Consultora de RR.HH y 'coach' ejecutivo

El vértigo de no hacer nada

15 de Agosto de 2026
Aida Jurado | VIA Empresa

Llegan las vacaciones y, después de meses diciendo que no tenemos tiempo para nada, aparecen días sin reuniones, sin horarios, sin aquella sensación de ir siempre tarde. Era justamente lo que esperábamos. Pero no tardan mucho en aparecer las listas de cosas por hacer, las excursiones, los restaurantes pendientes, los pueblos que “tenemos que visitar”, los libros que ahora sí que leeremos, todo aquello que durante el año hemos ido dejando para cuando tuviéramos tiempo. Y así, casi sin darnos cuenta, volvemos a tener la agenda llena.

 

Cada vez tengo más la sensación de que no sabemos descansar. O quizás, mejor dicho, que no sabemos muy bien qué hacer con el vacío que aparece cuando dejamos de tener cosas pendientes.

Solo hay que observarnos un poco estos días. Una terraza delante del mar, una familia comiendo, una puesta de sol espectacular, un concierto al aire libre. Y en algún momento alguien levanta el móvil, hace fotos, graba un vídeo, lo cuelga en las redes. Lo hacemos sin pensarlo; se ha vuelto un gesto automático. Muchas veces acabamos más pendientes de guardar el momento que de vivirlo.

 

Tampoco creo que sea solo una cuestión de redes. Vivimos en una sociedad que da mucho valor a estar ocupados, que ha aprendido a medir los días por lo que hemos hecho: los proyectos cerrados, los objetivos alcanzados, la cantidad de cosas que hemos encajado en una jornada. Lo llevamos tan incorporado que no desaparece cuando nos vamos de vacaciones. Lo que durante el año es trabajo, reuniones y proyectos, en verano se convierte en actividades, experiencias y una necesidad casi inconsciente de aprovechar cada minuto.

"Vivimos en una sociedad que da mucho valor a estar ocupados, que ha aprendido a medir los días por lo que hemos hecho"

Las redes lo acentúan todavía más porque ya no solo vivimos las vacaciones, también las explicamos. Fotografiamos el atardecer, compartimos el restaurante, grabamos el concierto, enseñamos la cala que acabamos de descubrir. Sería fácil decir que lo hacemos por vanidad, pero no creo que sea eso, o no solo eso. Hay algo relacionado con la necesidad de hacer visible lo que vivimos. De demostrar, también, que estamos aprovechando el tiempo.

Desde la psicología hay un concepto que lo describe bien: la cronopatía, un término que se ha popularizado en los últimos años, en parte gracias al libro de la psiquiatra Marian Rojas Estapé Cómo hacer que te pasen cosas buenas. Habla de esta obsesión por aprovechar el tiempo, la sensación de que siempre nos falta, de que no llegamos a todo, de que siempre queda algo por hacer. El tiempo deja de ser tiempo y se convierte en algo que hay que aprovechar, gestionar, rentabilizar. Incluso de vacaciones.

Y después de pasar buena parte del año deseando tener tiempo libre, cuando finalmente lo tenemos, resulta que no sabemos muy bien qué hacer con él. Estar un rato sin hacer nada puede llegar a incomodar. Como si estuviéramos desaprovechando el día. Como si siempre hubiera algo mejor que podríamos estar haciendo.

Seguramente también tiene que ver con cómo hemos construido nuestra identidad alrededor de lo que hacemos. Nos presentamos a través de la profesión, de los proyectos, de las responsabilidades, de los resultados. Y recibimos reconocimiento por todo esto. Estar ocupados nos hace sentir útiles. Cuando durante unos días desaparece toda esta actividad, no siempre sabemos gestionar el vacío que deja.

Lo veo a menudo en directivos y empresarios: llegan las vacaciones después de decir que necesitan parar y, al cabo de dos días, ya están mirando el correo, organizando cosas, buscando alguna actividad. No necesariamente porque quieran seguir trabajando. Simplemente, bajar el ritmo tampoco es fácil cuando llevas once meses funcionando a otra velocidad.

"Estar ocupados nos hace sentir útiles. Cuando durante unos días desaparece toda esta actividad, no siempre sabemos gestionar el vacío que deja"

Y resulta que nuestro cerebro necesita precisamente estos espacios. Hace tiempo leí sobre la Default Mode Network, la red neuronal que el neurólogo Marcus Raichle y su equipo describieron en 2001, en la Universidad de Washington en St. Louis: un conjunto de regiones cerebrales que se activan cuando no estamos concentrados en ninguna tarea externa. Me gusta esta idea porque rompe con la sensación de que cuando no hacemos nada, el cerebro tampoco hace nada. Cuando la mente deja de estar pendiente de una tarea y puede divagar, esta red se relaciona con la memoria autobiográfica, la reflexión interna, la conexión entre experiencias e ideas. Por eso no es tan extraño que sea paseando, mirando el mar o haciendo algo que no exige mucha atención cuando aparece la idea que hacía días que buscábamos. O cuando vemos, por fin, con claridad, un problema que no conseguíamos resolver.

Descansar de verdad quizás tiene menos que ver con cuántas cosas dejamos de hacer, y más con aceptar que durante un rato no hay que hacer nada útil. Ni aprovechar el tiempo, ni tener una experiencia extraordinaria que valga la pena contar.

Las vacaciones pueden ser un buen momento para recuperar esta manera de estar que hemos ido perdiendo: una sobremesa que se alarga sin mirar la hora, un rato delante del mar sin el móvil en la mano, una tarde sin ningún plan que, precisamente porque no tiene ninguno, acaba llevándonos donde sea. Porque descansar quizás no es tanto dejar de trabajar como dejar de sentir, durante un rato, que siempre deberíamos estar haciendo algo.

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