Si una cosa me gusta de los veranos en el Mediterráneo -bueno, seguramente esto pasa en todas partes del mundo, pero en mi casa es especialmente notorio- es los refritos. Y no, aquí no estoy hablando de las fabulosas croquetas de mi abuela, ni tampoco de cómo nos quedamos después de ir a la playa, sino de las series, aquellas viejas glorias televisivas que, una vez al año, vuelven a estar disponibles gracias a que no hay nada más que mirar. Las series normales se han quedado fuera de temporada, esperando una nueva entrega que llegará a partir de septiembre.
En julio y agosto, pues, hacemos básicamente una cosa: mirar refritos. Y el refrito por excelencia es Plats Bruts, una serie que se ha vuelto tan importante que ya esperamos con ansias el próximo mediodía de verano para poderla mirar de nuevo, para volver a aquello que fue un día una auténtica serie de culto. Mientras la vemos, nos dejamos llevar por la comodidad: un sorbo de gazpacho, el sofá de casa, y la certeza de saber qué vendrá en las próximas horas televisivas. Precisamente esta previsibilidad los hace ideales para una buena siesta; para dormirse y despertarse justo en el momento más icónico del episodio, para reír un buen rato sin pensar. Y en verano, a 40 grados a la sombra, no hay nada mejor que un buen refrito.
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