Hace unos días me detuve ante un vídeo de Albert Rivera en LinkedIn. Hablaba de empresarios, gobiernos y gestión. Su tesis era razonable: un país no es una empresa, pero gobernarlo obliga a gestionar personas, recursos, prioridades y decisiones. Y, sobre todo, a responder por sus consecuencias.
Escuchándolo, pensé que la comparación habitual suele centrarse en la economía, pero hay un ángulo mucho más revelador: el de la escalabilidad organizativa.
Cualquier proyecto que irrumpe con fuerza, ya sea una startup o un partido político emergente, puede experimentar un fenómeno parecido: el crecimiento empieza a correr más deprisa que la propia estructura interna. Es ahí donde surge la gran pregunta: ¿puede el éxito convertirse en el principio de la fragilidad?
Si buscamos un ejemplo claro de este cortocircuito organizativo, es difícil no mirar a Ciudadanos. No por su ideología, sino por su escalabilidad como organización.
Una startup encuentra mercado, consigue financiación, multiplica clientes y entra en nuevos mercados. Desde fuera parece imparable. Pero llega un punto en que lo que funcionaba con veinte personas deja de funcionar con 200 y, desde luego, con 2.000.
Las startups que escalan con éxito lo saben bien: crecer no consiste solo en vender más, sino en transformar la organización para sostener ese crecimiento. El fundador o la fundadora debe aprender a delegar. La intuición debe traducirse en procesos y la confianza personal dar paso a estructuras profesionales sustentadas en talento, gobernanza, transparencia y responsabilidad.
"Las startups que escalan con éxito lo saben bien: crecer no consiste solo en vender más, sino en transformar la organización para sostener ese crecimiento"
La épica ya no basta. Empieza la gestión.
¿Y los partidos emergentes? Ciudadanos obtuvo 57 diputados en abril de 2019. Siete meses después consiguió diez. El dato es objetivo. Su explicación, mucho menos.
Podemos siguió una trayectoria distinta y más gradual. En 2015, Podemos y sus confluencias alcanzaron 69 diputados. En noviembre de 2019, Unidas Podemos y sus confluencias obtuvieron 35. En 2023, Podemos concurrió dentro de Sumar, que logró 31 escaños; cinco correspondían a diputados de Podemos, que meses después pasaron al Grupo Mixto.
No son trayectorias equivalentes ni pueden atribuirse a una causa única. Pero ambas muestran una misma tensión: irrumpir con fuerza no garantiza conservar esa posición en el tiempo. Y ahí aparece la pregunta relevante: ¿qué ocurre después de la irrupción? La ciencia política lleva tiempo estudiando esa frontera. Bolleyer (2013) analizó 140 nuevos partidos en diecisiete democracias y distinguió entre éxito electoral inicial, persistencia organizativa y sostenibilidad electoral.
Traducido al lenguaje de una scaleup: conseguir tracción no significa haber construido la organización necesaria para conservarla. Ahí está la paradoja. Crecer electoralmente y construir una entidad capaz de perdurar no son la misma cosa. Más votos exigen más candidatos. Más territorio, mejores estructuras. Más representación, personas capaces de gestionar, no solo de comunicar.
El crecimiento puede parecer lineal; la complejidad rara vez lo es. Por eso cualquier formación emergente debería observar con atención lo ocurrido durante la última década. No porque esté condenada a repetir la historia de Ciudadanos o Podemos, sino porque el éxito también puede generar miopía. Una buena encuesta. Más votos. Más notoriedad.
Durante un tiempo, la altura parece confirmar que las alas funcionan. Hasta que el crecimiento deja de ser noticia y empieza a exigir organización, gestión y algo más que simplificación electoral.
Empieza la realidad.
"El éxito inicial sirve para despegar. Pero permanecer exige algo distinto: estructura, talento, disciplina, capacidad de corregir y una organización capaz de evolucionar al mismo ritmo que su crecimiento"
Y quizá ahí esté la verdadera lección. El éxito inicial sirve para despegar. Pero permanecer exige algo distinto: estructura, talento, disciplina, capacidad de corregir y una organización capaz de evolucionar al mismo ritmo que su crecimiento.
No basta con conquistar un mercado. Tampoco un electorado.
En una startup, crecer obliga a transformarse; si no evoluciona, el mercado acaba corrigiéndola. La cuestión es si los partidos emergentes lo descubren a tiempo.
"En una startup, crecer obliga a transformarse; si no evoluciona, el mercado acaba corrigiéndola"
Tal vez por eso Ícaro siga siendo una metáfora tan contemporánea. Consiguió algo extraordinario: volar. Pero su problema no fue despegar, sino confundir la altura alcanzada con la solidez de sus alas.
La pregunta incómoda es cuántos Ícaros estarán hoy confundiendo velocidad de ascenso con capacidad de permanencia. Quién sabe qué nueva paradoja aparecerá en el próximo camino. Quizá frente a otra pantalla. Quizá en una empresa. Quizá en una conversación inesperada. O quizá, simplemente, en cualquier lugar que me obligue a detenerme y pensar.
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