En el Reino Unido, los políticos dimiten. No es una anécdota ni una extravagancia británica: es una constante cultural, institucional y casi biológica del sistema político. En el Parlamento británico, el liderazgo es siempre provisional, siempre condicionado, siempre dependiente de un grupo de diputados que, en virtud del sistema electoral mayoritario, tienen más poder real que cualquier estructura de partido. Lo vi de cerca cuando trabajaba en Westminster como asesor: en el Reino Unido, el líder solo es líder mientras sus diputados lo quieren.
Durante la última década, los primeros ministros británicos han caído como piezas de un dominó que no perdona. David Cameron se marchó después de perder el referéndum que él mismo había convocado. Theresa May encalló el Brexit hasta hacerlo irreparable. Boris Johnson fue devorado por el Partygate y por la pérdida de confianza de su propio grupo parlamentario. Liz Truss hizo tambalear los mercados en solo 49 días. Y Rishi Sunak adelantó unas elecciones que lo hundieron. Todos ellos cayeron por haber perdido una apuesta personal, por haber provocado una crisis o por haber cometido un error monumental.
Keir Starmer es la excepción. No ha perdido ninguna apuesta, no ha provocado ninguna crisis, no ha cometido ningún error estratégico grave. Ha reconstruido el Labour y ha conseguido los mejores resultados del partido en décadas. Pero en Westminster, los resultados no siempre importan tanto como las sensaciones. Es un poco como en la bolsa. Y sus diputados tienen la sensación de que con él no volverán a ganar. Es un diagnóstico emocional, no racional. Pero en política británica, las emociones de los diputados son la realidad. Cuando el grupo parlamentario decide que el líder ya no es un activo electoral, el líder deja de ser líder. Sin piedad. Sin dramatismos. Sin excusas.
Esta dinámica solo se entiende si se mira el sistema electoral. El first-past-the-post convierte cada circunscripción, que vendría a ser como un distrito o un trozo de comarca, en una batalla singular: quien obtiene más votos, aunque sea por un margen mínimo, se lleva el escaño. No hay listas, no hay reparto proporcional, no hay salvavidas. Los diputados británicos no son cuadros orgánicos colocados por el líder: son ganadores individuales, elegidos directamente por sus vecinos. Han de demostrar liderazgo, iniciativa y capacidad de resolver problemas locales. Han de ser visibles, útiles, capaces de ganar. Y el sistema les permite priorizar a los ciudadanos que representan por delante de la disciplina de partido. Si el líder les perjudica, el líder cae. Es tan simple como eso.
Los diputados británicos no son cuadros orgánicos colocados por el líder: son ganadores individuales
Andy Burnham: ¿radical o pragmático?
En este contexto emerge Andy Burnham como el más que probable próximo primer ministro británico, con la previsión de que pueda convertirse en el nuevo líder del país en los próximos días. Desde 2017 ha construido un perfil de gestor del Greater Manchester. Reelegido en 2021 y 2024 con amplias mayorías, ha convertido la región en un laboratorio económico que combina política territorial, colaboración con empresas y una agenda de reindustrialización que se traduce en proyectos concretos. Transformaciones urbanas como Mayfield, NOMA, MediaCityUK, Airport City o The Factory International han redefinido el paisaje económico de Manchester.
Los resultados son visibles. Greater Manchester es hoy la economía subregional que ha crecido más deprisa del Reino Unido, con un ritmo que duplica el del conjunto del país. Entre 2017 y 2024 ha captado más de 7.000 millones de libras en inversión privada en tecnología, ciencia y regeneración urbana, y se ha consolidado como el hub digital más grande del país fuera de Londres. En paralelo, Burnham ha dejado claro que sus prioridades inmediatas exigen dar aire a familias y empresas: poner más dinero en el bolsillo de la gente y estudiar reducciones fiscales para las tiendas.
Entre 2017 y 2024, Greater Manchester ha captado más de 7.000 millones de libras en inversión privada en tecnología, ciencia y regeneración urbana
Burnham es, pues, un pragmático que ha demostrado que el liderazgo local, las infraestructuras productivas y la colaboración con el sector privado pueden generar crecimiento real. En un sistema que premia a los ganadores locales, este perfil es exactamente lo que muchos diputados quieren: un líder que les ayude a conservar su escaño. El giro del Labour hacia un enfoque más territorial y orientado a la empresa no es una anomalía, sino la consecuencia natural de un sistema electoral que obliga a los diputados a pensar primero en su circunscripción y luego en su líder. Cuando el líder deja de ser un activo electoral, el grupo parlamentario lo sustituye. Sin dramatismos. Solo aritmética política.
La lección para Catalunya: ningún sistema es perfecto, pero unos son mejores que otros
Ningún sistema es perfecto. El sistema mayoritario británico tiene virtudes evidentes: responsabilidad directa, liderazgo local, incentivo permanente a ganar y una capacidad de corrección interna que actúa con una rapidez sorprendente. Pero también tiene perversiones: mayorías artificiales, distorsiones territoriales y una penalización estructural de las terceras fuerzas. El sistema proporcional como el que tenemos en Catalunya también presenta sus propios retos: dependencia política al líder, fragmentación de fuerzas políticas, dependencia crónica de pactos y una distancia creciente entre electores y representantes.
La solución menos imperfecta sería un híbrido que combinara lo mejor de los dos mundos: la responsabilidad y el liderazgo local del mayoritario, con la representatividad y el equilibrio territorial del proporcional. Un sistema que premie la proximidad y la competencia, pero que no distorsione el mapa político ni condene la pluralidad.
Cuando el sistema incentiva la responsabilidad individual y la rendición de cuentas, la política evoluciona
En el Reino Unido, los políticos dimiten. Y en esta frase hay toda una cultura institucional, una manera de entender el poder y un mecanismo de corrección que funciona porque nadie es imprescindible. La lección para Catalunya es clara: cuando el sistema incentiva la responsabilidad individual y la rendición de cuentas, la política evoluciona. Cuando no lo hace, la política se estanca.
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