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Indicadores y realidad en tiempos enloquecidos

El divorcio entre los datos y los hechos alimenta las malas decisiones sobre el sector agroalimentario en un momento geoestratégico frágil

Una cosechadora descarga el arroz segado en un tractor en un campo de Deltebre | Jordi Marsal (ACN)
Una cosechadora descarga el arroz segado en un tractor en un campo de Deltebre | Jordi Marsal (ACN)
Francesc Reguant | VIA Empresa
Economista, experto en estrategias de la agroalimentación
07 de Mayo de 2026 - 04:55

Un viejo chiste ruso explicaba que el viejo dirigente Brézhnev iba en tren por la estepa siberiana cuando de repente se oyó una fuerte detonación y el tren se detuvo súbitamente. Alguien informó al presidente que habían puesto una bomba en la vía. Brézhnev respondió de manera fulgurante: “¡¡¡Shiist!!! ¡¡¡No hagáis ruido!!! Bajad a la vía y moved el tren para que parezca que funciona”.

 

Y así van muchas veces; lo que importa es el indicador. Precisamente, la Rusia soviética nos proporciona bastantes ejemplos de este divorcio entre indicador y realidad. El Plan Quinquenal, la herramienta clave de planificación en un país sin mercado, especificaba con precisión un conjunto de indicadores que debían ser los medidores del cumplimiento de determinados objetivos. En este sentido, se consideraba que la mayor o menor cantidad de fertilizantes utilizados en el abonado de las tierras era signo de mejores rendimientos productivos y de buena gestión.

Por la misma regla de tres, el peso de los tornillos mecánicos fabricados era signo de pujanza industrial. Como resultado de la apuesta por estos indicadores, algunas de las mejores tierras agrícolas sufrieron serios procesos de contaminación. Al mismo tiempo, se produjo una distorsionadora escasez de tornillos metálicos, ya que para cumplir el objetivo, se fabricaban sobre todo tornillos grandes, dado que pesaban más y así facilitaban alcanzar el objetivo planificado.

 

De esta dislexia conceptual es víctima, entre otros, el sector de la producción alimentaria. Ya me referí a ello en el artículo sobre El PIB misterioso de la agroalimentación, donde indiqué la realidad de los valores del PIB agroalimentario, el primer sector productivo del país en términos de valor añadido. Una posición puntera que se desprende simplemente del análisis estadístico a partir de los criterios corrientes de cálculo del VAB. A pesar de ello, este hecho objetivo es a menudo desconocido o negado, algo que desde hace tiempo figura en nuestro imaginario colectivo. Pero, además del valor contabilizado, el sector agroalimentario aporta significativos valores intangibles y bienes públicos esenciales a tener muy en cuenta, tal como seguidamente comentaré.

Confundir el valor del PIB puede generar malas decisiones

El tema gana oportunidad cuando surgen voces que, desde una supuesta ortodoxia económica, llegan a la conclusión de que se debería dejar de apoyar a sectores que aportan poco al PIB. Entre ellos, por más falso que sea, consideran parte de la agricultura.

¡Hablemos de ello! Como nota metodológica, consideraré equivalentes el Producto Interior Bruto (PIB) y el Valor Añadido Bruto (VAB) en cuanto al valor de la producción. La diferencia se refiere a la incorporación o no de determinados impuestos, sin afectar los contenidos de este análisis. Asimismo, hablaré de “sector agrario”, o simplemente “agricultura”, para referirme al conjunto del sector primario de la agricultura, la ganadería, la pesca y la gestión forestal.

En el año 1950, el VAB del sector primario representaba entre el 30 y el 35% del conjunto de la economía. Hoy, en Catalunya representa el 1%, y en España el 2,86%

En el año 1950, el VAB (indicador muy cercano al PIB) del sector primario de la agricultura, ganadería, pesca y forestal representaba entre el 30 y el 35% del conjunto de la economía. Hoy, en Catalunya representa el 1%, y en España el 2,86%. La primera pregunta es si esta caída del peso del VAB agrario de una manera tan espectacular ha supuesto una pérdida de producción agraria, en lógica correspondencia.

