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La política climática también es política industrial

La decisión de la Comisión Europea de alargar hasta 2039 los derechos gratuitos de emisión de CO₂ para determinadas industrias ha generado un debate previsible

Oxfam Intermón señala que las empresas del Ibex-35 representan el 30% de las emisiones de CO₂| tatisol (iStock)
Oxfam Intermón señala que las empresas del Ibex-35 representan el 30% de las emisiones de CO₂| tatisol (iStock)
Oriol Alcoba, director de innovación y transferencia de conocimiento en Esade
Director de innovación y transferencia de conocimiento en Esade
30 de Julio de 2026 - 04:55

No hay contradicción entre dar más tiempo a la industria y mantener la ambición climática. La contradicción sería dar más tiempo sin aprovecharlo para construir las tecnologías que nos deben permitir cumplir los objetivos.

 

La decisión de la Comisión Europea de alargar hasta 2039 los derechos gratuitos de emisión de CO₂ para determinadas industrias ha generado un debate previsible. Para algunos representa un paso atrás en las políticas climáticas; para otros, una rectificación necesaria ante las dificultades competitivas de la industria europea. La realidad, sin embargo, es más compleja. Y probablemente también más interesante.

Europa sigue manteniendo el objetivo de neutralidad climática en 2050. Lo que cambia es el reconocimiento de que, en algunos sectores industriales, la velocidad de la transición no depende solo de la voluntad política ni de las propias empresas, sino también de la disponibilidad tecnológica. La flexibilidad puede ser una buena noticia, siempre que no se convierta en una excusa para aplazar las transformaciones necesarias. Lo vemos en el sector de la movilidad: permitir a los fabricantes europeos de coches seguir fabricando vehículos contaminantes no evitará que los fabricantes emergentes de otros lugares (China) avancen en sus productos menos contaminantes y ocupen el espacio al que renunciamos antes de que podamos llegar.

 

Porque el problema de fondo no es el calendario. El problema es la tecnología.

La regulación también es una política de innovación

Durante décadas, Europa ha demostrado que la regulación puede ser una extraordinaria palanca de innovación. Los estándares ambientales más exigentes han impulsado el desarrollo de motores más eficientes, filtros de partículas, procesos industriales menos contaminantes o edificios de consumo casi nulo. La conocida hipótesis de Porter sostiene, precisamente, que una regulación ambiental bien diseñada no solo reduce emisiones, sino que también estimula la innovación y acaba reforzando la competitividad de las empresas.

Naturalmente, esta no es la única palanca. Los incentivos públicos (ayudas, financiación, fiscalidad favorable o compra pública innovadora) también son esenciales. Pero relajar la presión regulatoria sin reforzar, simultáneamente, los incentivos significa debilitar uno de los principales motores que ha impulsado tradicionalmente la innovación (en Europa y en todo el mundo).

Por eso es importante entender que flexibilizar los plazos no puede significar reducir la ambición.

La tecnología no siempre llega al ritmo de la regulación

Ahora bien, también es cierto que hay sectores industriales donde la descarbonización completa todavía no es tecnológicamente posible.

Es el caso de buena parte de la industria química, la siderurgia, el cemento, la cerámica o determinados procesos papeleros. No es una cuestión de falta de compromiso empresarial. Muchas de estas empresas llevan años invirtiendo de manera intensa en reducir emisiones. El problema es que, en algunos procesos, las tecnologías necesarias todavía no existen a escala industrial o continúan en fases muy iniciales de desarrollo.

La descarbonització de l'economia i els costos de la transició | iStock
Hay sectores industriales donde la descarbonización completa todavía no es tecnológicamente posible | iStock

La descarbonización de los sectores emisores de gases “de difícil abatimiento” (difíciles de evitar o compensar) debe entenderse como un proceso en tres etapas:

La primera consiste en llevar al límite la eficiencia de los procesos actuales: consumir menos energía, aprovechar mejor los recursos y reducir emisiones por unidad producida.

La segunda pasa por incorporar todas aquellas tecnologías que ya están disponibles: electrificación, hidrógeno en determinados usos, nuevos procesos productivos, captura de carbono o sustitución de combustibles fósiles cuando sea viable.

La tercera es la más difícil y, probablemente, la más determinante: desarrollar tecnologías que hoy todavía no existen comercialmente. Muchas de las soluciones que permitirán alcanzar la neutralidad climática continúan en laboratorios, plantas piloto o proyectos demostrativos con niveles de madurez tecnológica todavía bajos. Algunas, incluso, se encuentran en “fase idea”.

En algunos sectores industriales, la velocidad de la transición no depende solo de la voluntad política ni de las propias empresas, sino también de la disponibilidad tecnológica

En este contexto, la decisión europea no es tanto una renuncia como un ejercicio de realismo. Hay tiempo para que estas tecnologías alcancen madurez sin renunciar al objetivo final.

El gran error europeo: pensar solo en la demanda

Pero la propuesta de Bruselas sigue teniendo una carencia importante: Europa ha construido buena parte de su política climática desde el lado de la demanda. Obligamos a las empresas a reducir emisiones. Fijamos objetivos cada vez más exigentes y penalizamos el carbono.

