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Cuando vemos un libro, un proyecto, un objeto hecho a mano, siempre pensamos en una pieza acabada. Algo que se ha ajustado de una manera que nunca más se podrá modificar. Un producto final. Sin embargo, en la vida pocas cosas son finales. En la mayoría de las ocasiones somos sencillamente intentos constantes de cosas que queremos llegar a ser.
El filósofo Michel de Montaigne fue la primera persona en conceptualizar el ensayo como práctica meditativa a través de la escritura. Los escritores, hasta ese momento, se centraban únicamente en la tarea de acabar libros, de terminar obras pesadas que pocas personas podían entender, con la ambición de tener "piezas finales" de conocimiento que quedaran para la posteridad. De esta época hemos heredado la sacralidad del texto, la sensación y el pensamiento de que algo sobre papel es una sentencia, una verdad absoluta, un hecho indistinguible e innegociable. Montaigne fue consciente de la gran estafa, como seguramente muchos otros antes que él, y escribió sus primeros textos poniéndoles el título essais (ensayos en francés), donde afirmaba escribir sobre sí mismo al ritmo de su propio pensamiento.
Si bien ahora estamos acostumbrados a leer ensayos a diestro y siniestro, para el momento fue una revelación, en mi opinión, maravillosa. Aquella pesadez de llevar el coste de la verdad a la espalda, aquella prohibición interna de los autores a tener que plasmar la verdad, el conocimiento, la razón de las cosas se permitía difuminar en pro de un punto de vista. Un punto de vista (POV, como dice la juventud) que abrió la posibilidad a muchas personas después de poder jugar con el lenguaje sin miedo a equivocarse, y de dejar constancia de estas reflexiones en trozos de papel y, llegado el momento, también en pantallas, discos duros y la nube.
La posibilidad de escribir reflexiones con la conciencia de no estar escribiendo verdades es mucho más productiva y libre que la sujeción a una serie de pilares fundamentales. Además, es mucho más amable de leer, porque no sientes una necesidad imperiosa de aceptar la verdad que se te está intentando transmitir, sino que la autora te da la mano para poder pensar con ella, compartir reflexiones o, en el mejor de los casos, darte una buena idea para que tú continúes esta reflexión por tu parte.
Al final, si volvemos a los orígenes de nuestra civilización occidental, ¿no era esto lo que pretendía Platón mientras hablaba con sus estudiantes? ¿No era esta constante búsqueda de la verdad la fuente del conocimiento, más que la llegada a dogmas incuestionables? Quien conoce no debería tener miedo de aprender, a corregir, a rectificar; mientras el débil tiene miedo de verdades medianas por no poder contrastarlas ni refutarlas ante otras verdades. Pero es en la argumentación, en el hilo, en el proceso, donde reside la verdadera riqueza del conocimiento.
"El ensayo no solo nos permite romper con el dogmatismo o con esta absurda idea de ser inclusivos con el resto de saberes"
El ensayo no solo nos permite romper con el dogmatismo o con esta absurda idea de ser inclusivos con el resto de saberes. El ensayo va un paso más allá y nos permite hacer algo nuevo, ponerlos en conversación y dejar atrás los patrones de conocimientos menores y mayores, de ciencia y folclore, de categorías superfluas que no nos llevan a la reflexión, sino a la ordenación y construcción de una especie de torre de naipes abstracta que poca cosa nos permite hacer con el conocimiento que creemos poseer. El ensayo te da el punto de vista, lo combina con otros y comparte contigo el “hasta aquí” que ha hecho una autora para poderlo continuar con otra, y otra, y otra. Pensando, reflexionando, incorporando y poniendo diferentes puntos de vista en perspectiva hasta el fin de nuestros tiempos.
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