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La industria está inmersa en un entorno especialmente convulso y en transición constante. Existe un consenso generalizado en esta afirmación. La presión sobre los márgenes a causa de la globalización se ha acentuado con un movimiento pendular hacia el proteccionismo de las diferentes regiones del mundo, con costes elevados y necesidad de moverse hacia modelos de negocio, productos y servicios más sostenibles y procesos más digitalizados.
La irrupción de nuevas tecnologías pone en cuestión lo que la industria ha venido haciendo durante décadas. Todo ello, si lo tuviéramos que resumir en un único reto global, genera una necesidad más urgente que nunca de transformarse, de cambiar, de hacer las cosas de una forma diferente, de generar ideas y llevarlas a mercado, de sofisticar los procesos y las propuestas de valor... En definitiva: la industria necesita innovar o morirá. Ya no es una “herramienta de diferenciación estratégica”, es una cuestión de supervivencia.
La industria, los centros tecnológicos y cómo hemos llegado hasta aquí
Según el Idescat, en Catalunya, el 98% de las empresas industriales son pymes y casi ocho de cada diez son microempresas (menos de diez trabajadores). Seguro que estos datos no nos sorprenden, pero lo que me interesa es enfatizar que la dimensión importa cuando hablamos de innovar de forma sostenida y eficaz. Necesitamos recursos para asumir los riesgos que son inherentes a “hacer las cosas de forma diferente”. Es decir, es como que necesitamos un colchón o alguien que sea capaz de ayudarnos a reducir la incertidumbre de nuestras inversiones más arriesgadas.
La materia prima de la innovación son las ideas y el conocimiento científico. Solo habremos innovado si somos capaces de llevar hasta el mercado este conocimiento y las nuevas ideas en forma de productos y servicios y con un modelo de negocio exitoso. Por lo tanto, la industria, para poder innovar, necesita mirar su entorno (físico y conceptual) para encontrar a alguien que le pueda aportar ideas diferentes o conocimiento diferencial. Aquí podríamos discutir ampliamente sobre la brecha que existe entre la forma de hacer de las universidades y la industria.
También podríamos defender, con los clásicos argumentos ingenuos y excesivamente simples, que las universidades tienen que hablar el idioma empresarial, ajustarse a los plazos que requiere el mercado, etc. En fin, no entraré, ya lo haré en otro artículo. Sin embargo, no me puedo estar de decir que, ante problemas complejos, habría que evitar recurrir a los tópicos o a respuestas demasiado simplistas.
El punto al que quiero llegar es que, más que nunca, a la industria le hacen falta organizaciones y personas que estén a medio camino: que entiendan los resultados de la investigación que llevan a cabo las universidades, que sepan dialogar y colaborar con honestidad genuina con ellas y que orienten sus aplicaciones hacia lo que necesita la industria (hoy y en los próximos años).
Es decir, hace falta alguna organización que esté en contacto permanente con la industria, que incluso sea dirigido por personas con reconocida experiencia y conocimiento sobre la realidad industrial, pero que, además, pueda dialogar con humildad y solvencia con el entorno científico. Difícil, ¿verdad? Evidentemente, está claro que sería difícil si lo tuviéramos que crear de cero, o si pretendemos desesperadamente (y fútilmente) cambiar la cultura, valores y objetivo fundacional de la investigación básica para ponerla al servicio de la industria.
Fraunhofer nació en 1949 en Múnich para impulsar el desarrollo económico mediante la investigación aplicada, y esta misión industrial se mantiene hoy
La buena noticia es que no necesitamos inventar nada, porque ya existe. Hace casi 80 años que se propuso una solución que, con los años, se ha consolidado demostrando su eficacia. Fraunhofer se fundó en el año 1949 en Múnich, Alemania. Nació para impulsar el desarrollo económico mediante la investigación aplicada, y esta misión industrial se mantiene. En 1949, el objetivo era contribuir a la reconstrucción económica de posguerra y, especialmente, a la industrialización de Baviera, entonces todavía muy agraria.
