He visto cosas que vosotros, humanos, no creeríais. Y lo digo porque yo tampoco me creía que lo vería; y, cuando lo veía, tampoco me lo creía. Hablo de lo que ellos conocen como vibe coding, la programación asistida por IA.
El vibe coding es un término que ha hecho fortuna en muy poco tiempo. Lo acuñó Andrej Karpathy, investigador y divulgador clave en el mundo de la IA, para describir una manera diferente de escribir código con la ayuda de la IA; no se trata tanto de programar línea a línea de manera meticulosa, sino más bien de expresar una intención, una idea general, y dejar que el modelo genere el código necesario. El objetivo no es entender cada detalle de lo que se ha escrito, sino validar que hace lo que realmente queremos y ajustarlo iterativamente a base de pruebas, correcciones e indicaciones en lenguaje natural a la IA que hace el trabajo de escribir código, o sea, de programar.
Según sus entusiastas, en un entorno de vibe coding, el programador deja de ser un escritor (de código) para convertirse en una especie de director creativo: alguien que sabe qué quiere construir, que quizás no sabe necesariamente cómo hacerlo a bajo nivel, pero que lo tiene claro y sabe expresarlo por escrito. La clave es la intuición —el vibe— que te lleve al resultado deseado.
Hermanos de la IA
Pero una cosa es ver vídeos de AI bros motivados por el clic explicando cómo el vibe coding cambiará el mundo —“enlace al curso más abajo”—, y otra muy diferente es verlo con los ojos de la cara mientras delante de ti un modelo de lenguaje programa lo que le has pedido. La experiencia es a la vez mágica e inquietante. Mágica porque la velocidad y la capacidad de transformar ideas en instrucciones concretas son demenciales; inquietante porque cualquier tecnología lo bastante avanzada es indistinguible de la magia.
"Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia"
Si eres capaz de especificar bien con qué tecnología trabajas, cómo trabajas, qué estilo de código prefieres, qué patrones repites y —sobre todo— qué quieres, solo tienes que aprender cómo darle instrucciones de manera precisa por escrito. Me recuerda inevitablemente a un programa de TVE de cuando era pequeño, donde los concursantes debían dar instrucciones a un personaje que era una especie de monstruo de Frankenstein de baja estatura, de nombre Luis-Ricardo interpretado por el actor José Carabías. El personaje aparecía en una prueba que consistía en guiarlo verbalmente a lo largo de un recorrido lleno de obstáculos.
Luis-Ricardo
El truco —y a la vez la trampa— era que Luis-Ricardo hacía exactamente lo que le decía el concursante. Ni más ni menos. Y ese era, precisamente, el problema: interpretaba las instrucciones al pie de la letra, sin ningún tipo de contexto, sentido común ni capacidad de inferencia. Si le decías “camina hasta la pared”, iba… aunque eso implicara estrellarse contra ella. Si olvidabas especificar “para”, continuaba avanzando impertérrito. Demasiado a menudo, la presentadora se veía obligada a pulsar el botón de reset, y el personaje volvía obedientemente a la casilla de salida.
La sensación con el vibe coding es sorprendentemente similar… hasta hace unos meses. Quiero decir que, hasta hace no mucho, los grandes modelos de lenguaje eran demasiado Luis-Ricardo: obedientes, literales, sin mucho criterio propio ni capacidad real de interpretar qué queríamos decir cuando no lo expresábamos lo suficientemente bien. Funcionaban, sí, pero exigían casi tanto trabajo como hacerlo desde cero. Cualquier camino sin salida acababa inevitablemente en un reset (y un montón de insultos a la máquina).
Yo, Claude
Esto lo han cambiado las últimas versiones de Claude, el modelo desarrollado por Anthropic, competencia de OpenAI. El comportamiento ha dado un salto cualitativo: el modelo ya no solo ejecuta instrucciones, sino que parece comprender el *porqué* de lo que le pides; interpreta mejor las intenciones implícitas, tolera instrucciones incompletas, detecta incoherencias y, a menudo, corrige los errores sin que se lo pidas explícitamente.
"En un entorno de 'vibe coding', el programador deja de ser un escritor (de código) para convertirse en una especie de director creativo"
Es aquí donde el vibe coding deja de parecer un concurso de TVE y empieza a parecerse a una conversación entre profesionales. Ya no hace falta especificar cada paso como si habláramos con un autómata literal; puedes trabajar a un nivel más alto de abstracción. Puedes decir “hazlo más limpio”, “esto no escala”, “prefiero una solución más simple aunque pierda eficiencia”. El pequeño Frankenstein ya no camina hasta la pared: mira, duda, corrige el rumbo y, a veces, incluso te avisa de que el camino que le propones no parece muy buena idea. No siempre acierta, pero aquí es donde entra el experto.
¿Claude en Google?
Y no hace falta que os lo creáis porque os lo diga yo. La experta Jaana Dogan coincide conmigo, y así se lo explicó al mundo en X. Y su testimonio tiene un peso especial no tanto porque lo que dice es increíble —que lo es— sino por ser ella quien lo dice y por dónde lo dice: Dogan es una de las principales ingenieras de Google y casualidades de la vida (o no) trabaja en la API de Gemini, la IA de Google competencia de Claude.
Es aquello de "el medio es el mensaje", que en este caso podríamos adaptar a "la empresa es el mensaje". Dice que cuando le dio a Claude Code una descripción clara del problema que debía resolver, un problema complejo de programación distribuida, el modelo generó en una hora una solución funcional equivalente a lo que su equipo había tardado un año en diseñar e implementar. Dogan no dice "me ayudó", ni "me aceleró partes del proceso". Dice literalmente que reprodujo en una hora el trabajo de un año. Y como lo dice alguien que podría haber utilizado Gemini, y con su tuit ha hecho algunos amigos en Google, le doy toda la credibilidad. El hecho de que no tenga ningún inconveniente en reconocer que Claude le ha cambiado la forma de trabajar dice mucho más que todos los vídeos de todos los *AI bros*.
Pero siempre hay un pero. Ella misma añade un matiz clave, que da aún más credibilidad a todo. Dogan dice: “No es perfecto y todavía estoy iterando, pero este es el punto donde estamos ahora. Si sois escépticos con los agentes de programación, probadlo en un dominio del que ya seáis expertos. Construid algo complejo desde cero, donde vosotros mismos podáis juzgar la calidad de los artefactos”.
Programar para aprender
Dogan no dice “probadlo aunque no sepáis programar”, ni “esto democratiza la ingeniería”, que es precisamente el mensaje de los AI bros. Dice justo lo contrario: si eres escéptico, ponlo a prueba allí donde seas fuerte. En un dominio donde nadie pueda engañarte, ni siquiera la máquina. Porque solo así puedes evaluar los artefactos que produce: el código, la arquitectura, las decisiones implícitas, las omisiones.
"Cuanto más potentes son estos sistemas, más valiosa se vuelve la pericia humana"
Y aquí hay lo que parece una paradoja. Cuanto más potentes son estos sistemas, más valiosa se vuelve la pericia humana. No para competir con la máquina, sino para saber cuándo se equivoca, cuándo simplifica demasiado, cuándo toma atajos peligrosos. El vibe coding no elimina al experto: lo pone en el centro, pero en un rol diferente. Menos picar código, más criterio. Menos sintaxis, más semántica.
O sea, que si queréis que la máquina programe por vosotros, aprended a programar. Win-win.