Cada cuatro años, cuando arrancan los Juegos Olímpicos, hay una imagen que concentra una fuerza simbólica enorme: el desfile de los equipos de cada país detrás de su bandera. La persona que sujeta el mástil y encabeza la comitiva no es escogida solo por su palmarés deportivo. Cada comité olímpico nacional busca a alguien que, además de medallas, represente unos valores que asociamos al deporte, como el juego limpio, la perseverancia o la autosuperación. Y es que llevar la bandera es mucho más que caminar al frente de una delegación; es encarnar una manera de competir y de entender el esfuerzo.
Esta metáfora puede trasladarse a la gestión empresarial para entender la importancia que tiene elegir un buen abanderado para los proyectos de cambio, ya que el liderazgo a menudo resulta más determinante que la calidad intrínseca de la propia iniciativa.
De hecho, cuando esta elección no es acertada, incluso la causa más legítima puede verse perjudicada. La polémica alrededor del futbolista Vinícius Júnior y los episodios de racismo que ha sufrido es un ejemplo incómodo pero ilustrativo. La xenofobia es una lacra inaceptable y su denuncia es tan necesaria que despierta un amplio consenso social. Pero en este caso concreto, una parte del debate público no se ha centrado tanto en la legitimidad de la reivindicación como en la figura de quien la abanderada. No se cuestiona el qué, sino el quién. Y esto hace emerger una paradoja evidente: cuando el defensor de una causa noble no es percibido como ejemplar (sino más bien al contrario), la empatía no fluye con la misma intensidad. El foco se desplaza y el relato se contamina, girando en torno al perfil personal en lugar del problema estructural.
La teoría de la gestión del cambio lleva años insistiendo en esta idea. Modelos como el del profesor John Kotter subrayan la importancia de construir una coalición impulsora creíble y respetada. No basta con tener una buena estrategia; es necesario que las personas que la lideran generen confianza y capacidad de tracción. De hecho, cuando las organizaciones ponen en marcha pruebas piloto, a menudo el criterio principal para elegir el área o el equipo no es solo técnico, sino humano. Se busca un contexto donde haya perfiles con legitimidad interna, capacidad de influencia positiva y coherencia entre discurso y comportamiento. Porque saben que el proyecto no solo será juzgado por sus resultados, sino también por quien lo representa.
"Cuando el defensor de una causa noble no es percibido como ejemplar (sino más bien al contrario), la empatía no fluye con la misma intensidad"
La literatura y el cine también nos han regalado una metáfora poderosa sobre esta cuestión. En El Señor de los Anillos, el conocido Concilio de Elrond muestra cómo diferentes facciones discrepan sobre qué hacer con el anillo único. La reunión está atascada hasta que el pequeño Frodo Bolsón se postula para llevarlo hasta Mordor. Frodo no es el más fuerte ni el más carismático, ni tampoco el más preparado técnicamente. Pero tiene una cualidad decisiva, y es que genera adhesión. Su humildad e integridad desbloquean la reunión y permiten articular una alianza improbable. Todo el mundo sabe que el camino será largo y lleno de obstáculos, pero se empieza a caminar porque se ha encontrado al abanderado adecuado.
En las organizaciones pasa exactamente lo mismo. Cuando se impulsa una transformación digital, un nuevo modelo organizativo o un cambio estratégico, la pregunta clave no es solo cuál es la mejor solución, sino quién será la persona capaz de encarnarla. Quién tendrá suficiente credibilidad para convencer a los escépticos y suficiente serenidad para gestionar las resistencias. Elegir bien al abanderado no garantiza el éxito, pero elegirlo mal puede comprometerlo seriamente. Porque en los procesos de cambio, como en las ceremonias olímpicas, la bandera pesa. Y no todo el mundo la puede llevar con la misma autoridad.