Inicialmente, Fraunhofer se dedicaba sobre todo a captar recursos públicos y donaciones para financiar servicios tecnológicos e investigación útil para la industria. Años más tarde, en 1973, se aprobó y consolidó el conocido modelo Fraunhofer: el apoyo público de base crecía vinculado a la capacidad de captar contratos de investigación. El modelo clásico se explica con tres tercios aproximados: financiación pública de base, proyectos públicos competitivos y contratos con empresas. Esto es un “centro tecnológico”. Y no otra cosa.
A menudo se producen lamentables confusiones en la prensa o en entornos de debate aparentemente serios en los que se mezclan como uno solo los centros tecnológicos con los centros de investigación, los centros de excelencia, los laboratorios corporativos, los parques científicos, las infraestructuras singulares de investigación, los centros de homologación de tecnologías... y un largo etcétera.

Si el modelo paradigmático nació en la Alemania de la posguerra hace casi 80 años, los centros tecnológicos españoles empezaron a aparecer con las crisis industriales de los años ochenta y noventa del siglo pasado. De hecho, en el País Vasco ya existían algunos centros muy concretos desde hacía décadas, casi coetáneos con el nacimiento de Fraunhofer, pero, en los años ochenta, en plena crisis y reconversión industrial, el gobierno vasco refuerza estos centros e impulsa una red orientada a la modernización tecnológica. Fue la semilla de lo que hoy conocemos como Tecnalia, sin duda el centro tecnológico de referencia en España.
En Catalunya vivimos un proceso similar, pero con un matiz importante: la potente y diversificada industria catalana, casi sin apoyo público y en paralelo a las decisiones de los gobiernos de la época, se juntaba para crear centros tecnológicos que les pudieran aportar servicios y conocimiento tecnológicos. Nacían o se reconfiguraban estructuras ya existentes, con impulso y liderazgo privado, para hacer que la industria fuera más competitiva a través del conocimiento. Fue el origen de lo que, años más tarde, esta vez sí con el apoyo público basal necesario, se consolidan los dos grandes centros tecnológicos que tenemos en Catalunya y que sirven al tejido industrial catalán: Eurecat y Leitat.
Qué es un centro tecnológico
Por si persisten dudas sobre qué es un centro tecnológico, permítanme detenerme un momento y dedicar un par de párrafos a fijar conceptos.
Los centros tecnológicos, como Eurecat, Leitat, Tecnalia o los institutos Fraunhofer, son organizaciones de investigación aplicada que tienen, como razón de ser, transformar el conocimiento en innovaciones que mejoren la competitividad de las empresas (especialmente el sector industrial). Ponen a su alcance talento especializado, laboratorios y capacidades tecnológicas que muchas empresas, especialmente las pymes, difícilmente podrían desarrollar solas, y reducen el riesgo y el tiempo necesarios para innovar.
Su actividad se puede agrupar en tres grandes bloques:
- Investigación aplicada propia, para generar conocimiento y anticipar las tecnologías que necesitará la industria
- Proyectos de I+D con empresas, para desarrollar nuevos productos, procesos y soluciones, mediante contratos directos o proyectos colaborativos
- Servicios tecnológicos especializados, como ensayos, validaciones, asesoramiento y formación, para facilitar la incorporación de tecnología al tejido productivo
De esta manera, contribuyen a aumentar la productividad, a diferenciar la oferta industrial y a generar actividades de mayor valor añadido y empleo cualificado: son, por tanto, una infraestructura esencial de apoyo a la competitividad industrial y a la prosperidad de los territorios.
El tamaño importa
Si Catalunya ya dispone de dos centros tecnológicos con larga y contrastada trayectoria, quizás nos podríamos detener aquí y dejarles hacer. Dejadme aportar un par de reflexiones para cuestionar esta conclusión... de nuevo, demasiado simplista.
En 2025, Tecnalia alcanzó unos ingresos de 156 millones de euros. Aquel mismo año, Eurecat ingresó 74 y Leitat, según su memoria anual, 34,9. Un solo centro vasco tenía, pues, un volumen de ingresos un 43% superior al de los dos grandes centros tecnológicos catalanes juntos. El dato merece una reflexión sobre el nivel de ambición que exigimos a estas instituciones.