La respuesta es que no, sino todo lo contrario. A pesar de la importante reducción de la participación del sector agrario sobre el PIB del país, la producción de alimentos se ha multiplicado extraordinariamente. Como primera explicación, podemos considerar que antes comparábamos el sector agrario con el conjunto de una economía mucho más pobre. Este argumento forma parte de la respuesta, pero el principal motivo es la mejora de la productividad a partir de la mejora tecnológica. Un hecho que, en general y a la larga, acompaña la disminución del VAB.

¿Cómo puede ser?, parece una contradicción. ¡No!, analicémoslo. Una mejora tecnológica en un mercado competitivo permite producir más con menos recursos. Inicialmente, permite unas mejoras en márgenes económicos, pero la dinámica competitiva generaliza la incorporación de las nuevas tecnologías y acaba absorbiendo estas mejoras tendiendo a situar los precios al nivel de los nuevos costes más bajos. Como resultado, una vez equilibrado el mercado en un proceso más o menos dilatado en el tiempo, después de la renovación generalizada del sector,  con precios más bajos como resultado de la mayor eficiencia productiva, el sector productivo que ha hecho las innovaciones acaba teniendo menos VAB.

A menos que incorpore nuevas actividades, elabore nuevos productos -con mayor calidad o nuevos formatos valorados por el mercado- o amplíe la producción atendiendo una demanda incrementada. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que el sector agrario gestiona activos biológicos dependientes de factores limitados como la tierra o el agua, algo que limita extraordinariamente estrategias de crecimiento per se.

El sector agrario gestiona activos biológicos dependientes de factores limitados como la tierra o el agua, algo que limita extraordinariamente estrategias de crecimiento 'per se'

Mirémoslo de una manera más comprensible. Imaginemos una distopía en la que toda la producción la realizan las máquinas sin intervención de ninguna persona. No hay salarios, pues nadie trabaja, no hay carestía, ya que la producción automática es suficiente. Como consecuencia, todo es gratis. Y como inferencia final, el PIB y el VAB tienen valor cero. Obviamente, es una exageración, pero útil a efectos explicativos.

No confundir valor y precio

De aquí podemos deducir el serio divorcio entre el valor de las cosas y su precio. La economista Mariana Mazzucato ha sido especialmente crítica respecto a la consideración del PIB como indicador clave de la economía. En su libro The Value of Everything: Making abd taking in the Global Economy, traducido al castellano con el título El valor de las cosas. Expone cómo en determinadas situaciones coyunturales los precios de un producto pueden sufrir movimientos importantes sin que el producto modifique su  valor real, pero sí el valor del indicador asociado al PIB que es el precio.

Mazzucato describe una serie de otras ambigüedades en el cálculo del PIB por los servicios gubernamentales, de la economía sumergida u otras que ahorraré al lector. Solo, como ejemplo, haré mención a un texto que se refiere a las absurdas contradicciones en el cálculo del  PIB en relación con el medio ambiente : “Pensemos en un río contaminado por residuos industriales. Cuando el contaminador paga por limpiarlo, el gasto se trata como un coste que reduce los beneficios y el PIB. Pero cuando el Gobierno paga a otra empresa para limpiar el río, el gasto aporta al PIB, porque pagar a los trabajadores añade valor. Si el coste de limpiar la contaminación es asumido por un actor diferente del contaminador, se le llama externalidad -el coste está fuera de la cuenta de pérdidas y ganancias del contaminante e incrementa el PIB-.

Todo esto puede parecer complejo, pero podemos prescindir de grandes economistas y densas explicaciones. Ya que esto ya nos lo decía Manuel Machado, un brillante escritor, pero sin ningún máster en economía, cuando afirmaba: Todo necio confunde valor y precio. Así de fácil es. Pero a veces la confusión de los indicadores puede comportar la desviación de las políticas necesarias.

