Un instituto del Baix Llobregat, examen de latín, segundo trimestre de segundo de bachillerato. Los dos peores alumnos de la clase sacan la mejor nota y superan a la mejor estudiante del curso. La profesora —compañera mía de máster— no se lo puede creer: me dice que recuerda que aquellos dos levantaban a menudo la hoja para leerla en vertical, que le pareció extraño y que la traducción la habían hecho por una vía que ella no había explicado en clase. Sospecha de pinganillo, gafas con cámara, transmisor. Pero no los pilló in fraganti, así que se lo tiene que tragar. Me dice, sin embargo, que quizás les hará repetir la traducción sospechosa en su despacho. Me quedo mosca: la digitalización de las chuletas es un tema.
Un James Bond de AliExpress
Volvamos al presente. Por primera vez, la selectividad estrena detectores de radiofrecuencia. Este junio lo hacen Galicia, Aragón, Murcia y Catalunya —en nuestro país, la semana que viene—, y ocho comunidades más se lo están mirando. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Por culpa de la tormenta perfecta: redes, electrónica de consumo, IA y un modelo de negocio que monetiza la no-ética.
"¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Por culpa de la tormenta perfecta: redes, electrónica de consumo, IA y un modelo de negocio que monetiza la no-ética"
Esto hace que hoy la tienda del espía esté en internet, o mejor dicho, sea internet. Puedes ser un James Bond por lo que te cuesta ir a ver la película. Nano-pinganillos por dieciocho euros en Amazon, cajas con SIM que se pegan al cuerpo, pulsadores que se esconden en el zapato para enviar señales, microcámaras disimuladas en un botón o en unas gafas de pega. Todo a un clic y a un envío de AliExpress. Y no es cosa de cuatro adolescentes despistados: solo este año, en el examen teórico de conducir han pillado a decenas de aspirantes con cámaras y pinganillos, que van de los sistemas más sofisticados al auricular Bluetooth y el móvil pegado al pecho con cinta americana.
¿Y cómo funciona todo esto? El montaje es más sencillo de lo que parece. El aspirante lleva una microcámara escondida —en un botón, en unas gafas— y un pulsador en el zapato. Cuando quiere resolver una pregunta, pulsa el pulsador con el pie: la cámara dispara una foto del enunciado, que sube a la nube hasta un cómplice en la otra punta del mundo si es necesario. Este la lee, la resuelve y dicta la respuesta, que el aspirante recibe en el auricular escondido. Hasta aquí, lo de toda la vida con nueva tecnología. La novedad es que ese cómplice ya no es necesario que sea humano: puedes sustituirlo por un ChatGPT que recibe la foto, interpreta la pregunta, genera la respuesta, sintetiza la voz y la susurra al oído. La ventaja es que no hay cómplices que se puedan pillar ni que te puedan denunciar.
"La novedad es que ese cómplice ya no es necesario que sea humano: puedes sustituirlo por un ChatGPT que recibe la foto, interpreta la pregunta, genera la respuesta, sintetiza la voz y la susurra al oído"
El caso más fino lo protagonizó Roy Lee, un estudiante de Columbia, en Nueva York, que programó una app para resolver con IA las pruebas de programación por videoconferencia que usan las grandes tecnológicas a la hora de elegir candidatos. No es fácil: exigen una cámara que muestre toda la habitación y la compartición en directo de la pantalla del aspirante. Tan seguro estaba de su avanzado sistema de IA que lo estrenó, tan ancho, en una entrevista de Amazon. Lo suspendieron un año; ha plegado, ha levantado más de cinco millones de dólares y ahora vende una herramienta para “hacer trampas a todo”. Era por si os hacía falta la prueba definitiva de que el cinismo cotiza al alza.
La guerra perdida
El problema es que esta guerra ya está perdida antes de empezar, y lo peor es el fuego amigo. Los detectores de radiofrecuencia no leen qué transmites, solo que transmites algo. Son básicamente un detector de ondas de radio. Y transmite medio mundo: una llave de coche, un audífono, un reloj inteligente que no te has quitado, el móvil del de al lado que se ha dejado abierto en la mochila. Resultado: temo una lluvia de falsos positivos. El protocolo dice que, si el detector vibra, se marca el examen y, aunque el alumno puede continuar, ya lo decidirá después el tribunal. Los expertos admiten que son solo disuasorios. Traduzco: servirán para que los vigilantes acaben ignorando la mayor parte de las alarmas, mientras algún aspirante acaba en urgencias porque la nano-orejera del tamaño de una lenteja no le sale con el imán (sí, son tan pequeñas y se meten tan adentro que se tienen que sacar con un imán pegado a un bastoncillo). En Ceuta han tenido que operar a uno.
Pero el detector más estropeado lo llevamos todos encima: el cinismo en que hemos convertido nuestro espíritu crítico. El cinismo vende a escala planetaria, estatal, en el trabajo y en la escuela. Funciona en dos direcciones. Una vertical: la desconfianza de abajo hacia arriba; en la prensa, la justicia, la política, la academia. Y una horizontal: como ya no sé qué es cierto y qué no, subo el espíritu crítico hasta que se me vuelve cinismo; decido que nada es cierto, y que nada es importante. Y en este estadio es donde entra en juego el dividendo del mentiroso: una vez todo el mundo sabe que todo se puede falsear, al mentiroso ya no le hace falta mentir, solo sembrar la duda.
La chuleta inversa
Y aquí el cuento da un giro. Cuando hacíamos chuletas a mano, a menudo no llegaban ni al examen: de tanto copiar la declinación en letra microscópica, ya te la habías aprendido. El miedo a que te pillaran hacía el resto. La chuleta era, de hecho, un método de estudio alternativo.
Mi compañera —la profesora de clásicas de secundaria— me explicó el desenlace. Hizo repetir la traducción a los dos sospechosos en su despacho, sin público ni transmisores. ¿Y qué? —pregunté. “Pues que me la hicieron bien”. Que volvían a superar la mejor del curso. Que cómo se lo habían hecho, les preguntó ella. Y que ellos, tan tranquilos, dijeron que con ChatGPT: no en el examen, sino estudiando, que habían aprendido a traducir haciéndoselo explicar y pidiéndole ejemplos.
"Que cómo se lo habían hecho, les preguntó ella. Y que ellos, tan tranquilos, dijeron que con ChatGPT: no en el examen, sino estudiando"
Mientras tengamos que gastar en tecnología para cazar todo lo que se transmite, y no para fomentar todo aquello que permanece, querrá decir que el cinismo está ganando la partida a la sabiduría.