En 2025, un solo centro vasco (Tecnalia) tenía un volumen de ingresos un 43% superior a Leitat y Eurecat juntos, los dos grandes centros tecnológicos catalanes
El contraste aumenta cuando miramos la industria a la que dan servicio. El valor añadido bruto industrial catalán de 2025 fue de 57.511 millones de euros, según el Idescat, frente a los 20.903 millones de industria y energía de Euskadi, según Eustat. Con estas estimaciones, la industria catalana tiene una dimensión 2,75 veces superior. Puestos en relación con esta base industrial, los ingresos de Tecnalia tienen un peso casi cuatro veces mayor que los de Eurecat y Leitat sumados.
Hay que leer bien la comparación. Los centros trabajan para clientes de diversos territorios y sectores, y los ingresos incluyen recursos públicos y privados. Esta proporción aproxima su dimensión relativa, pero no pretendo medir toda la transferencia ni la inversión empresarial en I+D. Catalunya dispone de otros agentes del “sistema de investigación e innovación” como universidades, centros TECNIO, centros CERCA y otras organizaciones que también realizan actividad de transferencia. Euskadi también tiene un sistema plural, pero el papel de los centros tecnológicos, con Tecnalia a la cabeza, es absolutamente central.
Precisamente por estas diferencias, sería poco riguroso deducir una medida óptima para los centros catalanes de forma automática. Pero tampoco sería razonable utilizarlas para eludir la pregunta: ¿nuestros centros tienen la escala y las capacidades que necesita una economía industrial como la catalana? ¿Su horizonte se define a partir del presupuesto del año anterior o de las oportunidades tecnológicas e industriales del país?
La nueva ambición de los centros tecnológicos
Hace más de una década, la integración de centros que dio lugar a Eurecat, constituido en el año 2015, respondió a una necesidad real de masa crítica. Reunir talento y conocimientos diversos permitía abordar proyectos más complejos y sostener infraestructuras difíciles de financiar desde centros pequeños. Se ha construido una capacidad que hay que reconocer. El siguiente reto exige preguntarse cómo multiplicar su alcance.
Yo situaría la ambición en un proyecto capaz de doblar o triplicar la actividad con empresas durante la próxima década, con más capacidad para liderar grandes desarrollos y hacerlos llegar al mercado. Lo planteo como una exigencia de proyecto y de compromiso directivo, que hay que concretar con recursos, prioridades e hitos verificables. La comparación vasca indica que hay referentes cercanos de otra escala. Demostrar qué oportunidades podemos convertir en crecimiento corresponde a quien dirige los centros.
Un gran centro catalán debería aspirar a ser un socio tecnológico de referencia europeo en ámbitos seleccionados, capaz de atraer encargos industriales y talento
Esta ambición debe tener contenido industrial. Un centro tecnológico debe permitir a una empresa hacer cosas que difícilmente podría hacer sola: desarrollar tecnología, probar un proceso antes de invertir en una nueva planta industrial o reducir el riesgo de industrializar una innovación. Crecer debe servir para abordar retos más relevantes y llegar a empresas que hoy todavía no acceden. Un aumento de presupuesto tiene valor cuando amplía esta capacidad.
La dimensión también se construye con especialización y mercado internacional. Un gran centro catalán debería aspirar a ser un socio tecnológico de referencia europeo en ámbitos seleccionados, capaz de atraer encargos industriales y talento. A ninguna empresa le impondríamos limitaciones a la hora de vender sus productos o servicios fuera de sus fronteras. Por otro lado, que los centros tecnológicos reciban dinero público no exime su responsabilidad de influir internacionalmente en las agendas tecnológicas que acabarán impactando en nuestra industria. Esto requiere elegir dónde se quiere destacar y dónde se debe trabajar con otros. Abrir líneas en todas las tecnologías emergentes puede dispersar recursos que necesitan continuidad y concentración.
