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Fascinados por los robots, desbordados por el cambio

El problema no es que la tecnología avance, sino que lo haga sin un sistema capaz de absorber sus efectos

Un robot humanoide 'Tiangong' | Johannes Neudecker (Europa Press)
Un robot humanoide 'Tiangong' | Johannes Neudecker (Europa Press)
Josep-Francesc Valls es uno de los grandes expertos en la clase media | Marc Llibre
Profesor y periodista
Barcelona
24 de Febrero de 2026 - 04:55

La celebración del Año Nuevo 2026 en China nos ha dejado una imagen impactante: robots humanoides desfilando, bailando e interactuando con humanos, coordinados a la perfección. Más allá del espectáculo —perfectamente calculado como demostración de poder tecnológico—, la reacción global ha sido casi unánime: fascinación, sorpresa y una sensación difusa de que “ya estamos aquí”. El futuro del futuro ha llegado, pero la mayoría de la población china y mundial no tiene todavía el tiempo ni los mecanismos para asimilarlo. La tecnología corre más que la sociedad.

 

Viendo a los humanoides chinos moverse por el escenario, pensé en algunas de las grandes películas de danza de la historia: Cantando bajo la lluvia, West Side Story, La fiebre del sábado noche, Dirty Dancing, Flashdance, Cisne negro, Billy Elliot, All That Jazz. Coreografías memorables, cuerpos al límite, energía, superación… pero también movimientos ligeramente imperfectos, errores en alguna transición, sudor, dureza en el aprendizaje. En cambio, los robots actuaban en plena sincronía y perfección. Ninguna vacilación, ninguna fragilidad, ningún rastro de transpiración.

 

El encanto por los robots no es nuevo: máscaras, bufones, arlequines, autómatas, cadenas de montaje acompañan el imaginario colectivo desde los primeros momentos de la humanidad. Lo que es realmente nuevo es que ya no son prototipos de laboratorio ni piezas de ficción: son productos funcionales, conectados, entrenables y, sobre todo, integrables en procesos productivos reales. No estamos entrando en la era robótica: ya estamos en ella.

Pero aún vamos más allá. Lo que define este momento no es solo la robotización física, sino la entrada de lleno en la era agéntica. Una etapa en la que los sistemas digitales dejan de ser herramientas pasivas para convertirse en agentes: toman decisiones, ejecutan tareas complejas, coordinan otros sistemas y operan con un grado creciente de autonomía. El agente ya no es solo un robot industrial o un brazo mecánico, sino un conjunto de algoritmos capaces de planificar, negociar, optimizar y aprender.

Algoritmo e IA generativa

Asistimos de lleno a la segunda fase de la transformación digital. La primera, con la expansión del algoritmo alimentado por la cantidad masiva de datos generados a través de internet y las redes sociales. La segunda, con la irrupción de la inteligencia artificial y, especialmente, de la IA generativa a inicios de esta década, que abre la puerta a esta nueva etapa agéntica. Puede producirse una burbuja alrededor de la IA, pero es indiscutible que la tecnología no decaerá. Con China a la cabeza, la carrera se intensifica.

Contemplando los movimientos perfectos de los robots chinos, la sensación era que necesitaremos cuarenta o cincuenta años para que las generaciones actuales puedan deglutir plenamente el nuevo escenario. Esta transformación tiene un impacto directo en los puestos de trabajo, en la productividad, en los modelos de negocio y en la velocidad con que se genera valor. Y aquí aparece el verdadero problema: el desajuste —el gap— entre la rapidez de los avances tecnológicos y la capacidad de la sociedad para absorberlos.

Incluso Internet pasó por una larga fase experimental antes de convertirse en una infraestructura central de nuestras vidas

Históricamente, las grandes innovaciones tecnológicas han necesitado décadas para traducirse en modelos de negocio masivos. El ferrocarril, la electricidad o la aviación comercial. El mismo teléfono, la fotografía o la radio. En muchos de estos casos no nacieron como productos comerciales. Incluso Internet pasó por una larga fase experimental antes de convertirse en una infraestructura central de nuestras vidas. Hoy, en cambio, el ciclo se ha comprimido de manera radical: de la incubadora al mercado en cuestión de meses, con la monetización bajo el brazo.

Esta aceleración tiene ganadores claros: los innovadores que dominan la tecnología y quienes invierten. Plataformas, startups deep tech y grandes actores globales convierten los avances científicos en rentas económicas casi inmediatas y de progresión exponencial. El problema no es que esto ocurra; el problema es que el resto del sistema no avanza al mismo ritmo.

La formación de la población activa, la adaptación de las organizaciones, la regulación, las instituciones educativas e incluso los marcos culturales continúan funcionando con lógicas del siglo XX. El resultado es una sensación creciente de desplazamiento: tecnologías cada vez más potentes conviviendo con personas que no han tenido tiempo —ni herramientas— para integrarlas de manera efectiva en su trayectoria profesional. La polarización se acelera y aumenta el número de excluidos.

El riesgo, pues, no es tanto tecnológico como temporal. Por un lado, se genera frustración y desencaje entre amplias capas de la población; por otro, se consolida un sistema económico capaz de generar ganancias de productividad y beneficios a gran velocidad para unos pocos, pero incapaz de implicar al mismo ritmo a las empresas, los trabajadores y las instituciones. Cuando el tiempo de la innovación se acelera y el de la asimilación social se ralentiza, el desajuste deja de ser coyuntural y deviene estructural. Aquí estamos.

Nunca la innovación había generado valor tan rápidamente ni se había monetizado con tanta facilidad. Pero nunca tampoco la formación, las instituciones y las organizaciones habían quedado tan atrás. El problema no es que la tecnología avance -eso es inevitable y muy bueno-, sino que lo haga sin un sistema capaz de absorber sus efectos. El desajuste no responde a una resistencia al progreso, sino a una economía que continúa respondiendo con mecanismos lentos a una dinámica de cambio exponencial. El resultado no es solo la desigualdad que aumenta, sino una creciente ineficiencia sistémica.