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La paradoja de Sísifo: el socio invisible

17 de Octubre de 2026
Toni Alés | VIA Empresa

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Hace años descubrí que un calendario podía explicar mejor los impuestos que cualquier manual de economía. Mi hijo tendría diez o doce años. Intentaba explicarle qué eran el IRPF, las cotizaciones, el IVA… y su mirada empezaba ya a buscar una vía de escape. Así que cambié de estrategia.

 

—Imagínate que papá empieza a trabajar el 1 de enero. Enero no es para nosotros. Febrero tampoco. Marzo, abril, mayo, junio… Y buena parte del verano, tampoco. Durante esos meses trabaja para financiar hospitales, colegios, carreteras, pensiones o ayudas; cosas que compartimos como sociedad, aunque no siempre las utilicemos directamente.

Me miró sorprendido.

 

—¿Entonces trabajas casi siete meses sin cobrar?

—No exactamente.

Pero había entendido algo esencial: los impuestos dejan de ser abstractos cuando los convertimos en tiempo. Y el tiempo, cuando se entrega, no vuelve. Recientemente encontré una cifra que hizo aquella conversación todavía más gráfica. La Fundación Civismo, un think tank de orientación liberal, sitúa en 2026 el denominado Día de la Liberación Fiscal en el 20 de agosto: 231 días para generar, según su metodología, el equivalente a los impuestos y cotizaciones soportados durante el año.

"Los impuestos dejan de ser abstractos cuando los convertimos en tiempo. Y el tiempo, cuando se entrega, no vuelve"

No es una estadística oficial. Es una estimación y, como tal, discutible. Pero, como metáfora, resulta difícil de olvidar. Trasladémosla a una jornada de ocho horas: unas cinco horas para financiar lo común. Tres para nosotros. Cinco horas trabajando, simbólicamente, para un socio al que rara vez vemos, pero cuya presencia sentimos constantemente.

El socio invisible.

No podemos prescindir de él. Ni deberíamos. Una sociedad necesita educación, sanidad, seguridad, infraestructuras, pensiones y protección para quien atraviesa dificultades.

Así funciona la solidaridad.

Pero cualquier socio que participa de nuestros resultados debería aceptar también una pregunta incómoda: ¿Qué haces con lo que recibes? Porque sabemos bastante bien cuánto aportamos. Mucho más difícil es saber cuánto recibimos individualmente. Una carretera, la policía o una escuela no emiten una factura personalizada.

Precisamente por eso deberíamos obsesionarnos menos con cuánto gasta nuestro socio invisible y bastante más con qué consigue con lo que gasta. Hay una palabra que utilizamos constantemente en las empresas y que parece bastante más incómoda cuando entra en determinados despachos públicos: productividad.

Quizá porque obliga a cambiar la pregunta. Ya no basta con anunciar cuánto hemos invertido, cuántas personas hemos contratado o cuánto ha aumentado un presupuesto. Hay que explicar qué hacemos ahora mejor, más rápido o con menos recursos que antes. Y eso resulta bastante menos agradecido para una rueda de prensa. Algo parecido ocurre con el PIB. Celebramos que crece como si el marcador explicara por sí solo la calidad del partido. Pero una economía puede crecer porque incorpora más personas, más horas trabajadas o más actividad sin mejorar en la misma proporción su productividad.

El PIB cuenta actividad. La productividad pregunta cuánto valor somos capaces de generar por cada hora trabajada. España tiene, además, una extraordinaria potencia turística. Debemos celebrarla. En 2024, el turismo representó el 12,6% del PIB. Pero recibir cada año más visitantes no debería ahorrarnos la pregunta sobre qué otras capacidades estamos construyendo para el futuro.

Un país necesita hoteles llenos. Pero también empresas capaces de escalar, industria avanzada, tecnología, conocimiento, inversión y organizaciones capaces de generar cada vez más valor por hora trabajada. Porque crecer más no siempre significa crecer mejor. Y aquí reaparece nuestro socio invisible.

"Un país necesita hoteles llenos. Pero también empresas capaces de escalar y organizaciones capaces de generar cada vez más valor por hora trabajada"

Según la Agencia Tributaria, en 2024 las declaraciones situadas en tramos de rendimientos e imputaciones superiores a 60.000 euros representaron el 6,4% del total, pero concentraron aproximadamente el 44,6% de la cuota resultante del IRPF en territorio fiscal común. Eso no significa que paguen demasiado. Quienes declaran rentas superiores concentran también una mayor parte de los ingresos. Significa algo más sencillo: la progresividad existe.

Por eso, cuando escucho que quienes más ganan deberían aportar más, echo en falta la segunda mitad de la conversación: ¿Para conseguir qué? Volvamos al colegio de aquella conversación con mi hijo. El gasto público en educación ha aumentado de forma significativa durante los últimos años. Según el ministerio español de Educación, pasó de algo más de 53.000 millones de euros en 2019 a más de 71.000 millones en 2024.

¿Y los resultados?

PISA 2025, la edición más reciente de la OCDE, sitúa a España por debajo de la media de la organización en matemáticas, lectura y ciencias. Respecto a 2022, los resultados empeoraron en matemáticas y lectura y se mantuvieron aproximadamente estables en ciencias. Eso no demuestra que España gaste mal. Mucho menos que gastar más empeore la educación.

Pero sí legitima una pregunta que cualquier organización debería hacerse: ¿Estamos transformando más recursos en mejores resultados? No es una pregunta ideológica. Es una pregunta de gestión. En una empresa lo llamaríamos benchmarking. En política quizá preferimos anunciar otro presupuesto. Y entonces aparece Sísifo. Los dioses lo condenaron a empujar eternamente una enorme piedra montaña arriba. Cuando estaba a punto de alcanzar la cima, la piedra volvía a caer y debía empezar de nuevo.

Su verdadera condena no era trabajar mucho. Era trabajar mucho sin aprender a hacerlo mejor. Quizá ahí reside nuestra particular paradoja. Cada año aparecen nuevas necesidades. Añadimos presupuesto, recursos, empleo y recaudación. Y cuando la piedra vuelve a detenerse, discutimos de nuevo sobre quién debería empujar más fuerte.

Tal vez la pregunta sea otra. ¿Y si el problema no fuera la fuerza con la que empujamos, sino nuestra incapacidad para conseguir que cada empujón nos lleve más lejos? Hoy, si repitiera aquella conversación con mi hijo, mantendría prácticamente toda mi explicación.

"¿Y si el problema no fuera la fuerza con la que empujamos, sino nuestra incapacidad para conseguir que cada empujón nos lleve más lejos?"

Solo añadiría una frase:

—Precisamente porque dedicamos tantas horas a financiar lo común, tenemos derecho a exigir que cada una de ellas produzca más.

Sísifo estaba condenado a repetir. Nosotros no.

La solidaridad explica por qué empujamos juntos. La productividad debería explicar por qué avanzamos.

Quién sabe dónde aparecerá la próxima paradoja. Después de Juvenal, Ícaro y Sísifo, quizá toque dejar los grandes mitos y mirar algo bastante más terrenal.

A veces, para entender una organización, no hace falta mirar al consejo de administración.

Basta con abrir la puerta del fondo.

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