Los centros tecnológicos y el sistema de investigación
La relación con el resto del sistema es otra necesidad y prueba de ambición de los centros. Catalunya genera conocimiento absolutamente diferencial y en grandes cantidades en universidades, hospitales, centros de investigación y grandes infraestructuras científicas. Los centros tecnológicos deberían aspirar a convertir una parte mayor de este conocimiento en aplicaciones industriales. Demasiadas veces podríamos caer en la tentación de limitar la valorización, transferencia y comercialización solo de los resultados de la investigación (aplicada) propia de los centros. Es necesario, también, una mirada complementaria al sistema de investigación y valorizar todo aquello que sea útil para la industria, también cuando se ha originado fuera de nuestros laboratorios. La tecnología propia es un activo, pero la capacidad de incorporar y madurar tecnología de otros puede ampliar mucho más el servicio al país.

Esto exige un acercamiento humilde y un reconocimiento genuino hacia las capacidades de generación de conocimiento que tenemos en el sistema público de investigación. También exige una especialización en etapas
esenciales de escalado de tecnologías, industrialización de soluciones, diseño de prototipos y pilotos en entorno industrial, etc. Aquí es donde los centros tecnológicos son complementarios y valiosos para el resto del sistema.
Es deben diseñar y alcanzar acuerdos sobre propiedad intelectual, derechos de explotación, reparto de ingresos y uso de infraestructuras. También exige aceptar que otro agente lidere una parte del proyecto. Cuando retener toda la actividad dentro de la organización pesa más que ofrecer la mejor solución a la empresa, se hace evidente un sesgo que nos aleja de nuestra misión fundacional. Aparece un problema de dirección. Quien lidera un centro debe saber reconocer cuándo el conocimiento de otro es mejor y desarrollar los mecanismos apropiados para incorporarlo. El protagonismo compartido también puede generar crecimiento y existe un coste de oportunidad evidente si no se aprovecha el enorme potencial que la complementariedad de las capacidades puede generar a todas las partes del sistema.
La lección vasca, por lo tanto, va más allá de las fusiones. Se puede combinar escala con la existencia de un sistema diverso. La cuestión es cómo se articulan especializaciones y colaboraciones con una política industrial sostenida. En Catalunya hemos dedicado muchos esfuerzos a discutir la arquitectura del sistema. Ahora hay que examinar con la misma exigencia cómo se dirigen las organizaciones que lo integran.
El equilibrio inestable de los centros tecnológicos
La financiación pública forma parte de esta discusión. Exigir que un centro viva exclusivamente de lo que factura a empresas puede empujarlo hacia los servicios de retorno inmediato y debilitar su capacidad de asumir riesgo tecnológico. En otras palabras: sin financiación pública, un centro tecnológico acabará convirtiéndose en una empresa de servicios tecnológicos, reduciendo al mínimo su actividad de investigación propia por ahogamiento (el mercado no le pagará una investigación, por muy aplicada que sea, que no tenga un retorno cierto).
Exigir que un centro viva exclusivamente de lo que factura a empresas puede empujarlo hacia los servicios de retorno inmediato y debilitar su capacidad de asumir riesgo tecnológico
El modelo Fraunhofer combina financiación institucional, contratos empresariales y proyectos públicos competitivos. El apoyo de base permite preparar tecnologías que serán útiles dentro de unos años mezclando conocimiento externo con capacidades internas y elaborando una hoja de ruta clara de investigación aplicada y desarrollo de tecnologías. Este horizonte es necesario para construir capacidades industriales propias y aportar un valor real y tangible a la industria.
Si no, si lo que queremos es que sobrevivan de lo que el mercado estará dispuesto a pagar, montamos una ingeniería o un laboratorio y... listos. Ciertamente, y en el extremo opuesto, si un centro tecnológico se centra demasiado en la captación de financiación pública, o recibe una financiación basal pública excesiva en términos relativos a sus ingresos totales, acabará especializándose en fases cada vez más inmaduras del desarrollo tecnológico, de forma que hará investigación exploratoria y se convertirá en aquello que no debe ser: un centro de investigación (aplicada, pero un centro de investigación...).
