Me parece que Catalunya, especialmente, sufre las consecuencias del populismo de izquierdas que, algunos, califican de progresismo. Incluso tienen la audacia de escenificarlo en Barcelona, donde se han reunido aquellos países latinoamericanos llamados por el representante del país que, hace siglos, los conquistó y, lo más lamentable para ellos, les inculcó las peores praxis sociales: la corrupción, la cultura de la falta de esfuerzo y la nula ética del trabajo. A Latinoamérica no le hace falta buscar al enemigo en el norte porque lo tiene dentro. Y más que reclamar disculpas de los colonizadores por un mal que ya ha pasado, yo les sugeriría que exigieran excusas por lo que todavía les dura: los lamentables métodos y procedimientos de vida que dejaron los peninsulares ibéricos.
Empiezo cargando las tintas sobre este encuentro porque cuando hablo de populismo se hace difícil evitar el encuentro de Barcelona. Sin ir más lejos, el señor Sánchez reclamó que los superricos paguen más impuestos. Yo estoy de acuerdo. Y, por lo tanto, le reclamo que lo ponga en práctica inmediatamente —como han hecho otros países. Es muy fácil enfrentarse a Trump y hacerse el gallito. Plantar cara a alguien que, prácticamente, no sabe ni si existes, es una charlotada. Ahora bien, ¿por qué no se enfrenta a los superricos españoles? ¿Y a las empresas españolas que pagan unos impuestos ridículos? La realidad es que solo muestra coraje verbal e intrascendente. Y le falta el de verdad.
"Plantarle cara a alguien que, prácticamente, no sabe ni si existes, es una charlotada. Ahora bien, ¿por qué no se enfrenta a los superricos españoles?"
El caso es que los servicios públicos están infrafinanciados. Todos. Carreteras, trenes, sanidad, enseñanza, etc. Todos. Y están infrafinanciados por varios motivos. Uno es el escandaloso déficit de las balanzas fiscales, es decir, el dinero que sale de Catalunya a España en forma de impuestos y del cual solo vuelve una parte absolutamente insuficiente. El resto se queda en España en concepto de una palabra muy manida y que también usan sobradamente estos que se han reunido en la cumbre hispana de Barcelona. Me refiero a la palabra solidaridad.
Pero, por encima de todo esto, está la desfachatez de hacer pagar siempre a los mismos. A los que no pueden oponerse al adorado Excel de hacienda que se centra, únicamente, en la nuca de los asalariados. Es por eso que aquí tenemos un caso único que castiga el patrimonio. ¡No precisamente el de los más ricos, no señor! Básicamente, castiga el patrimonio que han acumulado los asalariados. Por eso el mínimo exento en Catalunya —¡eh, solo aquí, que somos solidarios!— está en 800.000 euros, mientras en los países de los alrededores está en muchos millones por encima. O por eso somos los únicos en España que tenemos incrementado el IRPF marginal superior en un 5%. ¡Y es que nosotros somos solidarios!
Y no se explica que los salarios que se pagan en el país son bajos. Bajísimos. Tanto, que no permiten pagar el gasto social que la mayoría de los trabajadores catalanes consumen: enseñanza, sanidad, transporte, etc. Unos salarios que el señor Sánchez, con el apoyo de los socios chupiguays de la extrema izquierda peninsular, ha forzado a la baja con la colaboración de los empresarios que quieren pagar poco. ¿Qué se han inventado? La inmigración. Se utiliza la inmigración para hacer dumping social. Y con la colaboración de los sindicatos, ¡solo faltaría!
El paquete recaudatorio progresista tiene muchas otras cosas bonitas. Chupar una parte de las subvenciones europeas que deberían ir al ciudadano, no subir los límites de la declaración de hacienda aunque la inflación suba, etc., etc., etc. Todo menos implantar impuestos a los ricos o hacérsela tragar a las grandes empresas que siempre tributan poco. Eso sí, hacerse el chulo con Trump sale a cuenta. Sobre todo venir a lucirlo entre los catalanes que, como es sabido, tenemos asumido el principio de “si eres burro come paja”. Y lo practicamos escrupulosamente.