Cuesta entender que se pueda menospreciar la producción de alimentos y se cuestione su propia continuidad empresarial a partir de unos indicadores de valor mal interpretados

Sin duda, desde el sentido común, cuesta entender que se pueda menospreciar la producción de alimentos y se cuestione su propia continuidad empresarial a partir de unos indicadores de valor mal interpretados. Casi asusta el ingenuo análisis sobre el momento geoestratégico actual con un rosario de guerras activas muy cerca nuestro, con consecuencias evidentes sobre nuestra economía, con los precios de productos básicos enloquecidos y con las rutas de abastecimiento con crecientes dificultades. No son necesarios excesivos cálculos sobre el VAB agrario para imaginar el precio al que pueden llegar los alimentos en momentos de escasez. Llevamos dieciocho años de precios alimentarios con picos agudos altamente desestabilizadores. Pero, actualmente, a partir de algunas estrafalarias y temerarias decisiones  geopolíticas, las incertidumbres se han incrementado.

Vivimos un proceso de transformación histórico y excepcional en el cual el conflicto es subyacente. En tal situación, el conjunto del sistema alimentario, junto con el energético, se convierten en los sectores más críticos. Cabe decir, sin embargo, que las carestías en la alimentación o simplemente el hambre ha sido la chispa de muchas guerras. Recordemos el grito “pan y libertad” de Tunis y Egipte en 2011 que hizo estallar las guerras del Norte de África de cuyas consecuencias aún tenemos muchas evidencias.

En un escenario como este, las respuestas de prudencia y previsión parecerían las más afortunadas. Por el contrario, en un momento crítico como el actual, hay quien piensa que podemos prescindir de una agricultura supuestamente poco productiva. Una opción que incrementaría la dependencia externa de algo tan imprescindible diariamente como son los alimentos. En este mismo sentido, por ejemplo, cuesta entender las políticas que ponen en competencia energía y alimentos, con aceptación legal de la pérdida de tierras productivas, incluso de las imprescindibles de regadío. Cuesta, en general, entender la injustificable desvalorización del sector primario, un sector anticíclico imprescindible en momentos de crisis y base de uno de los clústeres agroalimentarios más importantes de Europa.

Tomémonos en serio los avisos de la realidad

La ingenuidad en el siglo XXI puede acabar saliendo muy cara. Valdría la pena darse cuenta de la intencionalidad de algunas políticas negacionistas y destructivas de la convivencia, las cuales pueden situarnos en un mundo mucho más desigual y con mayor malestar e inseguridad... Tomémoslo muy seriamente y pongamos el acento en reforzar las claves de nuestra resiliencia: alimentos, energía y altas capacidades industriales tecnológicamente avanzadas. En este sentido, no confundamos la realidad a partir de la evolución de falsos o inadecuados indicadores.

El único poder que puede poner freno a los delirios hacia la desigualdad y la inseguridad creciente es la fuerza del Estado democrático

Stefan Zweig fue un prestigioso escritor judío alemán. Valdría la pena recordar sus palabras sobre la emergencia del poder de Hitler: “Sabía tan bien engañar a fuerza de hacer promesas a todo el mundo que cuando llegó al poder reinaba la alegría en los bandos más opuestos (…) Incluso los socialdemócratas no vieron su subida al poder con tan malos ojos como se habría podido esperar, porque confiaban en que eliminaría a sus enemigos mortales, los comunistas (…) Ni siquiera los judíos alemanes no estaban muy preocupados”.

Quizás es hora de estar preocupados y tomar las adecuadas precauciones de reforzamiento cultural, social y económico hacia un mundo más amable y sostenible. En este sentido, hay que darse cuenta de que el único poder que puede poner freno a los delirios hacia la desigualdad y la inseguridad creciente es la fuerza del Estado democrático. Es un buen momento para reivindicarlo y defenderlo.