Aquí reside uno de los misterios mejor guardados del modelo de negocio de un buen centro tecnológico: saber cuál es el porcentaje adecuado de ingresos públicos que debe recibir en relación a los ingresos privados que genera por servicios a la industria. El modelo clásico Fraunhofer, como he explicado antes, establece unos porcentajes básicos, pero nos equivocamos sistemáticamente cuando adoptamos estos porcentajes acríticamente como un axioma irrenunciable. Hay que adaptar estos porcentajes después de analizar bien el momento de desarrollo de cada centro tecnológico, la realidad del sector industrial al que sirve, la existencia de otros agentes en el territorio y la exigencia de retorno a medio y largo plazo.
Por otro lado, a menudo simplificamos (de nuevo) demasiado el discurso cuando hablamos de “financiación pública”. No tiene nada que ver la financiación pública para sostener gastos recurrentes de una organización (se llame centro tecnológico o empresa) con la financiación pública necesaria para invertir en un nuevo laboratorio. Confundir “gasto” con “inversión” es un error demasiado básico que no nos podemos permitir cuando hablamos de financiación.
Además, es absolutamente imprescindible desarrollar y dotar convenientemente las políticas de “incentivos a la demanda” (apoyo que recibe la propia industria para contratar I+D en colaboración con los centros tecnológicos). No me extenderé en este punto, pero resulta de una lógica fuera de toda discusión que el hecho de incentivar la demanda contribuye decisivamente a orientar la oferta.
El apoyo público también puede reforzar la exigencia sobre los resultados. Euskadi ofrece un ejemplo concreto: Emaitek Industria Hobea 2026 incorpora un modelo de asignación de financiación en el que el impacto en la industria vasca pesa un 55%, por delante del liderazgo tecnológico, la especialización y el posicionamiento internacional. Es una manera de vincular el apoyo a las capacidades con la contribución a los objetivos industriales. Por cierto, en el año 2026, el gobierno vasco aporta 62,1 millones de euros a “la actividad no económica” de los centros... es decir: aporta esta financiación basal para la investigación aplicada de los centros. Eso sí, contra una exigencia que va más allá de los resultados de la investigación que financia: se fija en el impacto que los centros tienen en la competitividad de su industria.
La insuficiencia de financiación o su indeterminación a largo plazo no puede convertirse en una explicación universal que deje la gestión fuera de la evaluación
De la misma manera, pues, en Catalunya, reclamar más recursos públicos debe ir acompañado de propuestas igualmente concretas sobre el retorno que se espera. La insuficiencia de financiación o su indeterminación a largo plazo no puede convertirse en una explicación universal que deje la gestión fuera de la evaluación. Las administraciones deben aportar estabilidad y prioridades, pero los equipos directivos de los centros tecnológicos deben demostrar que saben transformarlas en desarrollo tecnológico, alianzas y actividad empresarial.
La relación con las pymes merece una revisión específica. Su dimensión y capacidad de absorber tecnología condicionan la demanda. Precisamente por eso necesitan interlocutores que entiendan el negocio, ayuden a formular el problema y propongan un itinerario asumible. Esperar que la empresa llegue con el reto tecnológico perfectamente definido limita el alcance de la misión que justifica el apoyo público. Desarrollar esta demanda es parte del trabajo del centro.
Para hacerlo, hay que combinar ingeniería con desarrollo de negocio y conocimiento de los procesos y los mercados de los clientes. También hay que trabajar con clústeres y asociaciones empresariales que ya tienen la confianza de las empresas. Construir esta capacidad comercial y relacional, y dotarla de profesionales y recursos, es una responsabilidad directiva tan relevante como captar proyectos de investigación.

La evaluación debe fijarse en todo aquello que pasa después de captar el proyecto o registrar la patente: qué tecnologías se adoptan, qué inversiones se aceleran y qué mejoras de productividad y competitividad se consiguen. Los centros ya comunican casos de éxito y algunos publican estimaciones de impacto. Es necesario que estos ejercicios permitan contrastar los resultados y distinguir su contribución de aquello que habría sucedido igualmente, con plazos adecuados y evaluación independiente.
