Presidente de la Cecot

La industria que definirá el territorio: de resistir a decidir

30 de Mayo de 2026
Xavier Panés | VIA Empresa

Catalunya no tiene un problema de resistencia industrial. Tiene un reto de rumbo. Y hay momentos en que una economía debe dejar de mirar solo “si aguanta” y empezar a preguntarse hacia dónde quiere ir.

 

Los datos del Barómetro Industrial Cecot confirman una percepción ampliamente compartida: la industria catalana está resistiendo, y está resistiendo bien. En un contexto marcado por tensiones geopolíticas, disrupciones en las cadenas de suministro, volatilidad energética, incremento de costes laborales e incertidumbre reguladora, mantener la actividad ya es, por sí mismo, un indicador de solidez. Pero la pregunta clave ya no es si resistimos, sino si estamos preparados para competir mejor.

Porque resistir no puede ser nuestro objetivo. Durante demasiado tiempo hemos asociado progreso con crecimiento, con volumen, con más actividad. Pero hoy el debate económico ha evolucionado. La cuestión ya no es cuánto crecemos, sino cómo lo hacemos. Porque crecer en volumen no es lo mismo que generar valor, y el reto real es la productividad, el valor añadido y la calidad de la actividad económica. Es aquí donde se juega la competitividad futura, y es aquí donde Catalunya aún no despliega todo su potencial.

 

La pregunta, por lo tanto, no es si la economía catalana funciona —que funciona—, sino qué tipo de economía queremos tener de aquí a diez o quince años. Y este es un debate que no va de descartar sectores, sino de decidir qué queremos reforzar. Demasiado a menudo hemos querido serlo todo. Pero ninguna economía avanzada se construye desde la dispersión. Priorizar no es excluir, es concentrar esfuerzos, alinear decisiones y generar entornos competitivos reales.

En este contexto, la industria no es un sector más. Es una pieza central del modelo económico que queremos construir. Los datos lo evidencian: representa el 19% del PIB catalán, con un volumen de 57.000 millones de euros, y da trabajo a 660.000 personas, el 17% del empleo. Además, lidera la apertura exterior con más de 100.900 millones de euros en exportaciones, con crecimientos muy significativos en los últimos años. Pero más allá de las cifras, la industria es capacidad de generar valor, de innovar, de vertebrar territorio y de crear empleo cualificado. Dicho de otra manera: sin industria no hay modelo económico sólido ni autonomía estratégica.

Ahora bien, si queremos que la industria gane peso, no basta con el relato. Hay que bajar a la realidad empresarial. Y lo que nos están diciendo las empresas es muy concreto: la complejidad administrativa, la incertidumbre reguladora, los costes laborales al alza, la presión energética, la falta de incentivos a la innovación, el absentismo laboral o la dificultad para captar y retener talento continúan siendo condicionantes reales. Algunos datos lo ilustran con claridad: el coste laboral industrial supera los 3.590 euros mensuales por trabajador y ha crecido un 34% desde 2020. Esto no es un debate teórico; es una cuestión de competitividad.

Sin embargo, también hay una lectura positiva. La industria ha vuelto a la agenda política, hay más debate y más conciencia sobre su papel. Pero no basta con que esté. El reto es que se traduzca en decisiones útiles. Porque hay ámbitos —infraestructuras, energía, regulación, políticas industriales— en los que las decisiones no dependen solo de las empresas. Dependen, en gran medida, del entorno institucional. Y es aquí donde se hace imprescindible una mirada a largo plazo y una cierta capacidad de consenso. No hablamos de ayudas puntuales, sino de decisiones estructurales que condicionan la capacidad productiva del territorio.

"La industria representa el 19% del PIB catalán, con un volumen de 57.000 millones de euros, y da empleo a 660.000 personas, el 17% de la ocupación"

Las empresas están haciendo su parte. Lo demuestran cada día: resisten, se adaptan y continúan invirtiendo a pesar de la incertidumbre. Pero no podemos normalizar que competir sea cada vez más difícil. Porque, sin las condiciones adecuadas, el reto no será resistir, sino crecer.

Y esto tiene consecuencias directas: menos inversión, menos productividad y menos capacidad de generar bienestar.

El mensaje, en definitiva, es claro. No se trata solo de defender la industria, sino de crear las condiciones para que pueda crecer. Porque lo que estamos decidiendo no es el futuro de un sector, sino el modelo económico —y, en buena medida, el modelo de territorio— que queremos construir.