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De los 1.091 días que he viajado, 120 los he pasado en Bulgaria. Y os tengo que decir que, Bulgaria es, si no el que más, uno de los países que más me han sorprendido y donde mejor acogido me he sentido.
La primera vez que vine, fue por trabajo. Recuerdo que, al llegar, de noche, nevaba y hacía un viento gélido que invitaba a entrar rápidamente en cualquier lugar para refugiarse. Esta bienvenida me hizo pensar en una situación que vivimos con mi padre, hace muchos años, durante un viaje que hicimos a Evian (Francia).
Después de unas cuantas visitas más con traje y corbata, la siguiente vez -ya durante este largo viaje- también fue fugaz, ya que después de pasar el invierno en Hungría, dirección sur, crucé rápidamente el suroeste de Rumanía y el oeste de Bulgaria para llegar pronto a las temperaturas agradables del Mediterráneo. Cuando decidí dejar Grecia -o, mejor dicho, Grecia me invitó a marchar- mi intención era pasar tres semanas en Bulgaria para tener más tiempo para descubrir y disfrutar de Rumanía, aquel país con carreteras panorámicas impresionantes y paisajes infestados de osos del que todos los viajeros que había conocido me hablaban maravillas.
En Bulgaria conocí a personas y familias encantadoras que me hicieron sentir tan bien que decidí quedarme mucho más tiempo
Pero no fue así... Sin esperarlo -ni planificarlo-, en Bulgaria conocí a personas y familias encantadoras que me hicieron sentir tan bien que decidí quedarme mucho más tiempo. De hecho, contando en el diario del viaje, justo es el tiempo que permite la libre circulación por el espacio Schengen sin tener que regularizarme: 90.
Esta vez, he aprovechado el recorrido que estoy haciendo para probar que las modificaciones de la Vicky funcionan bien, para visitar a aquellos amigos búlgaros que hacía un año que no veía. He pasado casi dos semanas con ellos y, habiendo leído el artículo de la Ariadna Romans -compañera de sección- sobre este país que me gusta tanto, no podía evitar sonreír cuando me encontraba en la situación que explican tan bien sus palabras: “Los búlgaros no son especialmente simpáticos, pero eso también tiene su encanto. Parece que todo se lo han inventado ellos, todo lo hicieron ellos antes".
Para mí, Bulgaria es un país lleno de contrastes: ciudades llenas de edificios grises y angulosos y estatuas que recuerdan épocas pasadas, algunos de los cuales están decorados e iluminados con carteles y luces de neón que anuncian casinos y apuestas y prometen una vida que brilla más que el oro.
En una misma carretera, en bastante mal estado, puedes adelantar un carro tirado por un caballo, un Lada de la época de aquellos edificios angulosos, un coche con el volante a la derecha y un autobús viejo con matrícula búlgara y el apellido Serrano o González en el lateral. Mientras tanto, pegado detrás de ti y haciéndote ráfagas de luz, un supercoche que vale, como mínimo, un centenar de miles de euros tiene prisa por llegar a algún sitio.
Si te entretienes en mirar por la ventana mientras cruzas un pueblecito, en una misma esquina puedes ver una casa de madera que se nota que ha sufrido las inclemencias del tiempo; al lado, una casa de diseño, nueva, cuadrada, con ventanales y porches enormes y uno de estos coches tan caros aparcado en la entrada; e, inmediatamente después, una parcela con la hierba sin cortar, una caravana envuelta con aislantes térmicos, que se nota que hace años que no se ha movido, y un carro que parece la caravana de Stromboli, de la película Pinocho, aparcado al lado, con la chimenea humeante. Cuando pienso en ello, no puedo evitar que se me dibuje una sonrisa en la cara. ¡Me encanta!
Ahora mismo, estoy en Ruse, con la Vicky configurada en modo oficina. Mientras escribo, veo el Danubio y, en la otra orilla, Rumanía, uno de los países de la UE y el espacio Schengen que no utilizan el euro como moneda oficial. Hace menos de un año, Bulgaria también formaba parte de este grupo, ya que operaban con la Leva.
La historia de Bulgaria con el euro es bastante interesante. Este país entró en la UE en 2007 y, como la mayoría de los Estados miembros que no utilizan el euro, asumió el compromiso de adoptarlo cuando cumpliera los criterios de convergencia.
