Decano y Director General de EADA Business School

¿Arquitectos o pasajeros en la era de la IA?

16 de Mayo de 2026
Jordi Díaz, 'dean' y director general de Eada Business School | Cedida

Hace unas semanas, en una sala con más de 100 responsables de people & culture, lanzamos una pregunta aparentemente sencilla: ¿somos arquitectos o pasajeros en la era de la inteligencia artificial?

 

La respuesta fue tan reveladora como incómoda: prácticamente un empate.

Y ese 50-50 dice mucho más de lo que parece. Porque refleja el momento exacto en el que estamos. Un momento en el que la tecnología avanza a una velocidad difícil de seguir, pero en el que las organizaciones —y las personas— no siempre avanzan al mismo ritmo.

 

Si algo nos enseña la historia reciente de la innovación es que el problema rara vez ha sido el qué. Sabemos qué tecnologías existen. Sabemos que la inteligencia artificial tiene potencial para transformar procesos, decisiones y modelos de negocio. Sabemos, incluso, que la inversión va a seguir creciendo y que la presión competitiva no va a disminuir. Y aun así, seguimos fallando.

Los datos vuelven a repetir la misma historia: la gran mayoría de organizaciones consideran la innovación una prioridad estratégica, pero solo una minoría está satisfecha con sus resultados. No es un problema nuevo. Y tampoco parece que la IA, por sí sola, vaya a resolverlo. Quizá porque el reto nunca fue tecnológico.

En una dinámica sencilla, pedíamos a los participantes que marcaran el ritmo de una canción conocida para que su compañero la adivinara. Quien marcaba el ritmo estaba convencido de que era evidente. Quien escuchaba, no entendía nada. El resultado era siempre el mismo: frustración.

"Cada equipo, cada persona, interpreta la realidad desde su contexto, sus prioridades y sus modelos mentales"

Y, sin embargo, ese pequeño experimento resume uno de los grandes problemas de la innovación: creemos que comunicamos con claridad, pero no siempre somos entendidos. Cada equipo, cada persona, interpreta la realidad desde su contexto, sus prioridades y sus modelos mentales. Lo que para unos es obvio, para otros es ambiguo. Lo que para unos es una oportunidad, para otros es una carga más. Ese es el gap que muchas organizaciones no consiguen cerrar.

La inteligencia artificial está amplificando esa desconexión. Algunos estudios recientes muestran una brecha creciente entre lo que perciben los equipos directivos y lo que viven los mandos intermedios. En una misma organización, conviven dos relatos distintos: uno optimista, centrado en el potencial; otro más prudente, centrado en la realidad operativa. No es una cuestión de resistencia al cambio. Es una cuestión de experiencia. Quien define la estrategia no siempre vive la implementación. Y quien vive la implementación no siempre participa en la definición de la estrategia.

A esta desconexión se añade otro factor que rara vez se gestiona de forma explícita: no todos pensamos igual ante la complejidad. Hay perfiles que necesitan entender el problema antes de actuar. Otros necesitan experimentar, probar, avanzar sin tener todas las respuestas. Algunos destacan en generar ideas; otros, en ejecutarlas. La innovación no es un proceso lineal, sino un equilibrio entre diferentes formas de pensar. Y, sin embargo, muchas organizaciones siguen diseñando sus procesos como si todos respondieran de la misma manera ante el cambio.

"La innovación no es un proceso lineal, sino un equilibrio entre diferentes formas de pensar"

Hace unas semanas, Steve Blank compartía una reflexión interesante tras su última edición del Lean LaunchPad en Stanford. Por primera vez, los equipos llegaban con productos prácticamente terminados desde el primer día. Lo que antes llevaba semanas o meses, ahora se construye en horas gracias a la IA. Pero, a las pocas semanas, apareció un problema inesperado: los equipos generaban más prototipos de los que eran capaces de validar. Más funcionalidades, más iteraciones, más datos… pero no necesariamente más aprendizaje. El producto avanzaba más rápido que la comprensión.

Y esa es una alerta relevante. Porque la inteligencia artificial está acelerando la capacidad de construir, pero no garantiza —ni sustituye— la capacidad de entender. Y en innovación, construir sin aprender es, probablemente, una de las formas más eficientes de equivocarse.

Esta misma lógica empieza a verse también en grandes organizaciones. En una conversación reciente con una directora de personas de un Ibex-35, me compartía el enorme reto al que se enfrentan muchos mandos intermedios: una avalancha de propuestas que reciben de sus equipos de ingeniería. Ideas, prototipos, iniciativas… en volúmenes que empiezan a ser, sencillamente, indigeribles.

La democratización de la capacidad de construir —y, en cierto modo, del propio plan de negocios— está generando un efecto colateral poco visible: sin mecanismos claros de priorización y filtrado, el sistema se satura. Y cuando el sistema se satura, no solo no mejora… empeora. Porque genera frustración en quien propone y desgaste en quien tiene que decidir.

A todo esto se suma un efecto menos visible, pero igual de relevante. En los últimos meses, distintas voces en el ámbito del liderazgo —como Amy Edmondson— están alertando de un posible impacto de la IA en la seguridad psicológica dentro de las organizaciones. Cuando la tecnología entra en el flujo de trabajo, algunas personas empiezan a cuestionarse más. O a preguntar menos. O, en el extremo contrario, a dejar de pensar y seguir lo que dice el modelo.

Ni una cosa ni la otra ayuda. Porque la innovación —y el aprendizaje— necesitan justo lo contrario: curiosidad, criterio y la capacidad de decir “no lo tengo claro”. Si no gestionamos bien este equilibrio, la IA no solo no multiplica la productividad… puede deteriorar algo mucho más difícil de construir: la confianza. La tecnología avanza exponencialmente. La confianza, no.

"Si no gestionamos bien este equilibrio, la IA no solo no multiplica la productividad… puede deteriorar algo mucho más difícil de construir: la confianza"

Algunas organizaciones están empezando a replantear este enfoque desde la raíz. No solo incorporando tecnología, sino rediseñando cómo se organizan, cómo toman decisiones y cómo desarrollan a sus equipos. El cambio más interesante no es tecnológico, sino conceptual: dejar de ver a la plantilla como una fuerza laboral y empezar a entenderla como una fuerza de innovación.

Esto implica pasar de planes de formación a estrategias de aprendizaje, de medir actividad a medir impacto, y de modelos homogéneos a experiencias más personalizadas. La inteligencia artificial puede acelerar este proceso. Pero no lo sustituye.

Volviendo a la pregunta inicial, el empate no es casual. Porque, en realidad, no estamos ante una dicotomía cerrada, sino ante una decisión abierta.

Podemos adoptar una posición reactiva, esperando que la tecnología nos diga hacia dónde ir. O podemos asumir un papel activo y diseñar organizaciones capaces de aprender, adaptarse e innovar de forma continua.

Podemos ser pasajeros. O podemos ser arquitectos.

La tecnología avanza sola. La decisión, no.