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Ya estaba en las postrimerías de su presidencia, en el año 2023. Ante medio millar de empresarios y durante una larga intervención, Jordi Pujol ensalzó los resultados de su trayectoria al frente de la Generalitat. En una especie de autoevaluación reconocía un balance teñido de sombras y luces. Lo hacía con la necesaria sinceridad, pero también con la inevitable vanidad de aquel que había hecho cosas relevantes. Pujol, él mismo, empezó por hacerse la lista de méritos y se arrogó unos cuantos reconocimientos. Nada que decir. La segunda parte del discurso fue más áspera, sin embargo. Abrió la libreta de reproches y con un tono apesadumbrado hizo un acto de contrición por la herencia que dejaba a los gobiernos venideros.
El veterano presidente avisaba -y de esto ya hace 23 años- que Cataluña sufriría los efectos de un gran déficit en la producción energética y, en consecuencia, asumiría una excesiva dependencia del suministro exterior. Este hecho -explicaba Pujol- tenía que ver con determinados proyectos de energía eólica y fotovoltaica que no se ejecutaron cuando tocaba porque no se gestionaron debidamente las acciones de reprobación popular. A menudo, aquel navegante de la política se había visto superado por las pancartas a pie de calle y el rechazo de manifestantes a todo tipo de iniciativas. Ahora, al final del trayecto, aceptaba que no se deberían haber hecho determinadas concesiones.
No es tozudez ni obsesión. Tenemos que hablar de las infraestructuras
No es tozudez ni obsesión. Tenemos que hablar de las infraestructuras. Hay que sopesar hasta qué punto son necesarias y si se justifica su coste en términos presupuestarios y de sostenibilidad. Tanto o más, tenemos que ser capaces de arrinconar el no a todo por parte de grupúsculos que meten más ruido que argumentos. Nos cuesta muy cara la factura de aquellos que se oponen por sistema, y la pagamos entre todos.
Recientemente, en un acto del Cercle de Direcció Penedès-Garraf, el profesor Germà Bel proponía un dilema a caballo entre la obviedad y la provocación: una cosa es la necesidad y otra, muy diferente, la carencia. Que se eche de menos una instalación, un trazado o un servicio no implica que sean necesarios. El dinero público debería invertirse en actuaciones perentorias y exigibles; no en proyectos de escaso recorrido y de justificación fatua. Pongamos por caso unos cuantos aeropuertos en medio de la nada, ciertos trayectos de alta velocidad y tantas otras chapuzas, que han quedado en desuso y a veces ni siquiera se han inaugurado. Con su inconfundible acidez, el economista de les Cases d'Alcanar profirió otro ejemplo que sacudió el auditorio: la Línea Orbital Ferroviaria.
Quien os lo cuenta nunca había dudado en hablar de este proyecto con bramidos reivindicativos y dedicarle numerosos artículos y muchas intervenciones. El dibujo del trazado de la línea orbital de ferrocarril es explícito y, no sé hasta qué punto, naïf. La gente de los municipios que componen esta especie de prepucio metropolitano sueña con un trayecto de continuidad que no tenga que entrar en la capital; vendría a ser una circunvalación onírica entre Vilanova i la Geltrú y Mataró o entre el Maresme y el Garraf, sin pisar la estación de Sants. ¡Lo echamos de menos!
Ahora bien, ¿de verdad que lo necesitamos? ¿Se justificaría esta especie de línea 9 abracadabrante, teniendo en cuenta el número potencial de usuarios? Quizás sí. No puedo decir lo contrario porque sería difícil de leer. Sí que necesitamos como la luz del sol una mejora de la movilidad, tanto de las infraestructuras ya existentes como de los servicios de transporte público entre el litoral y el interior y entre la clara y la yema del huevo de la provincia. Eso sí, no solo no lo tenemos sino que nos hace falta. El rango de necesidad es mayúsculo porque estos déficits aplastan las capacidades del territorio y asfixian las oportunidades de la ciudadanía; una población que no para de crecer y lo seguirá haciendo en los próximos años.
La gente de los municipios que componen esta especie de prepucio metropolitano sueña con un trayecto de continuidad que no tenga que entrar en la capital
Con la vista puesta en las próximas elecciones municipales, en mayo de 2027, y con el inevitable escenario de que no irá más allá del cuatrienio siguiente, los compromisos electorales deberían basarse en iniciativas y planteamientos razonables. Los desiderátums de la gente pueden ser tan extravagantes como se quiera; a menudo, reclamaciones egoístas que no tienen en cuenta los intereses comunes. Las pretensiones neronianas de algunos dirigentes públicos tampoco deberían tener cabida; no nos hace falta un puente si no tenemos ningún río.
Las directrices políticas deben responder a las necesidades reales y deben formularse a partir de datos contrastados y ciertos. Los caprichos, que cada uno se pague los suyos. Las carencias, asumámoslas entre todos. De hecho, la primera misión de la clase política debería ser la detección de déficits, establecer un orden de prioridades y actuar en consecuencia; en definitiva, gobernar y gestionar.
Cada vez más envejecido y mucho más exigente, el electorado no quiere un misal con hojas de papel de fumar. Dedicamos demasiado tiempo a los juegos florales y muy poco tiempo a la jardinería. Aunque sea con inteligencia superficial, se pide que el discurso político seduzca y, tanto o más, que sea verosímil. Otra cosa es si dispondremos de presupuestos para ejecutar las propuestas o bien tendremos que resignarnos a verlas pasar, que a eso ya estamos acostumbrados en las periferias de extramuros.
¿Qué haremos con el proyecto de la Orbital? Muy fácil. Someterlo al orden de prioridades reales de las comarcas prepuciales. Por lo tanto, habrá que tener en cuenta las necesidades en ámbitos tan críticos como la vivienda, la sanidad, la enseñanza y el envejecimiento de la población, entre otros. Pongámoslo en la tanda y algún día quizás le llegará el turno. Y así, las cosas.
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