Más allá de la relativa proximidad con líderes locales, nacionales, estatales e internacionales, uno de los principales alicientes de la reunión anual que organiza el Cercle d'Economia en Barcelona es el networking.
Y otro no menos importante, pero menos evidente, es la observación, a menudo compasiva, de los diferentes lenguajes verbales y no verbales con los que ponentes y asistentes se comunican entre ellos: unos desde el escenario y otros socializando e incluso confraternizando en los espacios de restauración magníficamente organizados por el Cercle entre una sesión y otra.
De los contenidos de mesas redondas y ponencias encontraréis información exhaustiva en otros espacios informativos. Aquí, con vuestro permiso, cambiaremos un poquito el ángulo de visión del fenómeno.
Entre los ponentes, pocas sorpresas. Code dress formal, con traje gris o azul oscuro, camisa blanca y zapato negro para los caballeros y ropa cómoda con pantalones anchos de colores discretos para las damas. Entre los asistentes, casi igual, con alguna excepción destacada.
La gente que se valora mutuamente acostumbra a compartir códigos de relación, tanto si son visuales como si son verbales, para crear espacios de comodidad, identificación, confianza y relaciones productivas.
Este es el gran mérito del Cercle d’Economia que este año acaba de celebrar su 41ª reunión anual: reunir en dos días y medio buena parte de la inteligentsia catalana y, en parte, española, en un ambiente relajado y propicio a la relación, la creatividad, la actualización de datos de interés y la generación de una agenda de encuentros provechosos posteriores a la Reunión.
La inteligentsia se reconoce a sí misma
Como es sabido, la palabra “inteligentsia” engloba las élites empresariales, intelectuales, académicas y creativas de una sociedad. Un grupo de gente que influye mucho cultural y políticamente gracias a su capacidad crítica de análisis y de presión ideológica sobre su sociedad de referencia. En este caso, la nuestra. Una tarea en la que el Cercle sobresale, con su presidenta Teresa Garcia Milà y su fantástico equipo al frente. Y no lo digo por hacer la pelota, aunque lo parezca.
Hacer una relación de asistentes de uno y otro de los signos descritos sería un tanto atrevido. Seguro que nos dejaríamos alguno. Pasa igual que en las bodas.
Explicar que hacer un baño de escucha activa y actualización de aprendizajes sin tener que recurrir a internet ni a la IA es un placer inusual que el Círculo nos acostumbra a ofrecer con cierta frecuencia es una obviedad.
"La gente que se valora mutuamente acostumbra a compartir códigos de relación, tanto si son visuales como si son verbales"
Pero encontrar otros alicientes en el encuentro, más allá de los relacionales y los gastronómicos (nada despreciables, por otra parte), es un ejercicio tal vez tan interesante como los descritos anteriormente. Como decimos más arriba, en el caso de un comunicador como ahora servidor de ustedes (había un montón), hay, por ejemplo, la observación de los códigos de lenguaje no verbal.
En este caso, nos referiremos solo a un par de ponentes. Si no, no acabaríamos nunca. El lenguaje verbal y no verbal del presidente de la Generalitat, Salvador Illa; el del líder de la oposición en España, Alberto Núñez Feijóo; el del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez; o el del ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ya son bastante conocidos.
Un chino y un indio entre nosotros
Ahora nos queremos fijar en las habilidades comunicativas de dos personajes aparentemente secundarios de las jornadas que me llamaron poderosamente la atención, tanto por la gran diferencia entre uno y el otro, como por la enorme importancia de unas opiniones que quiero creer que están en línea con los gobiernos de sus países respectivos: China e India.
Uno fue Jia Quingguo, profesor de la Universidad de Pekín. El otro fue Mohan Kumar, antiguo embajador de la India en la República Francesa. Dos países de origen abocados a recuperar el protagonismo mundial que tuvieron en siglos pasados, que observan y observan y crecen y crecen mientras otros se pelean y se dicen todo tipo de inconveniencias como si el mundo no estuviera cambiando.
Quingguo casi no se movía de la silla. Piernas cruzadas, espalda recta, tono de voz suave, sonrisa sutil, seguridad absoluta. Kumar, en cambio, gesticulación exuberante, tono de voz alto, sonrisa casi ausente, piernas inquietas, necesidad de ser escuchado claramente por todo el mundo.
Los discursos, en cambio, parecían coordinados: venían a decir que el tiempo de la prepotencia europea y norteamericana se está acabando.
Y yo, mientras observaba las manotadas italoamerican style de uno y las miraditas falsamente tímidas del otro, sentía que le daba más credibilidad al amigo chino, que no al amigo indio. Aunque ambos tenían razón. Dios nos ampare.