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Dinero más caro y bolsas en máximos: ¿qué puede salir mal?

Las empresas con inversiones pendientes no deberían dejar de invertir, pero sí rehacer los números, actualizar el coste de la financiación y exigir rentabilidades adecuadas al riesgo

Paneles del Ibex-35 en el Palacio de la Bolsa de Madrid | Europa Press
Paneles del Ibex-35 en el Palacio de la Bolsa de Madrid | Europa Press
Oriol Amat | VIA Empresa
Economista, UPF BSM y Observatorio de la PIME
09 de Septiembre de 2026 - 04:55

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Durante muchos años nos acostumbramos a una situación excepcional en la que el dinero casi no tenía coste. Entre 2016 y 2021 los tipos de interés bajaron mucho y en algunos periodos fueron incluso negativos. Los estados se endeudaban muy barato, las empresas encontraban financiación abundante y muchas familias contrataban hipotecas a tipos extraordinariamente bajos. Aquel mundo queda cada vez más lejos. Las últimas semanas, los mercados de bonos han enviado una señal de alerta. Las rentabilidades de la deuda pública a largo plazo han subido con fuerza. En Estados Unidos, el bono a diez años se ha acercado al 5%. En Europa, las rentabilidades también han aumentado significativamente. Y el movimiento ya llega a los bolsillos. El euríbor a doce meses ha superado el 3% en los primeros días de septiembre.

 

¿Por qué suben los tipos? Hay varias fuerzas actuando simultáneamente. La primera es la inflación que en la zona euro ha repuntado hasta el 3,3% en agosto y en España ha llegado al 4,5%, según Eurostat. Las tensiones geopolíticas, los fenómenos meteorológicos extremos y las disrupciones de las cadenas de suministro están influyendo. La segunda fuerza es el elevado endeudamiento público. La deuda pública mundial ya se aproxima al 94% del PIB y el Fondo Monetario Internacional (FMI) prevé que continúe subiendo. Los tipos a largo plazo, además, no los deciden solo los bancos centrales. También influyen los inversores que compran deuda pública. Si perciben un deterioro de las finanzas de un país, exigirán más rentabilidad para financiarlo. La tercera fuerza es la enorme necesidad de capital. La transición energética, la defensa, las infraestructuras y, sobre todo, la inteligencia artificial exigen grandes inversiones en centros de datos, semiconductores, redes eléctricas y energía. Todo ello hace pensar que quizás no volveremos fácilmente al mundo de los intereses bajos de hace unos años.

Cuando los bonos compiten con la bolsa. La subida de los tipos llega en un momento delicado, con las bolsas en máximos históricos. Hay una cierta contradicción. Mientras los tipos de interés nos indican que el dinero es más caro, las bolsas continúan reflejando un gran optimismo. En el artículo de hace un par de semanas comentaba que una parte importante de este optimismo tiene que ver con la inteligencia artificial. La IA es probablemente una de las tecnologías más transformadoras de las últimas décadas, pero una gran tecnología no siempre significa una gran inversión a cualquier precio.

 

El Banco Central Europeo (BCE) y otros organismos han advertido que las valoraciones de algunas empresas son muy elevadas, especialmente entre las vinculadas a la IA. Los inversores están pagando hoy precios muy altos porque esperan que estas empresas obtengan grandes beneficios en el futuro. Si estas expectativas se cumplen, los precios pueden estar justificados. Si no se cumplen, las cotizaciones caerán. Y una corrección importante en Estados Unidos podría afectar al resto de los mercados y también a la economía. No es una cuestión menor, ya que las empresas estadounidenses representan aproximadamente el 64% del MSCI World, uno de los principales índices bursátiles mundiales, que agrupa a unas 1.300 empresas de 23 países desarrollados.

A todo esto se añade otro factor. Cuando suben los tipos de interés, la bolsa tiene más competencia. Si un inversor puede obtener cerca de un 5% comprando un bono bastante seguro, puede estar menos dispuesto a asumir el riesgo de invertir en acciones. Y, además, los tipos más altos reducen el valor que hoy atribuimos a los beneficios que las empresas esperan obtener en el futuro. Por ello, una combinación de valoraciones elevadas, grandes expectativas sobre la IA y tipos de interés al alza aconseja prudencia. Los bonos vuelven a ser una alternativa real a la bolsa y las cotizaciones elevadas son más vulnerables si las expectativas no se cumplen.

Los bonos vuelven a ser una alternativa real a la bolsa y las cotizaciones elevadas son más vulnerables si las expectativas no se cumplen

¿Qué puede salir mal? Que unos tipos elevados durante más tiempo coincidan con una decepción sobre los beneficios esperados, provoquen una corrección de las bolsas y esta acabe afectando a la inversión y el consumo.

¿Qué significa para la economía? Los tipos más elevados frenan la economía. Para los estados, aumenta la factura de la deuda y queda menos margen para otras políticas. Para las empresas, aumenta el coste de la deuda y algunos proyectos que eran rentables con una financiación al 2% pueden dejar de serlo al 3% o al 4%. Las empresas más endeudadas son especialmente vulnerables cuando tienen que refinanciarse. Para las familias, aumentan las cuotas de las hipotecas variables y el coste de los nuevos préstamos, lo que reduce la renta disponible. Menos inversión y menos consumo perjudican el crecimiento. Pero también hay beneficiados. Después de años de rentabilidades prácticamente inexistentes, los depósitos, las letras del Tesoro, los fondos monetarios y la renta fija vuelven a ser alternativas atractivas para los ahorradores.

¿Qué podemos hacer? No sabemos hasta dónde subirán los tipos ni cuándo habrá una corrección de los mercados. Por ello, más que intentar adivinar el futuro, conviene prepararse para diferentes escenarios. Los gobiernos deberían mejorar la eficiencia y reducir los déficits estructurales. Las empresas endeudadas deberían revisar vencimientos, tipos fijos y variables y simular qué pasaría con los resultados y la tesorería si el coste financiero aumentara dos o tres puntos.

Los ahorradores deberían aprovechar que vuelven a existir alternativas de bajo riesgo con rentabilidades positivas y, ante los máximos bursátiles, diversificar

Las empresas con inversiones pendientes no deberían dejar de invertir, pero sí volver a hacer los números, actualizar el coste de la financiación y exigir rentabilidades adecuadas al riesgo. Cuando el capital deja de ser casi gratuito, seleccionar bien las inversiones vuelve a ser esencial. Los ahorradores deberían aprovechar que vuelven a existir alternativas de bajo riesgo con rentabilidades positivas y, ante los máximos bursátiles, diversificar y evitar concentraciones excesivas en acciones y en las empresas más arriesgadas. Las familias con hipotecas variables deberían calcular el impacto de un euríbor elevado durante más tiempo, reforzar el colchón de seguridad y valorar alternativas a tipo fijo o mixto.

En resumen, hay que prevenir para estar preparados. No sabemos cuándo llegará la próxima corrección de los mercados. Tampoco sabemos cuánto tiempo tendremos que convivir con dinero más caro y con más dificultades para financiarnos. Pero las señales actuales aconsejan prudencia. Prevenir no significa predecir una crisis, sino estar preparados por si llega. Esto permite resistir mejor los momentos difíciles y también aprovechar las oportunidades que aparecen después. En un mundo con más incertidumbre y dinero más caro, la prudencia financiera es una ventaja competitiva.

 

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