La existencia de las mancomunidades viene de lejos y está adornada de todo tipo de épicas y logros a partir de la cooperación entre dos o más ayuntamientos. Los orígenes de estas organizaciones tienen que ver con necesidades y emergencias patentes en un momento determinado y en una geografía concreta. La fórmula es aún más antigua: juntarse para resolver adversidades; ponerse de acuerdo para llegar más lejos.
La sesentena larga de entidades mancomunadas que se encuentran en Catalunya dan respuesta a contingencias dispares, como pueden ser el abastecimiento de agua, la gestión de residuos, la tutela de tanatorios, el impulso a la economía circular, la prevención de plagas, la promoción económica, el tratamiento de desigualdades o la acción social, entre algunas más.
Encontramos casos alrededor de un eje vertebrador; con todos los recursos volcados a un mismo patrón. En este bancal son mancomunidades de componente monográfico, con conocimiento y experiencia acopladas; a menudo con solvencia reconocida. Llama la atención, como ejemplo, la Mancomunidad del Servicio de control de mosquitos de la Bahía de Roses y del Baix Ter, que cumple con una misión bastante agradecida. Su ámbito de actuación se extiende a una veintena de municipios.
En el Garraf tenemos la Mancomunidad TEGAR, dedicada a la integración social y laboral de personas con discapacidades. La componen los seis ayuntamientos de la comarca y su catálogo de servicios muestra propuestas de jardinería, mensajería, manipulación, recepción y otras más. Este perfil de mancomunidad se conjuga desde la economía social y su contribución es inconmensurable.
Los modelos de cooperación intermunicipal que se vehiculan a través de las mancomunidades obedecen sobre todo a su finalidad y la obtención de resultados; política aparte, que aquí no tienen cabida las venias. Se trata de generar economías de escala para alcanzar objetivos fiables, asequibles y ajustados a la realidad de los pueblos.
El presupuesto de estas organizaciones se nutre con las aportaciones de los ayuntamientos que participan; con criterios de proporcionalidad poblacional o por unidades de consumo, según la casuística, y con ingresos provenientes de tasas o precios públicos a cargo de los usuarios finales.
Los modelos de cooperación intermunicipal que se vehiculan a través de las mancomunidades obedecen sobre todo a su finalidad y la obtención de resultados
Además, en menor medida o quizás en la medida inferior a lo que sería justo y deseable, las entidades mancomunadas postulan ayudas y subvenciones a otras administraciones supralocales y generalistas, como también aspiran a obtener líneas de financiación europeas. En todo caso, estos auxilios económicos se piden para inversiones en equipamiento e infraestructuras, lo cual revierte en una optimización de costes y una mejora cualitativa de las prestaciones que beneficiarán directamente a la ciudadanía a través de sus Ayuntamientos.
La mejor defensa del modelo mancomunado es el hecho de que se pone a prueba de manera continuada y solo merecerá la adhesión de los ayuntamientos miembros si les resulta de utilidad. Es un examen permanente; si no funciona, no interesa. Nada que ver, por lo tanto, con otros organismos que están injertados queramos o no en el sistema público y que no tienen que rendir cuentas ni atender reválidas.
La mancomunidad es una unidad de eficiencia, como si se tratara de una empresa de servicios en la que los mismos clientes participan a la vez de su gobernanza. El escenario idóneo es la corresponsabilidad presupuestaria y la implicación en el compromiso de funcionamiento por parte de todos los miembros. Esto no quita que pueda haber fondos de contingencia o capítulos de solidaridad entre los ayuntamientos; esta es una de las grandes diferencias entre una agrupación mancomunada y un pool de proveedores de base mercantil.
La mancomunidad es una unidad de eficiencia, como si se tratara de una empresa de servicios en la que los mismos clientes participan a la vez de su gobernanza
Las mancomunidades tienen estructura y alma, porque su razón de ser no es lucrativa; es contributiva y coadyuvante a favor de las municipalidades. Estas sustentan los presupuestos calibrados por la asamblea general, en la que están representados todos los ayuntamientos, y tutelados por una junta de gobierno. Ambos órganos decisores se forman exclusivamente con electos.
Desde el punto de vista del organigrama, la ecuación más favorable es la compatibilidad entre la gobernanza política y la gestión ejecutiva, la del día a día, a cargo de profesionales; en simbiosis y sin interferencias, la una sin la otra.
Una de las entidades mancomunadas más fuertes del país es la Mancomunitat Penedès-Garraf, que justo la primera semana de julio cumple 45 años; es la decana de Catalunya. Su geografía abarca 35 municipios; todos los de las comarcas del Alt Penedès y el Garraf y dos más del Baix Penedès. Su presupuesto anual llega a los 70 millones de euros y su plantilla reúne a unas 150 personas a dedicación completa.
En cuanto a su catálogo de prestaciones, la Mancomunitat Penedès-Garraf cuenta con doce áreas funcionales, entre las cuales tienen un peso específico el servicio de Gestión de residuos; el servicio de Saneamiento -delegado por la Agència Catalana de l’Aigua-; el Centre d’Acollida d’Animals Domèstics; el Servei d’Iniciatives Econòmiques, que a su vez contiene el Servei d’Estudis Territorials i Anàlisi Econòmica; el área de Bioeconomia circular; la unidad de Ayudas y Subvenciones, el departamento de Educación ambiental y, finalmente, el Laboratorio, que opera en el ámbito de la salud pública, la seguridad alimentaria y el análisis de las aguas residuales. Completan el organigrama las oficinas de RH, Intervención y tesorería, Contratación, Secretaría, Comunicación y Sistemas.
Organizaciones como estas aportan cultura ejecutiva y maneras de hacer basadas en los resultados y orientadas a la optimización de recursos. Ponen en evidencia que en el sector público también tienen cabida la eficiencia y la competitividad.