El hecho de que los centros tecnológicos reciban un apoyo público sustancial no nos debería dar miedo ni nos debería parecer “demasiado”. La industria catalana merece un apoyo directo pero también indirecto a
la altura de su volumen de negocio y de los retos mayúsculos que está afrontando en términos de tecnología, transición energética e innovación en sentido amplio.
Eso sí: es necesario que los centros tecnológicos sean conscientes de su papel fundamental como brazo ejecutor de las políticas industriales del país. Los gestores de los centros deben tener iniciativa, criterio propio y capacidad para plantear una estrategia ambiciosa, pero, al mismo tiempo, deben entender muy bien cuál es el papel institucional que asumen: si el Govern define unas prioridades de país de la política industrial o de estrategia de innovación y transferencia, los centros tecnológicos deben ser uno de los instrumentos que ayude a convertir estas prioridades en resultados. No creo que tenga sentido que una institución de esta naturaleza construya una agenda desconectada de la estrategia económica e industrial del país. La lealtad institucional es esencial.
La evolución de los centros tecnológicos

La década pasada fue clave en la evolución de los centros tecnológicos catalanes. La creación de Eurecat fue especialmente relevante, como resultado de la fusión de cinco centros tecnológicos y la posterior absorción de otros centros de un alcance más territorial o sectorial. El nacimiento de Eurecat respondía, como he comentado antes, a una necesidad de generar la masa crítica y capacidades necesarias para servir mejor a la industria catalana, que tiene retos que deben abordarse desde una mirada multitecnológica y con solvencia de gestión. Más allá de estos motivos, también es importante pensar en la eficiencia de los recursos públicos, la especialización de los equipos, la gestión centralizada de un calendario de inversiones coherente, etc.
Todo esto tiene mucho sentido y, probablemente, se ha logrado en buena medida. Si analizamos las cifras de Eurecat y el funcionamiento errático de otros centros tecnológicos en la última época, nos daremos cuenta de que la etapa de creación, integración y consolidación de un modelo se ha llevado a cabo con éxito. En realidad, no nos debería sorprender mucho, pues se partía de una base sólida de experiencia y conocimientos previos de las organizaciones que originaron el centro.
Si analizamos las cifras de Eurecat y el funcionamiento errático de otros centros tecnológicos en la última época, nos daremos cuenta de que la etapa de creación, integración y consolidación de un modelo se ha llevado a cabo con éxito
Ahora nos encontramos ante una nueva etapa. Si se ha conseguido una integración efectiva de multitud de organizaciones y de personas, y se ha hecho todo consolidando un modelo propio, ahora hay que dar un salto en términos de profesionalización y de ambición. Por todo lo que he expuesto en este artículo, el momento actual exige esta orientación hacia unas cuotas de ambición e impacto superiores, que permitan alcanzar su misión fundacional de transformación efectiva de la industria respetando los principios de rigor y exigencia máxima en términos de gestión.
La organización lo tiene que notar. Hay que trasladar esta misión al sistema de presiones e incentivos internos. La promoción de los responsables depende, sobre todo, del presupuesto captado o del tamaño de su unidad, pero la cooperación competirá con intereses mucho más ambiciosos y tangibles. La ambición y monitorización del logro de los objetivos que emanan de la misión fundacional del centro es irrenunciable. Los órganos de gobierno deben fijar estas prioridades y exigir correcciones cuando los resultados se alejen de los objetivos.
La creación y consolidación de los centros tecnológicos ha requerido (y requerirá) esfuerzo público, talento y decisiones firmes, pero complejas. Reconocer este legado obliga a cuidarlo con exigencia. Una economía industrial de la dimensión de la catalana debe reclamar proyectos que estén a la altura de sus posibilidades. Quien dirige estas instituciones debe estar dispuesto a transformarlas con la misma ambición y firmeza con que pedimos a la industria que se transforme porque, al fin y al cabo, es la misma transformación.
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