Todo esto es necesario. Lo que no es suficiente es limitarnos a generar demanda de tecnologías de descarbonización sin preocuparnos de quién las fabrica. ¿Quién producirá los electrolizadores? ¿Quién desarrollará los sistemas de captura de carbono? ¿Quién fabricará los nuevos materiales, los equipos industriales, los reactores, los sensores o los sistemas digitales que harán posible esta transformación?

Si la respuesta es que la mayor parte de esta tecnología se importará de otros continentes, Europa habrá reducido emisiones, pero habrá renunciado a una enorme oportunidad industrial y se habrá puesto en manos de terceros... con los evidentes riesgos que esto conlleva (en cuanto a precios, disponibilidad de productos, actualizaciones tecnológicas, limitación de posición competitiva, etc.). No quiero ser catastrofista, pero recordemos que, actualmente, China produce aproximadamente entre el 85% y el 90% de los paneles solares del mundo.

China produce aproximadamente entre el 85% y el 90% de los paneles solares del mundo

Precisamente este es uno de los mensajes centrales del informe Draghi sobre la competitividad europea: la transición energética solo reforzará la economía europea si va acompañada del desarrollo de una potente oferta industrial propia. El Clean Industrial Deal y la futura Industrial Accelerator Act ya apuntan en esta dirección, incorporando mecanismos para que la compra pública y las ayudas impulsen tecnologías fabricadas en Europa y consoliden cadenas de valor propias.

Y es que la política climática también debe ser política industrial.

La captura de carbono no es el destino. Es el puente

En este debate también hay que perder el miedo a hablar de tecnologías de transición.

La captura y el almacenamiento de CO₂ siguen generando controversia. Es comprensible. Pero la pregunta no es si representan la solución definitiva, sino si pueden ayudarnos a ganar tiempo mientras llegan las tecnologías disruptivas.

Noruega, entre otros países, ya hace años que demuestra que es posible desplegar estos sistemas con garantías técnicas y ambientales. En sectores donde las emisiones son prácticamente inevitables con la tecnología actual, capturar el carbono puede ser una herramienta de transición extraordinariamente valiosa. No es una alternativa a la innovación sino que es un puente prácticamente inevitable hacia la innovación.

Quizás deberíamos hablar más de “desfosilizar” que de “descarbonizar”

Hay todavía otro matiz que a menudo queda fuera del debate: hablamos continuamente de “descarbonizar”, cuando el gran objetivo, en realidad, es “desfosilizar”. No todas las emisiones de CO₂ son iguales. El carbono procedente del petróleo, del gas o del carbón incorpora a la atmósfera carbono que llevaba millones de años almacenado en el subsuelo y contribuye al calentamiento global (desestabiliza el ecosistema). En cambio, el CO₂ derivado de la biomasa o de los biogases forma parte del ciclo biológico del carbono.

La diferencia es fundamental. Metámonoslo en la cabeza: el reto no es eliminar cualquier emisión de carbono, sino dejar de depender de los combustibles y de las materias primas fósiles. Una caldera de biomasa emite CO₂ y el biogás derivado del tratamiento de purines también (cuando se quema), pero la opinión pública debería entender que esto es la solución y no el problema.

Catalunya se juega mucho más de lo que parece

Chimeneas de la industria química de Tarragona | ACN
Chimeneas de la industria química de Tarragona | ACN

Este debate es especialmente relevante para Catalunya. La industria química es el segundo sector industrial del país y en Tarragona disponemos del principal polo petroquímico del sur de Europa, una auténtica joya para la competitividad del país y de toda la industria que, de una forma u otra, necesita proveerse de lo que sale de este polo. Pero es que si le añadimos la siderurgia, el cemento, la cerámica y el resto de industrias intensivas en emisiones, hablamos de un conjunto de actividades que representan aproximadamente el 19% del PIB industrial catalán y el 15% del empleo industrial.

No estamos hablando, pues, de un debate ambiental abstracto. Estamos hablando de competitividad, de empleo, de inversiones y del futuro de una parte muy significativa del tejido productivo catalán y de todas las cadenas de valor que se derivan.

La industria química es el segundo sector industrial del país y en Tarragona disponemos del principal polo petroquímico del sur de Europa

Por eso Catalunya debería seguir muy de cerca la evolución de estas políticas europeas y, sobre todo, posicionarse para convertir esta transformación en una oportunidad para preservar y reforzar nuestra industria. Disponemos de un ecosistema químico, tecnológico y de investigación que nos sitúa en una posición privilegiada para participar en el desarrollo de las tecnologías que harán posible la descarbonización de los sectores más difíciles.

Más que dar tiempo, aprovecharlo

La decisión de Bruselas solo será acertada si estos años adicionales sirven para acelerar la innovación, desplegar nuevas tecnologías y construir una industria europea de la descarbonización.

Si simplemente nos limitamos a aplazar los objetivos, habremos perdido tiempo y habremos abierto la puerta a nuestra obsolescencia y pérdida irremediable de prosperidad futura. Si, en cambio, aprovechamos esta ventana para crear empresas europeas capaces de liderar las tecnologías de captura de carbono, de electrificación industrial, de hidrógeno, de nuevos materiales o de procesos productivos de bajas emisiones, Europa habrá convertido una aparente flexibilización en una auténtica estrategia de competitividad.

Porque la política climática no debería servir únicamente para reducir emisiones. También debería servir para consolidar la industria que ya tenemos y construir la próxima gran industria europea.

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