprueba a casi todo el mundo, con notas bajitas, y genera dispersiones muy fuertes en áreas concretas"
Tendemos a interpretar las notas donde la más alta equivale a un sistema educativo excelente, y la más baja a un sistema educativo de mierda. Pero cualquier sistema complejo, como la educación en nuestro país, no debería reducirse a una sola dimensión sin perder información crítica, que va hacia todas partes.
Una media baja puede indicar dificultad elevada de un examen, cambios curriculares a medio curso, diferencias de preparación, criterios de evaluación más exigentes o una combinación de todo ello. De hecho, una media alta puede indicar simplemente un sistema más permisivo.
El problema es que el debate público raramente entra en esta complejidad, porque justamente no genera titulares. Y aquí tenemos el primer error: estamos confundiendo métrica con problemática.
Asumimos históricamente que el talento sigue una distribución natural estable y que el sistema solo lo “detecta” a través de unas evaluaciones que nos hemos marcado como sociedad. Una manera de darnos una palmadita en la espalda, pero que se queda ahí.
La estrategia adolescente
La trayectoria hacia la universidad no empieza el día de la selectividad. Empieza mucho antes, cuando elegimos el bachillerato, el instituto, qué nivel de exigencia tiene, bajo qué criterios de evaluación nos movemos, o qué profesor hemos puesto a hacer mates este año.
Los hijos de mis amigos hicieron “la sele” este año y me explicaban que si tuvieran que volver a hacer toda la carrera, elegirían otro instituto. Un lugar memorable donde los preparan para ser los mejores, pero que son tacaños con las notas. Esto afecta la media y, por lo tanto, al grado donde quieren ir que tiene una nota de corte alta.
Que sí. Que tenemos que subir el nivel, pero competimos por lo que competimos entre todos, y no tenemos todos las mismas normas. Si tengo un 6 en Bachillerato y un 10 en la selectividad, sigue siendo una media. El Bachillerato cuenta un 60%, y la selectividad un 40%. Si buscas media, busca un instituto donde te preparen para la excelencia, pero que también sean generosos.
"Un examen que no clasifica por el contexto, solo lo ordena con un número"
Un alumno con una educación rigurosa, pero con menos exigencia, puede tener una calificación inferior que otro alumno en un entorno menos exigente. Cuando estos dos expedientes llegan al sistema de acceso universitario, compiten en la misma escala numérica.
Una paradoja que se aprende demasiado tarde. Un examen que no clasifica por el contexto, solo lo ordena con un número.
Tenemos las plazas universitarias que tenemos, y las necesidades laborales claras. A pesar de la bajada de natalidad, todavía es muy difícil entrar en ciertas carreras, y ya no hablamos del distrito único universitario… La selectividad es el incentivo.
Si la nota de bachillerato tiene un peso determinado, si la selectividad decide centésimas en el acceso a Medicina, Ingeniería u otros grados de alta demanda, el sistema nos pide optimizar la nota, por delante del aprendizaje en sí.
Estamos mal diseñados. Los hijos de mis amigos ya buscan dónde estudiarán, no de acuerdo con el aprendizaje, la metodología o los profesores: los hijos de mis amigos buscan quién será más benevolente poniendo las notas.
¿Os habéis preguntado alguna vez por qué algunos de los centros educativos de bachillerato más exigentes están perdiendo alumnos año tras año? Las familias no buscan una ventaja desleal, sino optimizar la carrera al grado. Es básico en teoría de juegos y es trivial en economía aplicada: si una variable tiene más peso que las otras, se maximiza.
¿Pero aquí hemos venido a hacer estrategia o a aprender?
El distrito único
El sistema de acceso universitario funciona bajo una idea aparentemente meritocrática: distrito único. Todo el mundo compite por las mismas plazas, sean de Girona, Lleida, Lugo, Palma, o Murcia. Pero esta igualdad formal solo funciona si las pruebas y las calificaciones son realmente comparables. Sin embargo, ¿hasta qué punto lo son?
Las diferencias de resultados por territorios y centros sugieren que no lo son y, por lo tanto, el sistema del distrito único universitario (el sistema que permite a los estudiantes de todo el estado español solicitar plaza en cualquier universidad pública, independientemente de la comunidad autónoma donde hayan superado las pruebas de acceso), entonces tenemos un problema de taller mecánico: el calibrado.
"Si la selección se decide por decimales, el sistema de medida debe ser extremadamente consistente y justo para todos"
No me quiero poner a reclamar una homogeneidad, ni a ignorar realidades lingüísticas, o curriculares diferentes. Pero si la selección se decide por decimales, el sistema de medida debe ser extremadamente consistente y justo para todos.
Un poco como aquella gente que se va a Cuenca a sacarse el carné de coche en tres días porque es muy fácil “y lo regalan”, pero versión sacar mejor nota para entrar en la universidad que tú quieres. Solo que aquí no estamos hablando de un carné, estamos hablando del futuro profesional de cada uno.
Hay alumnos excelentes, pero…
Cada año, los medios se llenan de noticias donde se celebran las mejores notas de la selectividad en Catalunya. Los llama la consellera de turno, los felicita (mientras ellos no saben ni quién es, agradecerían más una llamada de Bad Bunny), y les regala los oídos de lo excepcionales que son. Me gustaría que a los que sacan peores notas, los llamara el Marshall de la Patrulla Canina para pedirles que se pongan a estudiar ya para sacar mejor nota en septiembre.
Fuera bromas. Un sistema educativo robusto no se mide por sus extremos, sino por su capacidad de ser consistente.
Tener alumnos de 10 es imprescindible para una sociedad que avanza. Queremos los mejores para poder salir adelante, pero si solo podemos demostrar excelencia a través de casos puntuales, mientras aguantamos un sistema educativo que lleva años pidiendo mejoras en temas clave para su supervivencia, estamos describiendo más una distribución desigual de país que una estructura sólida que soporte este progreso.
"Un sistema educativo robusto no se mide por sus extremos, sino por su capacidad de ser consistente"
Leí que un sistema que solo se activa cuando hay incendios, es un sistema que no gestiona bosques, sino cenizas. Tenemos un problema de diseño absolutamente normalizado.
“Es que siempre se ha hecho así”. Una mierda como un piano.
Vayamos por partes
Quizás el debate no debería ser si la selectividad es más difícil o más fácil, o si las notas bajan o suben. El debate que tenemos sobre la mesa es si tenemos un sistema educativo enfocado en educar y enseñar a los alumnos, mientras los hacemos competir en un sistema roñoso tipo “los juegos del hambre” por unas plazas en universidades bandera.
Cómo podemos garantizar la educación, identificar el talento para potenciarlo, distribuir bien las oportunidades entre todos los niveles, y garantizar las plazas cerca de casa.
Porque si el sistema incentiva que la trayectoria educativa se optimice en función de la nota desde los primeros años de bachillerato, y si el acceso universitario depende de diferencias mínimas entre exámenes no comparables, quizás el problema no es el alumnado y sus capacidades: tenemos una herramienta de medida que ha acabado convirtiéndose en el objetivo.
Yo quiero estudiantes que estudien para aprender, no para jugar a esquivar las imperfecciones del sistema. Quiero un sistema que premie el conocimiento, la capacidad y el esfuerzo, no la capacidad de optimizar una nota.
Porque cuando los jóvenes tienen que hacer ingeniería para entrar en Ingeniería, quizás el problema no son los estudiantes, quizás es el sistema donde los hemos hecho jugar.