Croacia entró en la UE en 2013 y se incorporó al espacio Schengen y al euro en 2023
El país pasó a formar parte del espacio Schengen en 2024 -con la eliminación de los controles fronterizos terrestres el 1 de enero de 2025- y, finalmente, ha adoptado el euro el 1 de enero de 2026, diecinueve años más tarde, una vez alcanzados los criterios de convergencia. Como el tratado no fija ninguna fecha concreta, cada país desarrolla su estrategia para cumplir estos criterios. Croacia, por ejemplo, entró en la UE en 2013 y se incorporó al espacio Schengen y al euro en 2023.
Un aspecto que me parece muy interesante es que, aun no utilizando el euro, ya tenía una relación muy particular: desde 1997, funcionaba con un currency board y la Leva estaba vinculada al marco alemán. Posteriormente, desde 1999, el tipo de cambio ha sido fijado en 1 euro = 1,95583 Levas, que es el valor que se utilizó para la conversión definitiva.
En 2015, se creó un consejo de coordinación para reforzar los preparativos para la adhesión a la eurozona y, en 2020, Bulgaria entró en la sala de espera del euro (el MTC II), con el objetivo de adoptarlo en 2025. El MTC II es el Mecanismo de Tipos de Cambio II, en el que el país que quiere adoptar el euro establece un tipo de cambio central respecto del euro, alrededor del cual su moneda puede fluctuar con un margen de +/-15%. Para cumplir este criterio, debe mantener la estabilidad del tipo de cambio durante al menos dos años, sin tensiones graves ni devaluaciones respecto del euro.
Aun habiendo cumplido la exigencia mínima de dos años de estabilidad dentro del MTC II, en 2025 Bulgaria todavía no cumplía todos los criterios de convergencia. El fuerte episodio inflacionista en Europa, en un contexto económico condicionado por la pandemia y la guerra de Ucrania, dificultó especialmente su cumplimiento. Los criterios económicos de convergencia son cuatro, a los que hay que añadir la compatibilidad de la legislación nacional con las normas de la Unión Económica y Monetaria:
- Tipos de interés a largo plazo compatibles con la convergencia.
- Estabilidad de precios (inflación).
- Finanzas públicas sostenibles.
- Estabilidad del tipo de cambio durante, mínimo, dos años en el MTC II.
Aunque el objetivo era entrar en el euro el 1 de enero de 2025, tuvieron que posponerlo hasta cumplir con el criterio de inflación. La etapa de inestabilidad política -con gobiernos y elecciones anticipadas sucesivas- tampoco ayudó.
Tal como advertía el BCE, el proceso de convergencia económica, en un país con un nivel de precios inferior al de la eurozona, podía mantener durante un tiempo presiones inflacionarias superiores a las de otros países. Y así es como ha sucedido. La experiencia del ciudadano es muy diferente de la que dicen los indicadores macroeconómicos. Mis amigos -gente de Sofía, de Varna, de Plovdiv y gente que vive en las montañas– lo comentaban mientras compartíamos tiempo estos días que he estado con ellos: “lo que antes costaba 1 Leva, ahora vale 1 euro. Pero el sueldo, no se ha multiplicado por dos”. Esto significa un aumento del 95,6% en estos productos y servicios. Esto me recuerda al cambio que vivimos nosotros hace más de 25 años, cuando aquello que valía 100 Pesetas pasó a valer 1 euro.
Según los datos disponibles, evidentemente, este cambio no se ha aplicado de forma general, pero sí que sucede en servicios como restaurantes y artículos de compra frecuente, que se han redondeado al alza, por lo tanto, la sensación de encarecimiento de la vida es mucho mayor.
De acuerdo con las primeras estimaciones del BCE, la inflación general no se disparó con la llegada del euro. Sin embargo, en enero se produjeron aumentos de precios especialmente elevados en algunos servicios, como restaurantes, alojamiento y determinados servicios personales. El análisis del BCE estima que estos incrementos podrían haber añadido entre 0,3 y 0,4 puntos porcentuales a la inflación de aquel mes.
A pesar de estos datos, el aumento anómalo del precio de algunos servicios y productos que los ciudadanos compran habitualmente, hace que la sensación de muchos búlgaros sea totalmente contraria a lo que indica el BCE, ya que cambia la percepción cotidiana del coste de la vida en el país. Veremos qué pasa en los próximos meses -y años- a medida que Bulgaria se acerque al nivel de precios de la eurozona. Por ahora, esta sensación hace que algunos búlgaros, parezcan todavía más serios. Aunque, una vez los conoces, no lo son en absoluto.
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