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Futbolines y cestas de fruta para atraer el talento

Sin la cultura ni las directrices adecuadas, las empresas no pueden desarrollar aquello que ellas mismas califican de talento

Un cesto con fruta en la oficina | iStock
Un cesto con fruta en la oficina | iStock
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Coordinador general de la Mancomunitat Penedès-Garraf
03 de Noviembre de 2026 - 04:55
Act. 03 de Noviembre de 2026 - 7:47

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Apesadumbrado por las suspicacias y con la gravedad de una angustia sentimental que lo ahogaba, aquel desgraciado le preguntó a su pareja si le era fiel. Ella, avezada en el ejercicio de la política y, quizás por eso, diestra en los malabares de la demagogia, le respondió con un ademán ofendido y una incredulidad impostada. No se lo podía creer por aquella desconfianza. No entendía las dudas de aquel con quien compartía techo y colchón y a quien nunca había dado motivos para imaginar escenas de engaño. En realidad, ella siempre había sido estadísticamente leal. 

 

Entre ellos, los amantes pueden ser del todo fieles, o solo estadísticamente. No es exactamente lo mismo. Bien ordenados, los datos pueden cambiar el sentido de la vida y nutrir las interpretaciones que más convengan, según a quién y en función del porqué. Lo mismo podríamos decir de las ambigüedades semánticas, que se pueden usar con astucia o con mala leche. 

El talento es probablemente el término más adulterado de los últimos tiempos, precisamente por su versatilidad y por una polisemia difusa

Puestos a dar categoría de verosimilitud a las estadísticas, no se entendería de alguien que tuviera un 74,5% de honestidad. Se puede ser honesto o no serlo; sin porcentajes ni barómetros de moralidad. Lo mismo ocurre con el talento, probablemente el término más adulterado de los últimos tiempos, precisamente por su versatilidad y por una polisemia difusa.

 

Pongamos cultura clásica. Plauto escribió que “a menudo los grandes talentos se esconden en la oscuridad”. Ovidio propuso que “el talento, oxidado por un largo desuso, se embota y disminuye mucho de lo que era antes”. Añado una cita contemporánea que merece un paspartú: “El talento es la inteligencia triunfante"; esta es del muy recordado Salvador Guasch, economista, humanista y relator de la contabilidad de los intangibles.

Pongamos profanidad fenicia. Hay una inflación de la palabra “talento” en todo tipo de artículos, discursos, proclamas y retóricas de contertulios y otros especímenes de sabihondos. Unos ven necesario “captar talento”; otros refunfuñan porque “se va” y aún hay unos cuantos que piensan que “hay que promoverlo entre los más jóvenes”. Lo dicen como si el talento se obtuviera como resultado de una calistenia doctrinaria, de un contexto enciclopédico o bien tuviéramos la posibilidad de clonarlo, como aquel ensayo de la oveja Dolly.

El talento no se esquila. Se tiene o no se tiene. Lo hay o no lo hay. Se pueden injertar habilidades (me erizan los términos ingleses) y potenciar las aptitudes, eso sí. Solo los asesores -que normalmente nunca han gestionado ninguna sociedad con solvencia- y los charlatanes de facundia ridícula hablan del talento; quizás también algunos esnobs con cargos ejecutivos en las áreas de recursos humanos y algunas eminencias cultivadas en las escuelas de negocios. Empresarios y directivos, por el contrario, en los procesos de selección se decantan por aspirantes preparados y que muestren actitudes favorables, aquello que antes se identificaba con el espíritu de mejora y los valores del esfuerzo, por muy antiguo que resulte. 

Claro que no hablamos del sector público, donde la exigencia se centra en el currículum académico: es decir, la obsesión por las titulaciones por encima de las cualidades de un candidato y su bagaje; lo cual explica muchas cosas, que me guardaré mucho de poner en evidencia. Que el mundo ha evolucionado gracias a la técnica y a pesar de que la política es un aforismo discutible pero no exento de virtud. Igualmente, es una certeza irrefutable que aquello que necesitamos para hacer progresar las organizaciones y adquirir mayor competitividad tiene que ver con la solicitud de las personas y no tanto con el talento de etiqueta negra. 

Se echan mucho más de menos las actitudes positivas que los unicornios. A diferencia de los currículums evanescentes, todo aquello que se pueda educar y mejore las capacidades de las personas -también para su crecimiento individual y el equilibrio emocional- aportará posiciones contributivas. No todas las organizaciones tienen la cultura y, en consecuencia, las directrices para esculpir las mejores condiciones para el desarrollo de aquello que ellas mismas califican de talento. Se deben procurar entornos adecuados y sistemas abiertos para que afloren las cualidades de los trabajadores y los equipos, tanto en las oficinas como en los talleres.

Si no hay talento en la dirección de una empresa, difícilmente se atraerán los perfiles más adecuados, aunque se pongan futbolines y se llene el dispensador de fruta para presumir de ello ante las visitas

Tengamos en cuenta, además, que si no hay talento en la dirección de una empresa, difícilmente se atraerán los perfiles más adecuados, aunque se pongan futbolines y se llene el dispensador de fruta para presumirlo ante las visitas. Aquella esposa a quien el marido le cuestionaba una supuesta promiscuidad y que reconocía una lealtad estadística, sin embargo, hubiera podido responder que no se podía ser perfecta: ser fiel al 100% y, a la vez, del todo talentosa.

Saramago resolvía que “en las cosas del amor todo el mundo es infiel hasta que no se demuestre lo contrario” y este sí que tenía talento. Y una última licencia de culto, extraída del esperpento de Valle-Inclán, cuando ante el cadáver de Max Estrella, muerto de inanición y huérfano de reconocimiento, Don Latino exclama: ¡Te habían cerrado todas las puertas, y te has vengado muriéndote de hambre! ¡Bien hecho! ¡Que caiga esa vergüenza sobre los cabrones de la Academia! ¡En España es un delito el talento!.

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