¿Qué debemos hacer con las patronales?

No es de ahora que se entrevé como necesaria una cierta renovación de los referentes empresariales; al menos, personas que puedan acreditar horas de vuelo y de quirófano

Antoni Cañete, Josep Sánchez Llibre y Salvador Illa, en la firma para los suplementos de crédito 2025 | Jordi Bataller (ACN)
Antoni Cañete, Josep Sánchez Llibre y Salvador Illa, en la firma para los suplementos de crédito 2025 | Jordi Bataller (ACN)
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Empresario
25 de Febrero de 2026 - 04:55

"No pinto lo que veo, sino lo que vi", quiso aclarar el noruego Edvard Munch; sí, el autor del grito más silencioso y angustioso de la humanidad contemporánea.

 

Estaréis de acuerdo conmigo en que para dirigir un aeropuerto no nos hace falta un piloto de aviones; sí que conviene alguien que haya volado alguna vez y, sobre todo, que tenga experiencia en la gestión de grandes infraestructuras. Lo mismo podríamos decir de un hospital. No es exigible que el director sea un médico; bastaría con que alguna vez hubiera estado enfermo y, eso sí, que supiera manejar un complejo orientado a las personas, de pie y encamadas.

En su desasosiego, Pessoa nos hace ver que un barco es un objeto que parece construido con la intención de que navegue, pero en realidad su misión es llegar a puerto. Que el nombre no hace la cosa es un tópico reprobable. Los significados tienen mucho que ver con las realidades de las corporaciones, que también se reflejan en la simbología; tanto o más, en los perfiles y el comportamiento de sus representantes, a veces versallescos y a veces histriónicos; poned los femeninos si queréis.

 

Vaya por delante mi admiración por el trabajo bien hecho de unas y otras, como también el reconocimiento que merecen las personas que dan sentido a las organizaciones empresariales. Reconozco profesionales de gran trayectoria y enorme valía.

La etimología de 'patronal' nos lleva al latín 'patronus' para apelar al protector o también al amo del 'negotium'. ¡Hoy en día ya no hay amos!

Ahora bien, no es cosa de los tiempos actuales cuando se continúa hablando de patronales para identificar las entidades supuestamente antonomásticas del mundo empresarial. Es antigua esta semántica, y nos lleva a maneras decimonónicas, de cuando la alopecia era el mejor remedio para combatir la caspa. La etimología del término nos lleva al latín patronus para apelar al protector o también al amo del negotium. ¡Hoy en día ya no hay amos!

Algunos mandamases llenan las cacofonías retóricas para pregonar que más del 98% del tejido empresarial lo componen pequeñas y medianas estructuras y que justo estas son la gran fuerza del país. Paradójicamente, nos cuesta encontrar dirigentes de pymes que se identifiquen con los líderes de aquellas patronales antiguas, sobre todo cuando estos se expresan con la solemnidad de una homilía previsible, con tropiezos y razonamientos que no van a ninguna parte. En algunos de los discursos no es extraño adivinar connivencias con intereses políticos o comensalismos de catecismo. Está claro que todos los obispos viven en palacios muy amplios, pero en callejones muy estrechos, según la perspicacia de Santiago Rusiñol.

Nuestros empresarios y nuestras empresarias son lo suficientemente inteligentes para exigir otros planes de gremialismo, más consecuentes con los contextos que les toca vivir y más reivindicativos ante las restricciones abrumadoras que castigan la actividad económica, la asfixia burocrática y las inquisiciones demagógicas por parte de otros estamentos. Podría parecer que los conatos de lobby y la necesidad de prorrogar la obsolescencia escénica de según quién se hayan tragado la defensa de los intereses del empresariado.

No será fácil la metamorfosis patronal, quizás porque los búnkeres tienen aquella pátina de indolencia que repele cualquier moción de revalida

En los foros de empresarios y directivos y en cualquier encuentro sectorial o profesional no se habla de las autoridades patronales; en la cotidianidad de los negocios a pie de calle, en los talleres de manos sucias o en los despachos del piso de arriba, casi o nada se tienen en cuenta los posicionamientos de los agentes económicos. Quizás sea que las egregias instituciones ya no son noticia ni son capaces de generar expectativas.

No es de ahora que se entrevé como necesaria una cierta renovación de los referentes empresariales; si no, personas que puedan acreditar horas de vuelo y de quirófano: ¡gente de empresa! No será fácil la metamorfosis patronal, sin embargo; quizás, porque los búnkeres tienen aquella pátina de indolencia que repele cualquier moción de revalida, como aquellas lonjas desde las que se ignoran las plateas y se menosprecian los gallineros.

La calidad de interlocución de las organizaciones empresariales debería evolucionar si quieren abanderar las corrientes de progreso y ser reconocidas como promotoras de los cambios económicos y sociales que demandan los tiempos actuales. No deberían caer en malabares demagógicos ni atender otros intereses que no sean estrictamente los del empresariado. Antes al contrario, deben cambiar la displicencia y la arrogancia por una manera de dialogar abierta y llana, exenta de soberbia. Los representantes empresariales no deberían mirarse en actitudes altisonantes y de poca enjundia porque de esta manera se alejan de las bases y abaten cualquier posibilidad de merecer una mínima valoración.

Los representantes empresariales no deberían mirarse en actitudes altisonantes y de poca enjundia, porque de esta manera se alejan de las bases y abaten cualquier posibilidad de merecer una mínima valoración

A menudo lamentamos que las figuras del empresario y la empresaria estén desprestigiadas y que no se reconozca su contribución a la sociedad. Toca una cierta renaissance del espíritu emprendedor y el reconocimiento de su capacidad, compromiso y responsabilidad para mejorar el entorno comunitario. Esta estrategia de relaciones públicas solo se puede liderar desde las organizaciones empresariales, tanto las de cabecera como las territoriales.

Por su parte, harían bien los empresarios y las empresarias en participar activamente en las organizaciones representativas de su actividad, ya sean gremios, multisectoriales o colegios profesionales. Contra una defección en auge, es necesaria mayor presencia e implicación del empresariado en las entidades de componente económico. No se pueden dejar las directrices a los árbitros de la aristocracia. Debe entrar en la Bastilla.

No hay otra manera de conseguir mejores escenarios para la competitividad y al mismo tiempo barrar el paso a los topes normativos y administrativos que depredan la actividad, como tantas otras amenazas que frenan el crecimiento —cuando no la continuidad— de los negocios.