El verano es un ciclo repetido de tradiciones y costumbres. Ir a dar un paseo antes de cenar, cocinar gazpacho con una ensalada, beber una copa de vino con una amiga por la noche. Hay algo repetitivo en todos los veranos que no es que sea característico de esta estación en particular, sino que gracias a la bajada de ritmo podemos apreciar. En invierno también hacemos cosas rutinarias, y en otoño, y en primavera. Pero lo hacemos presos por la cotidianidad. El verano es lo contrario de la cotidianidad. En verano hacemos cosas fuera de lo común, a deshora y con un grado más alto de improvisación. En verano nos permitimos ser nosotros mismos, sin prisas, sin compromisos ni responsabilidades mundanas. Nos dejamos guiar por el ritmo natural del día: por el sol, por el calor, por el hambre, por el sueño. Las rutinas se convierten en rituales que celebramos con conciencia, no por obligación o por necesidad. Y es precisamente en esta lentitud donde descubrimos que la vida no es una carrera hacia ningún lugar, sino una serie de momentos que merecen ser saboreados y compartidos con las personas que amamos.
Este es el gran mito de Sísifo del verano: la conciencia de que pasamos el año entero empujando una piedra enorme para llegar, finalmente, a aquellas semanas en que la soltamos y saboreamos la vida sin su peso. Y entonces, cuando apenas hemos aprendido a respirar, la volvemos a coger y reanudamos la subida, soñando ya en cómo sería vivir sin empujones.
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