Catedrático de economía de la Universitat Pompeu Fabra

La profesión de economista

05 de Junio de 2026
Guillem López Casasnovas, consejero del Banco de España

A menudo, después de la presentación como conferenciantes a gente que tenemos un largo CV por la edad, acostumbro a responder, agradecido, que si un fontanero jubilado pusiera en su estadillo todas las averías que ha reparado, su CV sería más largo y, posiblemente, más útil.

 

De la profesión de economista, desigual como todas las profesiones, la reputación general no es demasiado buena, a pesar de la prevalencia de nuestra presencia en todas partes. Los que se llevan la peor parte en el reconocimiento reputacional posiblemente son los macroeconomistas. Quizás porque se les asocia mayormente a las crisis más globales de la economía y de mayor impacto social. Los más exitosos parecen, a estas alturas, los microeconomistas del comportamiento, modeladores de las cosas rutinarias que afectan el día a día de la gente: la manera como asignamos el tiempo, nos movemos en la incertidumbre o decidimos tener hijos o casarnos. En cuanto a los economistas del sector público, somos mejores en diagnosticar los problemas que sabemos que afectan el bienestar de la gente que en resolverlos; si bien siempre tenemos los comodines de “la falta de gobernanza” o la interferencia excesiva de la política sobre la economía para justificar los errores de predicción, tal es el peso de la política en la economía pública.

"Los economistas del sector público somos mejores en diagnosticar los problemas que sabemos que afectan el bienestar de la gente que en resolverlos"

Esta visión crítica de la profesión la he vivido recientemente en un foro especializado en federalismo fiscal y financiación autonómica. Dado que todos los que participamos formamos parte ya de este gran ‘hámster’ de la España plural, por la que hacemos rodar la rueda con nuestros argumentos, descubro cuán móviles son estos argumentos. Recuerdo muy bien que en el pasado se reconocía con bastante unanimidad que el IRPF era el pivote de la responsabilidad fiscal y el que menos ilusión fiscal incorporaba al autogobierno de un gobierno descentralizado. Aceptábamos también que el IVA no podía jugar ningún papel por aquello de la unidad de mercado, y que la Unión Europea no lo permitiría. El IVA en la financiación autonómica solo podía servir para vestir una transferencia de la cual no se visualizaba ninguna autonomía financiera.

 

Así, algunos académicos incluso habían ido reclamando hasta el 100% de cesión del IRPF, argumentando que con ello el Estado no perdía poder redistributivo, ya que este estaba en el gasto y no en los ingresos. Se empezó proponiendo un 25%, luego un 50% y ahora, con la nueva propuesta, se habla de un 55% de cesión del IRPF... Y, ¡vaya! Entran ahora en pánico algunos de aquellos entusiastas, que ven un precipicio en la pérdida de poderes del estado central y se posicionan hoy en contra de la propuesta mencionada. Y ponen sorprendentemente sobre la mesa el llamado IVA colegiado como sucedáneo.

Este nuevo artefacto quiere responder al clamor para cuando las comunidades autónomas pidan más recursos y la administración central, magnánima, responda ejerciendo su exclusiva capacidad normativa… solo si todos los reclamantes se ponen de acuerdo. A esta propuesta ya me opuse en la Comisión de reforma de la Financiación autonómica como representante de las Balears, aunque salió adelante forzando mi voto particular.

"Entran ahora en pánico algunos de aquellos entusiastas, que ven un precipicio en la pérdida de poderes del estado central y se posicionan hoy en contra de la propuesta mencionada"

Pero ¿cómo puede alguien pensar que se pondrían de acuerdo las comunidades autónomas en la subida de un IVA que, en muchas comunidades con mucho consumo de no residentes, le acabaría restando competitividad en precios; si además la recaudación alcanzada se tendría que repartir sobre la base de la población “ajustada” de cada comunidad, y no del consumo relativo, tal como se proponía?

Son ideas, creo yo, que sirven solo para favorecer que las comunidades se peleen entre sí y el Estado mantenga el statu quo a conveniencia. ¿Qué visibilidad y responsabilidad fiscal da esto de otro modo? ¿Cómo puede ser que se defienda ahora lo contrario que antes, el IVA frente al IRPF? En el mundo de la economía pública, no solo en la financiación autonómica, sino también en la sanidad y en la educación, hay muchos economistas orgánicos de partido que se visualizan por cuotas que reciben reputación política por el éxito en empujar o frenar propuestas de política económica. Y que, por su afiliación, ya se sabe qué dirán antes de abrir la boca. "Mobile qual piuma al vento"...

El gran economista John Maynard Keynes escribió: “Si los economistas solo pudieran ser considerados como personas humildes y competentes, al mismo nivel que los dentistas, ¡sería maravilloso!”. 83 años y mucha investigación después, quizás podríamos aspirar a una comparación con los meteorólogos o con los médicos, pero no estoy seguro de que hayamos superado todavía la etapa de los astrólogos o de los practicantes.