Ayer iba al trabajo en bicicleta y he recordado cómo sonreía. Me miraba de una manera amable, sabiendo lo que escondía bajo aquella cara de hacer ver que todo estaba bien. Sé mucho de hacer ver que todo va bien, pero existe la debilidad de que aquellos que me conocen aprenden a reconocer una sonrisa real de una impostada. Y aquí es cuando el vuelo se descubre con una pequeña lágrima bajo el ojo izquierdo.
Hay un momento fuerte en los duelos donde piensas que el mundo se acaba; y cuando descubres que la vida sigue adelante, guardas solo algunos momentos de duelo. No son momentos en que te rompas, tampoco emociones tan fuertes como al principio, donde la angustia, la rabia y la tristeza te poseen por dentro. Son momentos en que conectas con esas sensaciones, pero desde una posición actual, desde un lugar que ya no es el dolor, y desde donde, con una sonrisa pequeña e impostada, recuerdas algunas cosas, bonitas o no.
A veces los momentos de duelo aparecen cuando menos lo esperas, pero en la mayoría de ocasiones ya sabes cuándo vendrán. Sabes que los días especiales, algunas secciones del supermercado, el olor a campo recién abonado o un padre y una hija te romperán por dentro. Estos duelen, pero son más sencillos de solucionar, porque ya los puedes esperar y anticipar y, en días de horas bajas, también puedes, sencillamente, evitar estos estímulos. Otros, sin embargo, aparecen por sorpresa, y estos son los más complicados, porque te cogen desprevenida, sin herramientas y sin respuestas, y a menudo en los peores de los momentos y contextos.
"Llorar en el transporte público es de principiantes, pero llorar en una reunión sobre presupuestos… esa es la verdadera hazaña"
Llorar en el transporte público es de principiantes, pero llorar en una reunión sobre presupuestos… esa es la verdadera hazaña. Porque nadie se creerá, en ninguna circunstancia ni universo paralelo, que te has emocionado al pensar que dar mil euros más a ese presupuesto será un acto triunfal o que cambiará la vida de nadie. Y entonces puedes hacer ver que se te ha irritado el ojo con la lentilla, que tienes alergia a los plataneros o, con la cara valiente, soltar un “Perdonad, ¿por dónde íbamos?” y dejar que todo el mundo te mire con una mezcla de lástima y preocupación durante los próximos diez minutos.
Los momentos de duelo, la mayor parte de las veces, no duran más de unos cuantos segundos. Un recuerdo inesperado rompe todas las cuestiones mundanas en las que estabas pensando y se introduce en tu cabeza, de manera invasiva y violenta, arrasando con todos los demás pensamientos que había antes. “No sufras, cuando sea el momento, estaré aquí”, siento en voz baja en la cabeza, como el dragón se comunicaba con su jinete en la película, y me recuerda que cometeré muchas estupideces a lo largo de mi vida porque de perfecto, solo había uno, y ahora ya no está. Entonces siento una felicidad dentro, una calma de saber que alguien vela por mí en otro lugar, cercano y lejano a la vez, y que todo irá bien porque todo se resolverá de una manera o de otra.
Lo miro y sonrío, y potencialmente asusto al holandés parado a mi lado, que seguramente llega tarde al trabajo, y debe pensar que esta es la chalada que mira a un punto muerto de la carretera sonriendo cada mañana para ir a trabajar. Los holandeses van bastante faltos de imaginación, y yo tengo para dar y vender. Supongo que por eso los asusto tan a menudo, aún más en la vía pública. Vuelvo a sonreír por dentro, el semáforo se pone en verde y vuelvo a pedalear. No todos los momentos de duelo son tristes.