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L’Antiquari Gastronòmic, alta cocina a precio imbatible en Gràcia

Yordi Martínez y Lara Cerlini, pareja profesional y personal, ofrecen un interesante viaje catalano-andaluz en un menú que combina técnica francesa, tradición y divertimento

La sumiller Lara Cerlini y el chef Yordi Martínez | Alex Froloff
La sumiller Lara Cerlini y el chef Yordi Martínez | Alex Froloff
Lourdes López | VIA Empresa
Periodista experta en gastronomía
Barcelona
04 de Julio de 2026 - 04:55

Bajo el sugerente nombre de L’Antiquari Gastronòmic (Neptú, 4) el chef Yordi Martínez y la sumiller Lara Cerlini (de orígenes catalano-andaluz e italiano, respectivamente) ofrecen un interesante menú degustación en la siempre competitiva Gràcia. Su cocina se apoya en salseados, fondos y reducciones que bañan o encierra sabores tradicionales, cocina clásica francesa y, en ocasiones, sutileza asiática. Distinguido con la Recomendación en la Guía Michelin (en sus ediciones de 2025 y 2026) y en 2024, restaurante coronado como número uno a nivel nacional según la crítica y los comensales de The Fork, ¿qué tiene de especial L’Antiquari? Trasladaron su restaurante a este lugar (antes estaba en el barri Gòtic) para revindicar una cocina muy inspirada, muy propia, que respira cierta autenticidad juguetona y desempolva recetas antiguas familiares a partes iguales.

 

Lo vemos en los primeros snacks, que apuntan a una cocina muy pensada, detrás de la que hay mucho trabajo, pero que no siempre se ve: el buñuelo de trufa (con un peligroso relleno líquido de trufa), crujiente de maíz con duxelle de setas escabechadas y emulsión de yema curada en mantequilla, coca de hojaldre caramelizado, mascarpone y chutoro y un macarrón de flor eléctrica e ikura, profiterol relleno de pato desmigado y bergamota. Secuencia con forma de postre y alma salada en la que Yordi (que tiene formación pastelera) no teme bautizar con un poco de dulzor este primer contacto.

Los 'snacks' apuntan a una cocina muy pensada, detrás de la que hay mucho trabajo | Alex Froloff
Los 'snacks' apuntan a una cocina muy pensada, detrás de la que hay mucho trabajo | Alex Froloff

El hígado de pato es el puente antes de la parte de pescados, una pequeña oda a la cocina francesa: helado de foie mi-cuit trabajado con chocolate blanco con una base que lleva la misma combinación, pero cremosa. Dos texturas y temperaturas diferentes combinadas con vino. En vez del clásico Sauternes, pasamos al más patrio amontillado en forma de gel carmesí hecho con la pectina de ese vino. El dulzor natural y la acidez de la manzana acaba de equilibrar la untuosidad. En la copa, Laura remata con un Pedro Ximénez de la centenaria bodega Toro Albalá con solera de quince años.

 

Seguimos con la anguila del Delta del Ebre y esparrago blanco en crema, y con las puntillitas pasadas por la robata que nos presenta Aitor Casajoanes, segundo de cocina: “Como en un tiramisú, cuchara hasta el fondo para degustar bien todos los ingredientes juntos”, nos avisa. La secuencia dedicada al mar sigue con una vieira cargada de umami –“la dejamos macerar en kombu toda la noche”- regada con una beurre blanc hecha con marisco y acompañada diversas texturas de remolacha, dados de encurtidos y vinagre de la misma hortaliza que salvan la grasa de la salsa más francesa.

El último pase marinero trata la gamba roja como vedete, macerada en ponzu y yuzu, con arroz inflado y una potentísima bisque de su cabeza con miel y kéfir. “Es picante, es dulce y es salado”, resume Yordi. Es, sobre todo, sabroso, pero también divertido: se acompaña la gamba con cabeza de carabinero marcada para chupar los interiores, un brioche de mantequilla tostada con tartar de gamba blanca de la Barceloneta y con un bizcocho verde esmeralda (pan al vapor con algas) que imita el estropajo de una conocida marca de limpieza para rebañar la bisque.

L'Antiquari ha sido distinguido con la 'Recomendación en la Guía Michelin' en 2025 y 2026, y en 2024, número uno a nivel estatal según la crítica y los comensales de The Fork

El relato gastronómico de este anticuario tan nuevo sigue con la parte cárnica: un caldo de fricandó que moja un mandu (clásicos dumpling o empanadillas coreanas) relleno del estofado catalán por antonomasia con jengibre y un merengue de avellanas y piñones. El segundo es el rabo de toro con su demiglace perfecta (¡viva la intensidad en las salsas!) y una base de yogurt con menta. El clásico canelón de la casa, con mazana, ceps y foie gras y una parmentier con la grasa del pollo.

Entre los postres, el amor por hermanar ingredientes dispares no decae (y se lleva un tanto al límite). Lo vemos en el atrevido caviar con vieira marinada – un plato que consigue la sorpresa, pero falla en el disfrute y se descarta por discutible-. La correlación de sabores sí funciona en el original trabajo con la crema de coliflor con pà de pessic, tomillo y pollo. Pero, sin duda, el postre mejor resuelto -y memorable por ello- es el dedicado al AOVE a base de tres conocidas variedades: arbequina, picual y corbella aplicadas en diversos formatos y texturas; del crumble, a la gelatina, del pà de pessic a la gominola.

En un comedor íntimo y a media luz, con la cocina vista, este único menú de 75 euros (más 45 si se hace maridaje) no se hace corto. Encontramos modales de una cocina aprendida en casa que lleva sin embargo como estandarte la técnica y la intención del aprovechamiento en una gran cocina, eso que tanto nos agrada y tan necesario es (aunque luego se corone el plato con una cucharadita de caviar).