Profesor de la UPF Barcelona School of Management

Una brújula no dispensa de remar

20 de Marzo de 2026
 EVA7486

En los últimos años, el mercado de los deportes fantasy ha experimentado un crecimiento sostenido de doble dígito. Algunas estimaciones ya lo sitúan alrededor de los 30.000 millones de euros de facturación anual agregada, con más de 400 millones de usuarios en todo el mundo. El éxito de estas plataformas digitales no es casual. Responde a una combinación especialmente atractiva: una experiencia de usuario ágil, el fomento del espíritu competitivo, la conexión con los deportes reales y, sobre todo, la creación de espacios de relación entre amigos. De hecho, no es extraño que, paralelamente a la liga fantasy, se genere un grupo de WhatsApp donde se comentan alineaciones, lesiones y resultados con una intensidad que, a menudo, supera la de la propia aplicación.

 

Puede parecer sorprendente, pero de estas competiciones digitales se pueden extraer lecciones valiosas para la vida personal y profesional. Porque, como en cualquier otro entorno competitivo, también hay ganadores cada temporada. Y no siempre son quienes más saben del deporte en cuestión, ni los que tienen más habilidad financiera, ni siquiera los que acumulan más experiencia en este tipo de juegos. Aunque la tentación del resto de participantes es atribuir los resultados a la suerte o a teorías más o menos conspirativas, con el paso de las jornadas acostumbra a emerger un patrón bastante claro: quien más tiempo y atención le dedica, mejor clasificación obtiene.

Esta constatación, aunque en determinados contextos pueda resultar incómoda o incluso contratendencia, conviene tenerla muy presente. Porque el esfuerzo sigue siendo uno de los factores más poderosos de diferenciación. Tener buenas ideas y tomar decisiones acertadas son condiciones necesarias para avanzar, pero no suficientes. También es necesaria la perseverancia para ejecutarlas con consistencia. Tal como recordaba el filósofo Maurice Nédoncelle, “una gran brújula no dispensa de remar”.

 

Ahora bien, conviene no confundir el esfuerzo con la ocupación. No se trata de tener la agenda llena, de pasar el día corriendo o de responder sistemáticamente que “vamos muy liados”. El primer esfuerzo debería ser, precisamente, mental: saber priorizar dónde hay que poner la energía y cómo utilizarla para generar el máximo impacto. Y este ejercicio, como cualquier otro, también exige tiempo y reflexión. Porque dejarse arrastrar por la inercia y la dinámica del día a día puede llevarnos a remar sin descanso, pero eso no garantiza ni que los remos toquen el agua ni que nos estemos dirigiendo a buen puerto.

Este esfuerzo constante por fijar bien el rumbo debe ir acompañado de tenacidad y capacidad de sacrificio. Y aquí no vale caer en el autoengaño que contrapone talento y esfuerzo. Porque ambos conceptos están estrechamente vinculados, si no es que son indisociables. Y es que tener un gran dominio de una materia no es fruto de la casualidad, sino de horas de dedicación sostenida. Y la capacidad de traducir estos conocimientos en prácticas útiles, así como de ir perfeccionándolas con el tiempo, también exige disciplina y constancia.

"Dejarse arrastrar por la inercia y la dinámica del día a día puede llevarnos a remar sin descanso, pero esto no garantiza ni que los remos toquen el agua ni que nos estemos dirigiendo a buen puerto"

No descubriremos nada nuevo si decimos que, a igualdad de condiciones, el deportista que más entrena es quien obtiene mejores resultados, el profesional que más se implica es quien progresa con más garantías, y las organizaciones que integran la cultura del esfuerzo son las que disponen de una ventaja competitiva difícilmente igualable.

En este sentido, la lógica del esfuerzo no debería aplicarse solo al ámbito profesional, sino de manera equilibrada a todas las esferas de la vida. De hecho, la psicóloga Pilar Sordo explica a menudo la importancia de aspirar a una “versión completa” de uno mismo, capaz de integrar con coherencia la faceta personal, profesional y relacional. Esta es, probablemente, la gran dificultad… pero también la virtud más relevante. Porque el éxito no suele ser fruto de un acierto puntual, sino de una dedicación sostenida, consciente y bien orientada en todos los ámbitos que importan.