Presidenta de la FEGP

El pensamiento crítico no se puede delegar

21 de Septiembre de 2026
Neus Lloveras | VIA Empresa

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Hace tiempo que oímos con preocupación los malos resultados de las pruebas que evalúan el nivel educativo de nuestros niños y jóvenes. Más allá de las cifras y de las comparaciones con otros países, creo que nos deberíamos preguntar: ¿qué está pasando y, sobre todo, qué consecuencias puede tener para nuestro futuro?

 

Porque no hablamos solo de resultados académicos, hablamos de la capacidad de las nuevas generaciones para comprender el mundo, interpretar la información, cuestionar aquello que se les presenta como una verdad y construir un criterio propio. En definitiva, hablamos de pensamiento crítico, una capacidad esencial para el desarrollo personal, pero también para el progreso económico y social.

A menudo, cuando analizamos los problemas de nuestro sistema educativo, aparecen explicaciones recurrentes: la falta de recursos, las ratios, los cambios metodológicos o la irrupción de las pantallas. Seguramente todos estos factores tienen su importancia, pero me parece que nos equivocaríamos si buscáramos una única causa o una solución sencilla a un problema tan complejo.

 

El uso prematuro o excesivo de los dispositivos digitales merece una reflexión seria. La tecnología ofrece oportunidades extraordinarias para el aprendizaje, pero no cualquier uso es positivo ni todas las edades requieren las mismas herramientas. Aprender a leer con profundidad, escribir, concentrarse, argumentar o resolver un problema exige tiempo y esfuerzo. Se debería garantizar que la incorporación de las nuevas tecnologías no se hace en detrimento de estas habilidades fundamentales.

Pero sería demasiado fácil atribuir todos los problemas a las pantallas. Si realmente consideramos que la educación es una de las inversiones más importantes que puede hacer una sociedad, debemos situar a los docentes en el centro de esta apuesta. Esto significa proporcionarles recursos, reconocimiento y unas condiciones adecuadas, pero también garantizar una formación inicial rigurosa y una actualización permanente a lo largo de toda la carrera profesional.

La exigencia y el reconocimiento no son conceptos contradictorios, al contrario, son dos caras de una misma voluntad: prestigiar la profesión docente y asegurar que nuestros niños y jóvenes reciben la mejor educación posible. No podemos pedir al profesorado que prepare a las nuevas generaciones para un mundo en transformación constante sin ofrecerle las herramientas y la formación necesarias para afrontar este reto.

"Si realmente consideramos que la educación es una de las inversiones más importantes que puede hacer una sociedad, debemos situar a los docentes en el centro de esta apuesta"

En paralelo, una nueva revolución está transformando nuestra manera de trabajar, de aprender y de relacionarnos con el conocimiento: la inteligencia artificial. Sería absurdo renunciar a una herramienta con un potencial tan extraordinario. La IA nos permite acceder a información, analizar datos, desarrollar ideas y resolver tareas con una rapidez que hasta hace poco era inimaginable. Bien utilizada, puede contribuir a mejorar la productividad, facilitar el aprendizaje y ampliar nuestras capacidades.

Pero precisamente por eso nos obliga a hacernos una pregunta fundamental: ¿qué pasa si dejamos de desarrollar determinadas habilidades porque una máquina ya puede hacer el trabajo por nosotros? Si dejamos de leer porque la IA nos resume los textos, de escribir porque nos redacta los documentos o de reflexionar porque nos ofrece respuestas inmediatas, corremos el riesgo de confundir el acceso al conocimiento con el conocimiento mismo. No es lo mismo disponer de una respuesta que comprenderla, ni tener información que saber interpretarla, y mucho menos aceptar una conclusión que ser capaz de cuestionarla.

Esta reflexión también interpela directamente al mundo empresarial. Necesitamos profesionales que dominen las nuevas herramientas tecnológicas, sin duda, pero sobre todo necesitamos personas capaces de analizar situaciones complejas, detectar errores, formular preguntas, tomar decisiones y aportar soluciones. La tecnología puede multiplicar nuestras capacidades, pero para que esto ocurra es necesario que estas capacidades existan.

"Corremos el riesgo de confundir el acceso al conocimiento con el conocimiento mismo"

Por eso creo que el debate sobre la educación y el debate sobre la inteligencia artificial están mucho más relacionados de lo que parece. Ambos nos llevan a una misma cuestión: ¿qué valor damos a la capacidad de pensar por nosotros mismos?

Debemos aprovechar todas las oportunidades que nos ofrece el progreso tecnológico, pero sin olvidar que la finalidad de la educación no es solo preparar personas para utilizar herramientas o incorporarse al mercado laboral. Es también formar ciudadanos libres, con criterio, capaces de construir una opinión propia y de participar activamente en la sociedad.

La inteligencia artificial nos puede ayudar a llegar mucho más lejos, pero el futuro no dependerá solo de la inteligencia de las máquinas, sino, sobre todo, de nuestra capacidad para utilizarlas con criterio. Porque podemos delegar muchas tareas, pero no deberíamos delegar nunca la responsabilidad de pensar.

 

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