Tesorero de la FOEG

La vida tiene horario comercial

24 de Febrero de 2026
Albert Gómez | VIA Empresa

El comercio no es un sector más. Es un pilar económico y social. Representa aproximadamente el 14% de la ocupación y cerca del 12% del PIB catalán. Pero su relevancia no se agota en las cifras: es el primer nivel de cohesión de un municipio, el punto de encuentro que crea comunidad y sentimiento de pertenencia. Si todo esto es así —y lo es—, la pregunta es inevitable: ¿por qué el comercio no ocupa todavía un lugar central en las políticas públicas?

 

Durante demasiado tiempo hemos tratado el comercio como una cuestión sectorial, casi accesoria. Pero el comercio no es solo economía. Es vida cotidiana. Es hacer pueblo y ciudad. Es presencia humana continuada, relación de proximidad y confianza. Es un factor determinante en la percepción de seguridad y vitalidad: calles con persianas abiertas, escaparates activos y actividad diaria generan flujo, convivencia y calidad de vida.

El comercio es, en realidad, una infraestructura invisible. No se ve como una carretera o una escuela, pero sostiene el funcionamiento cotidiano de nuestros municipios. Y cuando esta infraestructura se debilita, no solo se resiente la actividad económica; se resiente el día a día de las personas.

 

Así pues, ¿por qué no ocupa un lugar central en las políticas públicas? Para responder correctamente a esta pregunta, también hay que hacer autocrítica. Como sector, durante demasiados años no hemos generado suficiente discurso. No hemos reivindicado con suficiente fuerza el papel vertebrador del comercio, especialmente su dimensión social y urbana. Nos ha absorbido el día a día: facturar, gestionar equipos, pagar proveedores, resolver incidencias. El comercio es un oficio exigente e inmediato. Pero esto no puede ser excusa.

"Como sector, durante demasiados años no hemos generado suficiente discurso. No hemos reivindicado con suficiente fuerza el papel vertebrador del comercio, especialmente su dimensión social y urbana"

Lo digo también en primera persona, como tendero. Nos ha costado pensar en clave estratégica y de futuro. Nos ha faltado, a menudo, orgullo sectorial y autoestima colectiva. Hemos tendido a vernos como un gremio disperso, con poca capacidad de influencia, cuando en realidad representamos una parte sustancial de la economía y una pieza esencial de la cohesión y de la vida de nuestros pueblos y ciudades. Si nosotros mismos no lo hemos situado en el centro del debate público, es comprensible que tampoco haya ocupado el centro de las agendas políticas. Pero esta etapa debe quedar atrás.

En Catalunya, entre 2014 y 2024 se han perdido cerca de 11.000 establecimientos comerciales, una caída aproximada del 11,5% del tejido comercial. Estas cifras no hablan de una crisis puntual, sino de una transformación estructural. La digitalización, los nuevos hábitos de consumo, la competencia global, los cambios generacionales y la reconfiguración del mix comercial en las calles han acelerado un proceso de cambio profundo.

"En un momento en que la movilidad es una preocupación capital, cuando el comercio de proximidad desaparece, aumentan los desplazamientos, crece la dependencia del vehículo privado y los municipios se hacen menos accesibles"

El comercio no desaparece; se transforma. Pero no toda la actividad económica genera el mismo impacto urbano. Cuando se pierde un mix diverso y de calidad, aparecen la desertización, el rompimiento del continuo comercial y la fragmentación de los ejes. El viandante acorta recorridos, cambia de hábitos, y los establecimientos que resisten sufren no ya por su producto o servicio, sino por el contexto.

La calidad de vida está cada vez más vinculada a la proximidad. En un momento en que la movilidad es una preocupación capital, cuando el comercio de proximidad desaparece, aumentan los desplazamientos, crece la dependencia del vehículo privado y los municipios se hacen menos accesibles. Cuando falla el comercio, la vida cotidiana se complica.

Situar el comercio en el centro de las políticas públicas no es, pues, una reivindicación corporativa; es una decisión estratégica. Significa incorporarlo de manera transversal a todas las políticas públicas que inciden en la vida urbana. Significa entenderlo como una política estructural, vinculada al urbanismo, el espacio público, la movilidad y la planificación económica. Significa regular con inteligencia para favorecer diversidad, calidad y competencia. Significa establecer reglas del juego que garanticen un mix comercial equilibrado y refuercen la vitalidad de los municipios. Todo esto exige planes con objetivos claros, recursos y una colaboración público-privada madura.

También exige un tejido asociativo fuerte, capaz de articular una visión compartida y de ejercer una interlocución responsable ante las instituciones. Exige, igualmente, un sector profesionalizado, que apueste por la diferenciación, el servicio y el uso inteligente de la tecnología. La competitividad hoy depende menos del flujo espontáneo y mucho más de la propuesta de valor y de la capacidad de adaptarse a los nuevos hábitos de consumo. La transformación no se detiene; se lidera.

En conclusión, gestionar bien la transformación del comercio no depende de un solo actor. La administración pública —y especialmente los ayuntamientos— debe hacer los deberes, pero se trata de una responsabilidad compartida, donde cada uno puede hacer aportaciones decisivas desde su ámbito. Cuando administración, asociación y sector avanzan alineados, no solo se evita el declive; se generan oportunidades. El comercio ocupa el lugar que le corresponde, las calles tienen vida, nuestras villas y ciudades ganan identidad, la economía se diversifica y la cohesión se refuerza.

"Situar el comercio en el centro no es una consigna. Es reconocer el papel que ya tiene en nuestra economía y en nuestra vida colectiva"

Al fin y al cabo, situar el comercio en el centro no es una consigna. Es reconocer el papel que ya tiene en nuestra economía y en nuestra vida colectiva. Es una decisión sobre qué país y qué sociedad queremos ser. Un país con municipios vivos, con economía arraigada y con comunidades cohesionadas. Y esta decisión no se puede aplazar más.