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¿Quién controlará el dinero del futuro?

Lo que está en juego no es únicamente cómo pagaremos en el futuro, sino quién controlará las infraestructuras sobre las que circulará ese dinero

Los pagos digitales han ganado peso con el paso de los años | iStock
Los pagos digitales han ganado peso con el paso de los años | iStock
Santiago Tiana | VIA Empresa
Consultor sénior independiente de estrategia y operaciones
24 de Junio de 2026 - 04:55

A lo largo de la historia, el dinero ha evolucionado sustituyendo una forma de confianza por otra: del oro a los bancos y de los bancos a los bancos centrales. Hoy, el auge de las stablecoins, el desarrollo del euro digital y otras iniciativas europeas abren una nueva batalla: la del control de las infraestructuras sobre las que circulará el dinero del futuro.

 

La historia del dinero no es la historia del oro, de los billetes o de las monedas. Es, sobre todo, la historia de la confianza. Durante siglos, esa confianza tuvo un respaldo físico. Las monedas valían por el metal que contenían y los billetes representaban una determinada cantidad de oro custodiada por bancos o Estados. El dinero era, en esencia, una promesa respaldada por algo tangible.

Sin embargo, todo cambió en 1971, cuando Estados Unidos suspendió la convertibilidad del dólar en oro. Desde entonces, el dinero dejó de estar vinculado a un activo físico y pasó a sustentarse en la confianza depositada en los Estados y los bancos centrales. Aquella decisión marcó una de las mayores transformaciones monetarias de la historia moderna. Pero, vista con perspectiva, no fue una excepción.

 

Cada gran revolución monetaria ha consistido en sustituir una forma de confianza por otra. Primero confiamos en los metales preciosos. Después en los bancos. Más tarde en los bancos centrales. Y ahora empezamos a confiar también en infraestructuras digitales.

Por eso, el euro digital, las stablecoins o iniciativas como Qivalis no deberían interpretarse como simples innovaciones tecnológicas. Son la manifestación de una pregunta mucho más profunda: cómo será el dinero dentro de veinte años y quién controlará las infraestructuras por las que circulará. La respuesta aún no está escrita, pero todo indica que estamos entrando en una nueva etapa de la evolución del dinero.

El dinero ya es digital (aunque muchos no lo perciban)

Si preguntáramos cuándo empezó la digitalización del dinero, muchos responderían que con las criptomonedas o los pagos móviles. Sin embargo, el dinero lleva décadas siendo digital.

La mayor parte del dinero que utilizamos no existe en forma de billetes o monedas, sino como apuntes contables en los sistemas de los bancos. Cuando cobramos una nómina, hacemos una transferencia o pagamos con tarjeta, lo que realmente se mueve es información. Por eso, la verdadera novedad no es que el dinero sea digital, sino que están apareciendo nuevas infraestructuras capaces de moverlo de forma diferente.

La mayor parte del dinero que utilizamos no existe en forma de billetes o monedas, sino como apuntes contables en los sistemas de los bancos

Hasta ahora, los pagos dependían de una compleja red de bancos, cámaras de compensación y sistemas de liquidación. Un modelo extraordinariamente fiable, pero diseñado para una economía menos global, menos digital y menos inmediata. Sin embargo, la expansión del comercio electrónico, las plataformas digitales y la economía en tiempo real está impulsando la demanda de pagos instantáneos y disponibles las 24 horas del día.

Es en este contexto donde aparecen las stablecoins, los depósitos tokenizados o el euro digital. No porque el dinero deje de ser digital, sino porque surge una nueva generación de infraestructuras que aspira a transformar la forma en que circula por la economía.

¿Qué es exactamente una stablecoin?

A pesar de la atención que reciben, las stablecoins son más sencillas de entender de lo que su nombre sugiere. Se trata de representaciones digitales de monedas tradicionales cuyo valor se mantiene vinculado a una divisa de referencia, normalmente el dólar o el euro. Dicho de forma simple, una stablecoin denominada en euros debería valer siempre un euro, igual que una denominada en dólares debería valer siempre un dólar.

La diferencia no está en el valor del dinero, sino en la forma en que circula. Mientras una transferencia bancaria depende de las infraestructuras tradicionales de pago, una stablecoin puede operar sobre redes digitales que funcionan de manera continua, las veinticuatro horas del día. Esto permite realizar pagos prácticamente instantáneos, facilitar operaciones internacionales y automatizar determinados procesos financieros.

El bitcoin y su tecnologia subyaciente, el blockchain, están ganando terreno en el mundo financiero | iStock
El bitcoin y su tecnologia subyaciente, el blockchain, están ganando terreno en el mundo financiero | iStock

Por ello, las stablecoins no pretenden sustituir al euro o al dólar. Su objetivo es ofrecer una nueva forma de utilizarlos en una economía cada vez más digital e interconectada. Su crecimiento ha sido extraordinario. Lo que nació ligado al ecosistema de los activos digitales se ha convertido en un mercado que ya ronda los 300.000 millones de dólares. No es extraño que haya despertado el interés de bancos, empresas, reguladores y bancos centrales de todo el mundo.

Y aquí aparece la verdadera cuestión: quién emitirá ese dinero digital, bajo qué regulación operará y qué moneda dominará las infraestructuras financieras del futuro. Es precisamente en este punto donde entra Europa.

¿Por qué Europa necesita proyectos como Qivalis?

Si las stablecoins fueran únicamente una nueva forma de realizar pagos, probablemente no estarían ocupando las agendas de bancos centrales, reguladores y grandes entidades financieras. Sin embargo, detrás de ellas se esconde una cuestión mucho más relevante: quién controlará las nuevas infraestructuras monetarias.

