Durante décadas, Cuba ha sido analizada casi exclusivamente desde la política. Sin embargo, cuando se observa desde una lógica de gestión, sostenibilidad y riesgo —muy familiar para cualquier empresa—, el país se convierte en un caso de estudio revelador. No por la magnitud de sus crisis, sino por la causa profunda que las explica: un modelo estructuralmente dependiente, capaz de resistir durante años, pero incapaz de sostenerse por sí mismo.
En sostenibilidad, tanto en países como en organizaciones, la cuestión central no es sobrevivir, sino ser viable en el tiempo. Un sistema sostenible es aquel que puede adaptarse, absorber impactos y seguir funcionando cuando el contexto cambia. Bajo esta mirada, Cuba no es una excepción coyuntural, sino la consecuencia lógica de un modelo que nunca ha construido autonomía real.
Desde los años sesenta, el país ha encadenado dependencias externas sin transformar su estructura interna. Primero fue la Unión Soviética, que garantizó energía barata, subsidios y compras aseguradas. Tras su caída, el Período Especial reveló una fragilidad que siempre estuvo ahí, solo que oculta tras un proveedor externo. Más tarde, la alianza con Venezuela volvió a sostener el sistema sin corregir sus debilidades. Y en los últimos años, los apoyos puntuales de Rusia, China o México han funcionado como parches que alivian la urgencia, pero no modifican la lógica de fondo.
Cada vez que uno de estos apoyos se debilita, el país entra en crisis. No porque el entorno sea especialmente hostil —que lo es—, sino porque el sistema no dispone de alternativas internas sólidas. Desde una mirada empresarial, este patrón es idéntico al de organizaciones que dependen de un único cliente, de un proveedor crítico o de una condición externa que se da por garantizada. Mientras las condiciones se mantienen estables, el modelo se percibe como sólido. Cuando dejan de hacerlo, la fragilidad aflora de golpe.
El embargo estadounidense ha tenido un impacto evidente. Negarlo sería ingenuo. Pero en gestión sabemos que un entorno adverso no exime de responsabilidad
La energía es el ejemplo más claro. En una empresa, el flujo de caja es la condición mínima para operar. En un país, lo es la energía. Cuando un sistema no controla su suministro energético, se paraliza el transporte, se frena la producción y se deterioran los servicios básicos. Cuba importa gran parte de la energía que consume y, pese a su potencial renovable, no ha desarrollado una soberanía energética real. Esto no es solo consecuencia del contexto: es el resultado de decisiones estratégicas acumuladas.
El embargo estadounidense ha tenido un impacto evidente. Negarlo sería ingenuo. Pero en gestión sabemos que un entorno adverso no exime de responsabilidad. Los mercados cambian, la regulación se endurece, los proveedores fallan y la geopolítica altera las reglas del juego. La sostenibilidad no se mide por la ausencia de riesgos, sino por la capacidad de anticiparlos y gestionarlos.
Aquí es donde el caso cubano se vuelve especialmente elocuente para el tejido empresarial. Muchas compañías operan hoy bajo esquemas sorprendentemente similares: dependencia de un único proveedor crítico, concentración excesiva en un cliente dominante, modelos basados en energía barata o confianza ciega en un marco regulatorio estable. Lo hemos visto en sectores como la automoción, la logística o la energía, donde la dependencia de un único país o proveedor ha puesto en riesgo cadenas de valor enteras. Mientras el contexto acompaña, el modelo parece eficiente. Cuando algo cambia, aparece el riesgo acumulado que no se quiso ver.
Cuba nos recuerda que resistir no es ser sostenible, que sobrevivir no es lo mismo que ser resiliente y que depender sistemáticamente de otros nunca puede ser una estrategia de futuro
Dirigir un país como una empresa no significa reducirlo a una cuenta de resultados. Significa aplicar principios básicos de buena gestión que cualquier organización responsable considera irrenunciables: visión de largo plazo, diversificación de riesgos, inversión en autonomía estratégica, incentivos a la innovación y una gobernanza que piense más allá del corto plazo. Son exactamente los mismos principios que hoy exigimos bajo el paraguas de la sostenibilidad y los criterios ESG.
Cuba actúa, así, como un espejo incómodo tanto para los Estados como para las empresas. Nos recuerda que resistir no es ser sostenible, que sobrevivir no es lo mismo que ser resiliente y que depender sistemáticamente de otros nunca puede ser una estrategia de futuro. Un país puede aguantar más tiempo que una empresa con un modelo fallido, pero cuando el sistema colapsa, la factura no la paga un consejo de administración, sino toda la sociedad.
Aprender de estos casos antes de que el contexto nos obligue a hacerlo es, quizá, una de las decisiones más sostenibles que podemos tomar.