Hoy, la inmensa mayoría de las stablecoins que circulan en el mundo están denominadas en dólares. De hecho, distintas estimaciones sitúan en torno al 95% la cuota de mercado de las stablecoins vinculadas al dólar. No es casualidad. Del mismo modo que el dólar se convirtió durante décadas en la moneda dominante del comercio internacional, también está ocupando una posición privilegiada en esta nueva generación de dinero digital.

Distintas estimaciones sitúan en torno al 95% la cuota de mercado de las 'stablecoins' vinculadas al dólar

Para Europa, esta situación plantea un desafío estratégico. Si una parte creciente de los pagos, de las operaciones financieras o incluso de la gestión de liquidez empresarial acaba realizándose mediante stablecoins, existe el riesgo de que esas nuevas infraestructuras nazcan y se desarrollen fuera del ámbito europeo y bajo el predominio del dólar.

Es precisamente en este contexto donde aparece Qivalis, una iniciativa impulsada por varias entidades financieras europeas con el objetivo de crear una stablecoin denominada en euros. Su propósito no es solo desarrollar un nuevo instrumento de pago, sino reforzar la presencia del euro en las futuras infraestructuras digitales.

Sin embargo, reducir Qivalis a una simple stablecoin sería quedarse en la superficie. Lo verdaderamente relevante es el mensaje que transmite. Por primera vez, parte de la banca europea está reconociendo que la transformación digital del dinero ya no es una hipótesis de futuro, sino una realidad que obliga a tomar posiciones. La cuestión de fondo no es si habrá dinero digital. La cuestión es si hablará en euros o en dólares. Y esa pregunta nos conduce inevitablemente a una dimensión todavía más amplia, porque la verdadera batalla no será tecnológica, sino geopolítica.

Aunque el euro representa alrededor del 20% de las reservas y transacciones internacionales, su presencia en el universo de las 'stablecoins' sigue siendo marginal

A primera vista, el debate sobre las stablecoins, el euro digital o la tokenización puede parecer una cuestión tecnológica. Sin embargo, la historia demuestra que quien controla el dinero y las redes por las que circula ejerce una enorme influencia económica y política. Durante décadas, el dominio internacional del dólar ha otorgado a Estados Unidos una posición privilegiada en el sistema financiero global. Y la revolución del dinero digital podría reforzar todavía más esa ventaja.

La práctica totalidad de las grandes stablecoins están denominadas en dólares. Si estas nuevas formas de dinero continúan creciendo, una parte relevante de los pagos digitales del futuro podría apoyarse sobre infraestructuras vinculadas a la moneda estadounidense.

Europa observa esta evolución con una creciente preocupación estratégica. Aunque el euro representa alrededor del 20% de las reservas y transacciones internacionales, su presencia en el universo de las stablecoins sigue siendo marginal. Iniciativas como Qivalis o el propio euro digital responden precisamente a esa inquietud: garantizar que el euro mantenga su relevancia en la economía digital que está emergiendo.

China, por su parte, sigue una estrategia diferente. A través del yuan digital, busca reforzar la eficiencia de sus pagos domésticos y aumentar gradualmente la presencia internacional de su divisa.

Por primera vez en décadas, las principales potencias económicas están construyendo nuevas infraestructuras monetarias en paralelo. No compiten únicamente por ofrecer mejores sistemas de pago. Compiten por definir las reglas de funcionamiento del dinero en el siglo XXI.

Porque la cuestión ya no es quién emitirá más monedas digitales, sino quién controlará las redes sobre las que circularán los pagos, el ahorro y las transacciones internacionales de las próximas décadas.

¿Qué significa todo esto para empresas y ciudadanos?

Aunque el debate sobre el dinero digital suele presentarse como una cuestión tecnológica, sus efectos potenciales son mucho más tangibles.

Para las empresas, las nuevas infraestructuras monetarias pueden traducirse en pagos internacionales más rápidos, una gestión de tesorería más eficiente y menores costes operativos. Además, la tokenización abre la puerta a nuevas formas de representar y transferir activos de manera más ágil.

Para los ciudadanos, el cambio podría traducirse en pagos más rápidos, menores fricciones en operaciones internacionales y nuevos servicios financieros integrados en la vida digital cotidiana.

Pero no todo son ventajas. Como ocurre con cualquier transformación profunda, también surgen interrogantes sobre la privacidad, la seguridad, la dependencia tecnológica o el papel que seguirán desempeñando los bancos en este nuevo ecosistema. Porque, al fin y al cabo, la tecnología puede cambiar la forma en que utilizamos el dinero, pero la confianza seguirá siendo el elemento esencial que determine su aceptación.

La City, el districte financer de Londres | Canva
La City, el districte financer de Londres | Canva

La historia del dinero siempre ha sido una historia de confianza. A lo largo del tiempo hemos ido sustituyendo una forma de confianza por otra. Hoy asistimos a una nueva transición. Stablecoins, euro digital o iniciativas como Qivalis son señales de una transformación que va mucho más allá de la tecnología. Lo que está en juego no es únicamente cómo pagaremos en el futuro, sino quién controlará las infraestructuras sobre las que circulará ese dinero.

¿Y si estamos asistiendo, quizá sin ser plenamente conscientes, al nacimiento de una nueva era monetaria?

Quizá dentro de unos años recordemos este momento como una etapa más en la larga evolución del sistema monetario. Una transformación que parecía gradual mientras ocurría, pero que terminó cambiando las reglas del juego.

La verdadera pregunta no es si el dinero será digital. En gran medida ya lo es. La cuestión es quién controlará las infraestructuras sobre las que circulará esa confianza. ¿Y si estamos asistiendo, quizá sin ser plenamente conscientes, al nacimiento de una nueva era monetaria?